sábado, 22 de enero de 2022

La palta de Yasymí



       Cuando Yasymí despertó por primera vez al mundo, se encontró iluminada por la luna llena, sentada sobre un húmedo promontorio colorado, con la espalda contra la corteza de un árbol de florcitas amarillas, y entre unos frutos ovoides oscuros y carcomidos, a los que más tarde llamaría “paltas”. Apoyó su oreja en la cáscara de una y escuchó los susurros:

―Tu madre es Arasy, la diosa de la luna ―le dijeron―, y te trajo a la tierra junto con nosotras. Fuimos bendecidas con las lluvias y los truenos de Tupá, tu padre. Nuestro deber es alimentarte y darte refugio.

Unos cosquilleos de hormigas le dieron risa y le hicieron sacudir las piernas, hundidas en una alfombra de hojas estrelladas.

Las hojas de las yataí bailaban con el viento y, a pesar de la noche, los zorzales cantaban. El yaguareté se acercó con un tapir en la boca; las patas de la presa crujían y levantaban la hojarasca. El felino arrojó su ofrenda frente a Yasymí. El tucán le regaló los trozos más jugosos de un melón. El mono tití le trenzó rápido los rizos y los adornó con una orquídea detrás de la oreja. Rodeando la cabeza de Yasymí revoloteaban mariposas del tamaño de sus manos, los aleteos ventilaban sus mejillas. Orugas peludas masajeaban sus hombros, y multitud de arañas le acariciaban los brazos. Los bichos bolitas rodaron hasta tomar posición en un semicírculo formado por las otras criaturas. La selva se convirtió en una catarata de mugidos, gruñidos y bramidos que le daba la bienvenida.

Al amanecer, Yasymí fue hasta el arroyo bordeado de rocas algodonadas y bebió. Se sentó en la orilla y rozó las hojas de los camalotes con los dedos de los pies. Una roca rectangular y opaca asomó de lejos en la corriente. Yasymí achinó los ojos: era un yacaré, que exhibía sus colmillos afilados con la boca abierta.

―¡Princeeesa! ―dijo el cocodrilo mientras se alejaba entre las olas―. Que tenga buen día.

 Yasymí lo saludó con la mano y contestó:

―¡Igualmente!

 

Yasymí y Terekua, el coatí guardián de todos los árboles y frutos de la selva, solían competir en una carrera por saber quién trepaba más rápido los cerros después de haber nadado en el arroyo. Cuando llegaban a la cima corrían cerro abajo, a veces tan rápido que en la bajada rodaban y chocaban con grandes montículos de hormigueros, enredaderas, tacuaras y laureles; pero terminaban la carrera sin ningún rasguño. Arrancaban del suelo los dientes de león, y soplaban sus semillas y corrían para atraparlas. Terekua se trepaba en el hombro de Yasymí para tener una mejor visión de los caminos que recorrían.

Estaban riéndose de sus aventuras cuando vieron que se acercaba la yarará. Dejaron de reírse.

―Hola, hermosa Yasymí ―dijo la yarará, ocultando sus colmillos.

Terekua se interpuso en el camino de la serpiente y la frenó en seco:

―Hola, Yarará. ¿Qué hace la hija del espíritu Añá por estos lugares? ¿Te perdiste?

―No. ―La serpiente se elevó y lo empujó a un lado―. Quería disculparme con la princesa, porque todos le entregaron sus presentes menos yo.

―No te preocupes, Yarará ―dijo Yasymí gentilmente―. No entiendo qué más podrías ofrecerme que aún no haya recibido.

―Quiero presentarte a alguien, ese será mi regalo ―admitió la yarará retorciéndose sobre sí misma―. Es parecido a vos.

―No me parece buena idea ―dijo Terekua, llamando la atención de Yasymí con las garritas sobre su brazo, pero ella lo ignoró y contestó:

―Vamos a conocerlo. ―Palpó su hombro para que Terekua subiera y la acompañara—. Si no nos cae bien, lo dejamos.

―Síganme ―dijo la yarará, hundiéndose en las profundidades del monte.

Para no perder de vista a la serpiente, Yasymí corrió a toda velocidad, y sus pies dejaron profundas huellas de barro, rozaron algunos gladiolos y los pétalos se le quedaron pegados a los talones.

Atravesaron el arroyo cristalino, que marcaba el límite conocido por Yasymí y Terekua, después fueron por un sendero de helechos y orquídeas aferradas a los chivatos. Yasymí y Terekua miraron hacia arriba: unos pálidos, flacos, y descascarados troncos de eucaliptos los rodeaban. Una neblina invadió sus pies. Yasymí y Terekua voltearon: habían perdido el camino de regreso al promontorio de la palta.

La yarará se detuvo:

―Es acá. ―Se movió en zigzag. ―Bienvenidos al Monte de los Eucaliptos.

Oyeron unas pisadas y quedaron estáticos, vieron sacudirse unas hojas de ortiga. Terekua mostró sus colmillos y Yasymí lo imitó. Un animal de dos patas asomó la cabeza y fue hacia ellos. Era alto y fornido.

Terekua continuaba gruñendo, pero Yasymí se había dado cuenta de que el animal nuevo era parecido a ella, como decía la yarará: ambos tenían piernas y brazos. Comparó sus manos con las de él, sin dar un paso al frente, pero tampoco retrocediendo. Terekua le dio varios tirones a su cabello, pero Yasymí había dejado de prestarle atención. Las cejas tupidas y los labios carnosos del nuevo ser se curvaron formando hoyuelos en cada mejilla. Él se detuvo y se tocó el pecho.

―Chapai ―dijo, y volvió a tocarse el pecho―. Hombre.

―¿Chapai es tu nombre? Soy Yasymí. ―Él no respondió. Era extraño. Ella estaba segura de que con los animales se comunicaba mejor. Decidió insistir en su presentación y se tocó el pecho como él―: Yasymí.

Terekua gruñía.

El hombre extendió los brazos, intentó tocarla, y Terekua saltó sobre él con el lomo erizado, queriendo rasguñarlo.

―¡No, Terekua! ―Ella atajó su salto tomándolo por la cola anillada, y después lo colocó sobre su hombro y le dio unas palmaditas para calmarlo―. Tranquilo, amigo.

El coatí se puso a caminar como loco sobre sus hombros.  

―¿Quiénes son tus padres, hombre? ―dijo Terekua, y lo estudió de pies a cabeza―. ¿Cómo no te vimos antes?

―Ojalá pudiera responder. Nací entre los eucaliptos, y no sé nada más.

―Eso ya lo veremos ―contestó el coatí.

Chapai se rascó la cabeza y sonrió. Con un ademán señaló algo, y los invitados lo siguieron.

La serpiente los escudriñaba intrigada desde lejos, oculta en las raíces frescas de unos arbustos. Todo iba conforme a su plan de reemplazar a la parlanchina princesa y dominar la selva entera.

El primer paso lo había dado: presentarle a la princesa a su compañero. Después volvió a su guarida, donde conservaba frutas de todo tipo: manzanas, nísperos, apepúes... Las mordió y las llenó de veneno. Luego distribuyó estratégicamente las frutas envenenadas alrededor de la palta donde dormía Yasymí, y en otros lugares donde la princesa paseaba. Puso especial atención al Monte de los Eucaliptos, y decidió esperar a que la mujer o el hombre mordieran y se envenenaran.

Las primeras víctimas fueron el mono tití y el tucán. Pero Yasymí, Terekua y Chapai no se enteraron.

 

Con el correr de los días, Yasymí y Chapai continuaban vivos y juguetones: llegaron a hablar el mismo idioma, adivinaban sus pensamientos como si compartieran la misma mente. Hasta Terekua había aceptado la presencia del hombre cerca de su amiga.

Los tres llegaban exhaustos en las profundidades de la noche, y no se percataban de que cada vez desaparecían más monos, zorzales y tucanes.

Una tarde, la yarará aprovechó la oportunidad y se arrastró al Monte de los Eucaliptos.  Descubrió al hombre arrodillado y plantando semillas:

―Chapai, ¿cómo estás? ―dijo agitando su lengua bífida.

―¡Yarará! ―le recibió contento―. Te agradezco tanto por presentarme a la princesa. ¡Estoy feliz! ―gritó, corriendo y saltando a su alrededor―. Me hiciste un favor muy grande. ¿Cómo agradecerte?

―Podrías hacerme un gran favor vos a mí ―dijo la yarará, pensando en el poco esfuerzo que hizo en la conversación para convencer al hombre.

―Sí, claro.

―Hay unos frutos que me gustan mucho y hace tiempo no crecen en esta zona. Anduve años buscándolos por la tierra, y cuando los encontré, los traje para plantarlos acá. Pero, como no tengo manos, ¿podrías hacerlo vos por mí?

Chapai reposó el codo sobre el dorso de su mano y agarró su mentón.

―Hummm, deberías preguntarle a la princesa. Acá no puedo plantarlos porque, como bien sabés, es el Monte de los Eucaliptos, y los árboles podrían estropearse, y ya no disfrutaríamos de su aroma fresco.

Yasymí no significaba un problema para ella. El problema para la yarará era el coatí guardián, que ya la tenía junada y la odiaba desde chiquito. Tal vez, sincerarse con el hombre sería la mejor estrategia.

―Tienes razón. ―Aplastó las hojas de unos helechos y se acercó lentamente―. Pero la verdad es que no me llevo bien con su amigo el coatí. Es muy desconfiado y él puede influenciarla en mi contra, y yo solo quiero ayudar a la princesa.

La yarará pensó que, aunque ahora Chapai se llevaba bien con Yasymí y Terekua, no sería tan ingrato como para no tratar de ayudarla: al fin y al cabo, ella había sido su primera amiga.

―Está bien. Pero sólo voy a insistir una vez: si la princesa no quiere estos frutos, te los voy a devolver.

Antes de alejarse, la serpiente decidió compartirle un secreto:

―Fuimos creados por un mismo espíritu, Chapai. Añá es nuestro padre. No dejaría mal a mi único hermano frente a la princesa Yasymí.

La serpiente se alejó satisfecha, dejando asombrado al hombre, y a la espera de la futura advertencia del guardián a Yasymí sobre aquel regalo: ella sabía que Terekua los espiaba, escondido entre las ramas del tupido follaje de un apepú.

 

―No aceptaremos el regalo ―dijo Terekua desde el hombro de Yasymí cuando Chapai ofreció los frutos―. Están podridos. Y esa yarará quiere quedarse con todo nuestro mundo.

―Terekua, no seas exagerado ―Yasymí tomó una naranja, y Terekua la tiró al suelo.

―Vete, extranjero ―dijo el coatí, y gruñó moviéndose de un lado a otro en el hombro de su amiga―. No confiamos en los que hablan con la yarará.

―Ella solo quiere ayudar... ―dijo Chapai.

―…ayudar a matarnos ―interrumpió Terekua, con un pitido agudo, y giró para mirar a Yasymí―. Princesa, por favor. No sea ingenua, los vi y escuché hablando, ¡son hermanos! Planean matarla y quedarse con su reino.

―Yo no sabía que era su hermano, hasta que me lo dijo ese día ―dijo Chapai.

Yasymí miró al hombre y se tocó la cara: una calidez envolvió sus mejillas y no supo explicar el porqué.

―Acepto el regalo ―dijo abriendo los brazos.

Terekua saltó del hombro de la princesa a la tierra y dijo:

―Yo cuidaré su palta, y todos los árboles que pueda. No me haré cargo de las elecciones de ustedes dos. Serán responsables de cualquier desgracia, ya están malditos.

Se adentró en la selva, y su cola esponjosa y anillada desapareció.

Yasymí y Chapai se sentaron juntos sobre la orilla del arroyo a examinar los frutos. Todos eran brillantes, con dos agujeritos que desprendían hilos de jugo. Yasymí se tentó y, desesperada, peló la cáscara de un apepú, dispuesta a morderlo.

―¡No! ―Chapai agarró la muñeca de la princesa―. Algunos están mohosos, mirá. ―Le mostró la textura blanda de un níspero con pelusas azules―. Están feos, quizá Terekua tenga razón.

―Mi panza ruge, no puedo vivir solamente de paltas, y ya acepté el regalo ―dijo ella―. No puedo rechazarlo.

―Podés ignorarlo ―aclaró Chapai―. Arrojemos todo al arroyo. La yarará no se enterará. Nadie dirá nada.

Yasymí y Chapai tiraron los frutos, y la corriente los llevó hacia el río, mientras la yarará observaba oculta entre el matorral.

―Cayeron en la trampa. ―Soltó una asmática risita―. No saben que al aceptarlos son responsables de su crecimiento. Nunca más verán el paraíso que conocen: los frutos se convertirán en semillas que germinarán en la tierra, y estas se convertirán en árboles malditos que producirán, a su vez, más frutos envenenados. Por fin, yo reinaré.

 

Yasymí despertó de una siesta y se levantó de golpe, atontada por unos gritos. Vio a Chapai intentando cruzar el arroyo, pero varios caimanes se lo impedían, dando puntiagudas bocanadas y coletazos.

―¿Qué les pasa? ―dijo ella, acercándose a la orilla―. Suelen ser muy amigables. ¡Oigan, yacarés, dejen en paz a mi amigo! Sólo quiere venir a visitarme.

Pero los yacarés no le respondían ni le obedecían: Chapai apenas pudo esquivarlos con varios saltos, y llegó a la orilla de Yasymí agitado y herido. Le habían mordisqueado las piernas.

―Algo está pasando ―dijo Chapai―. Ningún animal me respeta ahora. Un yaguareté intentó matarme. ¡No es normal! ―dijo, tocándose el líquido rojo que brotaba de su pierna―. ¡Duele! ―La miró como si Yasymí tuviera la solución―. ¿No vas a ayudarme?

Yasymí lo miraba sin entender. En eso, las hormigas tigre subieron por sus pies y la picaron. Ella gritó y saltó de un lugar a otro. Se abrazó al tronco de un apepú y alzó los pies. Una naranja le golpeó la cabeza, y al mirar hacia las ramas vio a los monos tití que se preparaban para lanzarle más frutas. Yasymí se alejó de otro salto y miró enojada a Chapai:

―¡Todo esto es tu culpa!

―¿Mi culpa? ¡Ah, no! Vos aceptaste el regalo. Yo solamente quería ayudar.

―¡Vos confiaste en ella primero! Aceptaste el regalo primero ―Yasymí retrocedió unos pasos, no quería volver a verlo nunca más―. Terekua tenía razón.

―¡No te vayas, no me dejes solo! ―Chapai miró sobre el hombro de Yasymí. ―Mejor dicho...: no te muevas ―dijo, y levantó la mano lentamente.

―¡¿Ahora me das órdenes?! ―Unos rugidos atravesaron la maleza. Los dos gritaron y huyeron lo más rápido posible. El yaguareté arremetía con zarpazos, el lomo erizado y los dientes filosos cada vez más cerca.

―¡Ya no nos conoce! ―lamentó Yasymí.

Corrieron sobre piedras y barro. Dieron manotazos a las ortigas, cuyas espinas se les clavaban a la piel. Cruzaron paredes de helechos, orquídeas, enredaderas y, aun así, el rugido se les acercaba. Terekua salió de entre los helechos y se unió a ellos en el camino.

―¿Terekua? ―dijo Yasymí―. ¿Viniste a ayudarnos?

Su amigo respondió con un pitido que ella no pudo entender, pero comprendió que él quería salvarlos del ataque.

Saltaron un gran tronco caído y mohoso, y se escondieron detrás. El cazador pasó por encima de ellos, ignorando su escondite. Como Terekua siguió corriendo hacia adelante, el yaguareté lo persiguió hasta perderse en la selva. Yasymí y Chapai quedaron en silencio, sentados contra el tronco, agitados.

―Yasymí.

―¿Qué pasa?

―¡Estoy llorando por mi piel! ―Yasymí se dio cuenta de que le pasaba lo mismo. Unas gotas como lágrimas salían de unos orificios invisibles y resbalaban por todo su cuerpo.

Ella se levantó.

―Tengo que irme.

―Voy con vos.

 ―La palta que cuida Terekua es el único árbol nacido de la luna con la bendición de mi padre. Tenemos que llegar a ella antes que la yarará. ¡Vamos!

Unos guijarros vibraron. Chapai quedó paralizado mirando hacia el horizonte: una estampida de caimanes, yaguaretés, alacranes y serpientes los perseguían. La yarará venía a la cabeza.

―¡Vienen a devorarnos! ―dijo Yasymí, y corrieron en dirección a la palta.

―¡Tenemos que ganarles! ―gritó Chapai, adelantándose en velocidad a Yasymí. Ella se quedó atrás: los dedos de sus pies se habían acalambrado.

―¡No pares! ―dijo Chapai, y alzó a Yasymí en sus brazos. Ambos veían cerca el tronco de la palta, y a Terekua con su ejército de coatíes. Los guardianes protegían el tronco en un círculo. Chapai corrió hacia ellos, y los soldados le cubrieron la espalda.

Yasymí bajó de los brazos de Chapai y se aferró al tronco. Levantó la cabeza hacia el follaje, y vio una única palta madura, a punto de soltarse y caer. Escaló el tronco para alcanzarla.

Ante la avalancha de garras y dientes, los flacos soldados de cola anillada cayeron uno a uno, víctimas de las mordidas y el veneno de los animales comandados por la yarará.

Al final, solamente quedaron Chapai y Terekua.

La serpiente se abalanzó sobre el guardián, y ambos se enredaron en una lucha de garras, colmillos y gruñidos, hasta que la cola anillada de Terekua dejó de moverse. Yasymí había logrado arrancar la palta. Entonces la yarará saltó y abrió la boca. Los colmillos proyectaban su veneno sobre la princesa, pero Chapai se interpuso.

―¡Chapai, no! ―La yarará le había mordido el hombro.

El hombre cayó al suelo, paralizado. Un dolor desconocido punzó el pecho de Yasymí.

La estampida pisoteó el cuerpo de su amigo, y la serpiente aprovechó para clavar los colmillos en las gruesas raíces sobresalidas de la palta. El veneno llegaría a las nervaduras de todo el árbol muy pronto. Yasymí abrazó la palta con todas sus fuerzas, y vio desde arriba cómo la corriente del arroyo se expandía y llevaba por delante todo a su alrededor. Las grietas del suelo se abrían en enormes torrentes. Yasymí se aferró al tronco y se hundió en un gigantesco torbellino de agua.

El árbol cayó en un precipicio.

 

La princesa despertó sobre arena mojada. Se sentó y vomitó agua. Buscó desesperadamente la palta por toda la orilla. La encontró a unos metros, bajo las hojas de unos helechos. Estaba intacta: el único fruto bueno se había salvado. Lo abrazó otra vez. Después se miró los brazos y las piernas, le ardían tajos y raspones. Miró la nueva cascada que se alzaba a su espalda y a los vencejos que revoloteaban debajo, y temió que fueran a atacarla. Oyó unos rugidos entre la maleza y alcanzó a distinguir a la yarará vigilante por encima de la pared de cascadas, envolviendo la rama de un eucalipto. Yasymí corrió sin mirar atrás, en búsqueda de un nuevo hogar.

Esta vez, ella sería la guardiana y protegería a la palta, manteniéndola lejos de la yarará. Imaginó que la semilla crecía con fuerza, como el saltarín en su vientre. Después de un tiempo, la palta estaría alta y madura, adornada de florcitas amarillas y rodeada de abejas. Se imaginó descansando bajo la futura sombra refrescante mientras enseñaba a su hijo a ser protector de los buenos frutos. Solamente así devolvería la paz que ella misma había ayudado a destruir. Solamente así las muertes de Chapai y de Terekua no serían en vano.

 

martes, 18 de enero de 2022

Un terrible amigo

 

Un terrible amigo

 

 

Débora pensaba en que quizás, si lo pedía amablemente, él se iría. Tecleó una carta mientras su mamá le servía chocolatada fría en un vaso.

—¿A quién le estás escribiendo, hija?  

—A un amigo.

La carta decía:

“Tengo un problema, no me gusta que nos hagas jodas pesadas. Siempre terminan culpándome. Una vez soñé que te vi desde el balcón y te invité a entrar. Te rodeaba una capa transparente. Las cosquillas en mis pies me hacían reír a la noche. Mamá y papá salían y me dejaban sola, y no tenía amigos. No quiero echarte, pero estás abusando. Ya no te necesito: las cosas cambiaron.

Ahora tengo amigos, y un hermanito por llegar. Por tu culpa me meto en muchos problemas: desaparecen los collares y los aritos de mamá, mis ojotas, las estampitas de los santos, los cuadros en la basura. A mi perrito Pepe lo ponés nervioso, una vez lo asustaste, y corrió como loco desde mi pieza hacia las escaleras, donde yo bajaba para desayunar. Pepe chocó contra mi pierna, resbalé, y caí sobre los escalones. Me quebré una costilla y me doblé el tobillo. Estuve un montón de días con yeso, y pensando en mis padres: se esforzaron mucho en cuidarme. Despierto y me levanto con mucha hambre y sed a la madrugada. Veo desde la ventana como todas las rosas se mueven hacia un lado, y no es el viento. No sos malo, sos terrible igual que yo, y entre iguales seguro nos vamos a entender.”

Débora imprimió la carta, coincidió los bordes del papel y lo dobló a la mitad. Bajó las escaleras hasta el patio y metió la carta entre medio de las espinas del rosedal. Pepe vino corriendo tras ella, ladraba y gruñía. Una risa asmática provino de las hojas y el papel flotó y se sostuvo en el aire. Los extremos de la carta se abollaron, después cayó a la tierra. Débora intentó recogerlo, pero un chillido entrecortado la detuvo. El papel volvió a flotar convertido en un bollo y golpeó su cara.

 


martes, 7 de diciembre de 2021

Papá Noel de bermudas

 



Erika miró al Papá Noel de yeso. Los ojos hundidos y los pómulos saltones le resultaron conocidos. Se preguntó si lo había visto en la televisión: estaba segura de que nunca habían visitado Leandro N. Alem.

El muñeco vestía una camisa a cuadros de mangas cortas, bermudas, y un sombrero de paja. Sentado sobre un banquito dentro de una carreta, sostenía una pava en una mano y un mate en la otra.

Los gritos de Cecilia, su hermanita, la distrajeron. La pequeña corrió hacia la carreta y la trepó.

―¡No, Ceci, pará! No se puede subir ahí. ¿Ves? ―Señaló un cartel que decía: “Prohibido subir”, y bajó a la nena.

Chanta, Chanta ―decía Cecilia, y su manito intentaba tocar la nariz del enorme muñeco. Las personas que paseaban alrededor las miraron.

―Ay, Ceci. ―Erika se ruborizó.

―¡Papááá! ―gritó Cecilia enojada, tratando de soltarse de los brazos de Erika. ―¡No me deja tocar a Chanta!

Don Pretzel no le respondió, estaba ocupado discutiendo con mamá.

―No sé para qué venimos ―murmuró Erika―. Si van a estar cara de culo toda la fiesta.

Todavía les faltaba visitar el pabellón de los pesebres, recorrer la feria de artesanías, comprar recuerdos, asistir al desfile de carrozas y disfraces de las comunidades, sacarse fotos... Pero con la pelea de sus padres y los berrinches de Cecilia, Erika rogaba volver a Posadas cuanto antes.

―Cómo quisiera tener una familia normal ―dijo, y suspiró.

De pronto, vio que Cecilia no corría: uno de sus pies había quedado suspendido en el aire, la punta del otro no abandonaba el pasto. El cabello corto flotaba en una curva interminable. Papá continuaba con las cejas levantadas y los brazos cruzados. Mamá también permanecía ceñuda, señalando con el índice a su marido. Ninguno de los tres pestañeaba. Los horneros y los zorzales habían dejado de cantar y una bandada de pitogüés quedó suspendida en pleno vuelo.

―¡Jou, jou, jou! ―Erika volteó hacia la carreta: estaba vacía. ¡No podía ser! Retrocedió lentamente y su espalda chocó contra algo. Giró de nuevo. La cabellera y la barba blanca le hicieron sombra.

―¡Feliz Navidad, Erika Pretzel!

―¡Auxiliooo! ―Ella corrió y se escondió detrás de sus estáticos padres.

―¡Jou, jou, jou! ―Santa dejó el mate en un banco. Sus pasos aplastaban el pasto al caminar―. Tranquila, pequeña. ―Uno de los botones pintados de su camisa se desprendió, y él no le dio importancia―. Vine a hablarte ―dijo, y de un chasquido transformó la barba de yeso en una barba real, y se la rascó―. Aunque no me escuches. El tema de no escuchar viene de familia. Recuerdo a tu bisabuelo, era un cabeza dura. Y así le fue.

―¿Bisabuelo? ―murmuró Erika, de lejos. ―Papá no me contó de él.

―Y con justa razón ―Santa se cebó un mate―: no era buen ejemplo.

Erika se pellizcó el brazo. Ojalá Cecilia pudiera ver esto: pensaría que la historia de Canción de Navidad es real.

―¡Jou, Jou, Jou! ¡Vamos a recorrer la Fiesta de la Navidad!

Santa aplaudió dos veces, y todo giró en un feroz remolino.

 Erika despertó sobre un montículo de virutas de madera: estaban en el pabellón de los pesebres. Mucha gente paseaba, sacaba fotos admirando la feria, sin percatarse de ellos dos.

―Erika, ¿cuál es el pesebre más lindo?

Indecisa, ella recorrió los distintos nacimientos: Jesús guaraní, Jesús indio, Jesús árabe, en la Antártida…

―¿Todos son lindos? ―respondió dudosa, arqueando las cejas.

―¡Jou, jou, jou! Así es, Erika. ―Santa se agarró la barriga―. Cada nacimiento es único, y todas las familias tienen defectos. Lo importante es mantenerse unidos. Recuerda a tu bisabuelo: era un egoísta. Hay que valorar lo que tenemos, o será demasiado tarde.

―Bueno, eso es muy fácil de decir cuando no tenés una familia como la mía: mis papás se pelean todo el tiempo, y mi hermana es una insoportable. ―Una amargura brotó en su interior. Santa aplaudió, y quedaron a oscuras.

Erika apareció en una multitud, y después dejó de oír las voces de los locutores, las risas, los villancicos y los cascabeles. Los destellos de las cámaras quedaron pintados en el aire. Nadie se movía.

―No puedo ver nada del desfile ―dijo, poniéndose en puntas de pie.

Unos brillos iluminaron los cordones de sus zapatillas, y la hicieron flotar por encima del gentío.

―¡Jou, jou, jou! ―La risa la asustó: Santa estaba sentado en un banco debajo de ella.

―¡Me voy a caer! ―gimió Erika.

―Tranquila, es para que veas mejor las carrozas. ¿Cuál creés que gane?

―¡Esa! ―Señaló a un soldado romano con armadura dorada; blandía una lanza desde su caballo rampante. ―Sí. Esa va a ganar.

Santa hizo un ademán a los pies de Erika, y sus zapatillas aterrizaron delicadamente sobre el asfalto.

―Sólo tiene un soldado y un caballo. ¿No te parece pobre la ornamentación?

El anciano se acercó y apoyó una rodilla en el suelo. La tomó del hombro:

―Erika, la vida es como este desfile de carrozas. Cada carroza representa el corazón de las personas. Tarde o temprano, todos llegan a la meta, pero no es lo mismo llegar siendo una carroza pobre que una enriquecida. ―Santa negó con la cabeza, como amargado―. Necesito que rompas la cadena que ata a la familia Pretzel. Tu corazón debe ser como la carroza más linda, o vas a terminar como tu bisabuelo. Él siempre dejó a la familia para el último lugar, y se preocupó más por adornar su casa que su corazón. Y encima trasmitió esto a las demás generaciones de los Pretzel.

Santa elevó su dedo meñique y lo enlazó con el de Erika. La miró serio.

―Santa, cumpliré mi promesa ―dijo ella, y afirmó el dedo.

―Jou, jou, jou. ¡Fue un gusto, Erika! ―Los meñiques se separaron con un torbellino de guirnaldas. La voz de Santa se alejó en un eco. ―Recuerda: no seas como tu bisabuelo, no seas como él. No seas como yo.

Erika despertó frente al Papá Noel de bermudas. Unos policías la encandilaron con sus linternas. Sus padres venían corriendo hacia ella, con caras preocupadas. Ella miró sonriente al Santa de bermudas: todavía tenía aquella mirada familiar en los ojos. 

martes, 19 de octubre de 2021

Vamos a ver a la bruja

 

Florencia pedía fortaleza cuando rezaba el Padrenuestro en la capilla de la escuela. La angustia se acumulaba en sus recientes once años. ¿Quién era ella? ¿Quién era su madre biológica?, se preguntaba. Cada tanto, oía comentarios de los vecinos como: “La niña es un regalo de Dios y vino del cielo”, y reía avergonzada por su cabello lacio, sus labios gruesos, y la estatura que no concordaba con la fisionomía de sus familiares adoptivos.

Un día llegó a la casa y encontró a su tía amasando chipa con ayuda de su vecino Roberto. Entre chistes, los dos se habían empolvado de harina. La tía le decía que así de blanco se veía canoso como su padre. Roberto sacudió la cabeza, y el polvo blanco flotó entre la claridad del mediodía. Respondió a la tía que gracias a la harina se parecía más a su hermana. Florencia carraspeó, y los dos callaron.

Roberto miró expectante y la saludó. Había llegado antes del colegio sin avisarle y supuso que por eso estaba enojada. La conocía bien: prácticamente se habían criado como hermanos.

Ella no aguantaba más, pensaba que todos tenían un familiar a quien parecerse. Todos menos ella. Respiró hondo y confrontó a su tía sin remordimientos:

―Tía, necesito saber, ya estoy grande para enterarme.

―Flor, tu mamá no me dio permiso todavía. Ella te va a contar, estoy segura. Todo tiene su tiempo, ¿sí?

Decepcionada, Florencia bajó la vista. La tía era cómplice en lograr todos sus éxitos propuestos en la vida, desde las buenas notas en Matemática hasta las tareas de Historia en el cuaderno, pero también era leal a su hermana menor. Miró a Roberto, que sentado de piernas abiertas y con el brazo apoyado en el respaldo de la silla, levantó el mentón y vocalizó mudo las palabras: “¡Te dije!”

―Y puede que… ―La tía dio esperanzas―. Que Rosa no me haya dicho nada sobre los papeles que están en un folio dentro de la caja fuerte. ―Guiñó el ojo. Los chicos juraron estar agradecidos con ella el resto de sus vidas, y corrieron al cuarto.

Florencia había revisado la caja fuerte antes, varias veces y sin resultado, pensando en que quizás su madre escondía algún recuerdo, alguna pista de su identidad.  Sabía que la llave de la caja se ocultaba bajo la maceta de suculenta en el alféizar.

Colocó la llave en la cerradura y la giró. Abrió y rebuscó entre ahorros y carpetas, las tenía memorizadas. No vio nada inusual. Palpó y golpeó el fondo de la caja fuerte. Oyó un sonido opaco, empujó el fondo y lo sintió flojo. Deslizó el hierro y se detuvo.

Roberto había quedado en la puerta vigilando el pasillo, agitó la mano apurando el trámite.

―¿Qué pasa? ―preguntó nervioso.

―Hay un hueco en el fondo de la caja fuerte.

Sacó del fondo falso varios pliegos envueltos en un folio y lo tapó tal cual estaba. Callada, se sentó en la cama y desarmó el papelerío. Las sentencias de adopción tenían las firmas de la jueza de familia y, en la partida de nacimiento amarillenta, figuraba el nombre de una mujer: “Nicasia Bitochi”. El domicilio quedaba en el kilómetro 1305 de la ruta 12. Roberto sacó el celular ―mediante permiso de los padres podía investigar en internet con la excusa de estudiar cuando quisiera, y Florencia lo envidiaba porque no tenía ese lujo―. Buscaron en el mapa de las rutas argentinas y descubrieron que quedaba en San Ignacio. 

Ella le mostró los documentos a Roberto: había una foto pequeña de una beba con vestido blanco de encaje. De la mujer, ninguna.

―¡Mirá, no queda lejos! ―dijo Roberto―. Podemos ir a buscarla mañana en vez de ir a la escuela. Tendríamos que ir a la terminal y tomarnos el colectivo sin que nadie se entere: no vamos a estar toda la mañana, antes de las doce y media volvemos.

Insegura, Flor rechazó el ofrecimiento: Rosa emprendería la búsqueda ni bien pasara el mediodía, y ella quedaría castigada todo el año. Sería paciente: su madre iba a decirle tarde o temprano quién era Bitochi. Iba a contarle de dónde era, por qué no la podía mantener, si era buena o mala persona, qué hacía, cómo era su casa…

―Si hablás con tu mamá, a lo mejor te cuente.

―Capaz.

―¡Ya es hora de que nos escapemos como juramos hace años! ―Roberto saltó de la cama y sonrió.

―¡Shhh! ―lo retó Florencia―. La tía escucha todo. Voy a intentar con mamá una vez más ―prometió, tomándolo de los hombros―, y si no me cuenta, nos vamos.

Guardaron todo en su lugar. Ella anotó la dirección y el nombre con lápiz, dobló el papel y lo escondió en el bolsillo de Roberto. Se desafiaron para ver quién corría más rápido y llegaba primero a probar las chipas amasadas y el mate cocido hecho por la tía. La tarde regalaba su mejor cara entre tareas y juegos.

Después de que se fueron Roberto y la tía, la señora Rosa llegó más cansada que de costumbre, se bañó, calentó el guiso que había sobrado del almuerzo y cenaron juntas. Su hija, ansiosa, mintió:

―Mamá, mañana tenemos tarea para Lengua: hay que llevar una historia que nos identifique. ―Doña Rosa pestañeaba lento, rascó sus ojos estancados en la televisión.

―Me alegro, hija, espero te vaya bien.

―Con Roberto nos gustaría escribir sobre nuestras madres. ―Rosa masticó más lento―. ¿Podrías contarme cómo era mi mamá anterior?

―No sé nada de ella, hija, no la conocí.

―¿Nunca la viste? ―Florencia se apartó de la mesa.

―No, no la vi, me inscribí en el registro de adoptantes, y después de años me llamaron, como te conté. Tenías tres añitos en la casa de niñas. Y, bueno, éramos dos para cuidarte en aquel entonces. Podemos comenzar por preguntar en la casa de niñas si querés.

―Escuché que su apellido es Bitochi. ―No toleraba esperar una semana más sin noticias, y tampoco quería contarle que revisó la caja fuerte a escondidas.

―¿Quién te dijo eso? Hija, no vayas sola a buscarla: es peligroso.

―Dijiste que no sabías nada de ella, ¿por qué es peligroso?

Rosa tragó saliva.

―Vamos a ir juntas y lo vas a descubrir ―prometió.

―¿Cuándo? ¿Cuándo vamos a ir?

―No sé, Florcita, no sé, trabajo día y noche para mantener esta casa y tener comida en la mesa. Tené paciencia, voy a organizarme, tampoco quiero decirte un día si después no voy a poder ir.

―Bueno, ma, gracias igual. Hasta mañana. 

Después de lavarse los dientes, Florencia fue a su cuarto y se preparó para irse a dormir. Apagó el velador y reposó pensativa en su cama. Miró el guardapolvo doblado en la silla. La luz de la luna llena venía del otro lado de la ventana abierta y resaltaba su blancura. Cerró los ojos.

 

Cargó una botella de agua a la mochila y varias chipas. Saludó a Roberto en la terminal de colectivos. Ahora ejecutarían juntos el plan ideado en caso de que la señora Rosa persistiera en su negativa.

―¿Trajiste todo? ―quiso saber Florencia.

―Celular, plata, agua y chicle para dejar rastros por si nos perdemos. Un cuchillo, cereal y el silbato de papá.

Compraron los pasajes y esperaron una hora en el andén. Roberto había impreso una autorización con la firma falsa de sus padres y la de doña Rosa, por si alguien preguntaba. Se acomodaron en el fondo del colectivo de larga distancia. El viaje iba liviano, no había niños llorando y el pinar rozaba veloz las ventanas.

La culpa por escapar contaminaba los pensamientos de Florencia, pero encontró fortaleza apretando la mano de Roberto que reposaba en el apoyabrazos. Él le correspondió con una sonrisa amena. Vieron a un gendarme cuando pasaban el peaje. Roberto abrazó a la anciana que dormía delante de ellos y pellizcó a su amiga para que lo imitara. Ella obedeció. El gendarme desvió la mirada y la anciana despertó sorprendida.

―Más vale que no tardemos mucho porque en cualquier momento nos pueden atrapar ―dijo Roberto escabulléndose de nuevo en el asiento.

Cuando bajaron las escaleras del colectivo, el chofer notó que la señora con quien hablaron durante el viaje no los acompañaba. Preguntó desconfiado:

―¿A dónde van?

Florencia tartamudeó y Roberto se apuró a responder:

―Vienen a buscarnos, señor, nuestra escuela está acá cerca.

El colectivo se perdió en la lejanía.

Roberto viajaba todos los años con sus padres a las ruinas de San Ignacio en Semana Santa, así que conocía bien la zona y algunos de sus mitos. La parada era en la lomada del kilómetro 1305. Podían ver ondas de calor en el pavimento, y en la lejanía las ondas hacían bailar los pinos y las líneas blancas de la ruta. Aunque habían llegado a la dirección exacta, no había casa: sólo la parada, y un verdulero corpulento y moreno, que acomodaba peras y manzanas en cajas de madera para vender. 

―Buen día, señor ―dijo Roberto.

Etán perdido ―respondió el hombre.

―No, no, queremos preguntarle… Estamos buscando a la señora Nicasia Bitochi.

El verdulero se inclinó y les dijo que no era bueno que estuviesen solos allí, que deberían volver con sus padres.

―Por favor, señor, si sabe algo sobre esa mujer, nos ayudaría mucho. ―Y señaló a su amiga―. Ella es su hija.

El hombre llevaba una gorra cuya sombra cubría las arrugas. Notaron que le faltaban algunos dientes.

―¡Mira vo! La bruja tiene hija ―dijo sorprendido―. La Bitochi vive entre lo pino, al otro lado de la ruta. ―Extendió el brazo hacia la entrada de un sendero, y volvió a acomodar las manzanas.

Roberto, pálido como las líneas que marcaban la ruta, no se animó a consultar más. Florencia en cambio, se armó de valor:

―Señor, ¿usted dijo “Bruja”? ―bajó el tono de voz como si alguien más estuviera escuchando.

―Pero on pariente, no creo que le haga náa. Zi era gente estraña, bueno, le diría que e peligroso, pero como zon familia... ―y alzó los hombros.

Los chicos agradecieron, cruzaron la ruta y se adentraron en el sendero de tierra colorada. Roberto caminaba incómodo, con olfato, vista y oídos alarmados. Miró el teléfono calculando el tiempo: eran las ocho de la mañana, tendrían exactamente cuatro horas más para volver.

Un perro negro cruzó frente a ellos, y Roberto gritó aterrado. El perro levantó sus puntiagudas orejas y los contempló, ladró y se perdió en la maleza. En la tierra había dibujadas cruces invertidas y otros símbolos incomprensibles. Aprovecharon para pegar rastros de chicles en los troncos.

En el bosque, el camino se fue cerrando, y donde antes entraban juntos de lado, ahora iban uno detrás del otro, y las ramas los rasguñaban al pasar.

Unos gruñidos los estremecieron. Luego hubo un silencio de ultratumba.

Se detuvieron impresionados por las ramas imponentes y retorcidas de un chivato. Florencia tocó su tronco, y más allá pudo ver una casa de ladrillos con una antena de metal herrumbrada. Entonces, otra vez oyeron los gruñidos, que más parecían de osos que de perros. A lo lejos distinguieron entre el pastizal a un perrazo que se aproximaba salvajemente con la boca llena de espuma. También oyeron pasos apresurados. Cuando se dieron vuelta, el verdulero arremetía contra ellos como en trance. La gorra le hacía sombra y ocultaba su rostro. Roberto preparó el cuchillo para enfrentarlo.

―¡Escalemos el chivato!

―¡No voy a subir, Roberto!

―¡No discutas ahora! ―La alzó y empujó, aguantando el peso para que ella pudiera escalar el tronco. ―¡Dale, dale!

El verdulero embistió a Roberto, que cayó entre los helechos y se desmayó. Después el hombre tironeó del pie de la niña hasta bajarla del árbol. Enganchó sus brazos con los de Florencia, la acomodó espalda contra espalda, hasta dejarla en posición supina.

Ella pateó y arañó, intentó morderlo, pero los movimientos eran implacables; el agresor actuaba con fuerza y sin pestañear. Corrió hasta la casa de ladrillos, ignorando los alaridos de su presa.

La fachada cuadrada de ladrillos enmohecidos y la antena oxidada daban a la casucha la impresión de una escuela rural abandonada. A la entrada había unos cuantos árboles caídos, las secas y grandes raíces se torcían mirando a la casa. Florencia imaginó que habían sido arrancados del suelo al mismo tiempo.

Una mujer baja de cabello ceniza salió a recibirlos con los brazos en jarras. Le hizo señas al verdulero de que llevara adentro a la niña, y le advirtió a ella que no gritara más.

 

Roberto despertó perturbado. Encontró su Victorinox tirada entre el pastizal, y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

No sabía si ir a recuperar a su amiga o si salir a la ruta a pedir ayuda al pueblo. “No, no voy a abandonarla a merced de una bruja, no podría vivir con eso”, pensó. Sacó el teléfono y marcó el número de su madre. Sospechó el castigo que le aguardaba si se enteraba de la fuga: eso sólo metería en líos a ambos. Abandonando aquella idea, guardó el teléfono. Buscó debajo de la chomba el dije de cruz dorado y lo encerró en su puño.

Agazapado en el yuyal, rodeó la casa. Intuyó que todavía podían escapar sin escandalizar a la familia.

 

Florencia comparó el mentón pronunciado y la nariz aguileña de Bitochi con sus propios rasgos. No coincidían. En los ojos grandes y apagados, en cambio, se identificó, esperanzada. Bitochi la invitó a sentarse a la mesa y le sirvió un tazón de agua. El verdulero se paró al lado de la puerta. Miraba fijamente la nada, no hablaba.

―Ya podés volver a la ruta ―dijo Bitochi. El hombre abrió la puerta y se fue, después la anciana se volvió hacia ella―. No creí que vinieras sola. ―Florencia, preocupada, pensó en Roberto―. La gente ataca lo que le asusta, por eso tengo amigos.

―Señora, ¿usted es Nicasia Bitochi? ―La bruja asintió―. Entonces yo soy su hija. ―Florencia le mostró el folio con los documentos y se preguntó si la anciana sabría leerlos, pero la otra directamente los ignoró.

―Muchas vinieron acá a decirme lo mismo. ―Las uñas largas, rotas y puntiagudas tamborileaban rítmicamente sobre la vieja mesa―. ¿Querés un trabajito?

―No, sólo quería conocerla. Si no cree en los documentos, ¿cómo podría demostrar que soy su hija?

Bitochi se levantó con dificultad y fue hasta otra puerta al lado de un cúmulo de ollas negras. Cuando la abrió, Florencia notó un colchón fino en el suelo como único mueble de la habitación.

Nicasia apareció con una muñeca de trapo de vestido gris: hilos de lana cubrían la pequeña cabeza simulando rizos rojizos, dos botones negros hacían de ojos. Bitochi sentó a la muñeca sobre la mesa, delante del tazón. Primero Florencia no la reconoció, tocó la cara sin nariz ni boca, la tela gris del vestido triangular, y de pronto se vio frente a la ruta, a llanto vivo, abrazando desconsolada a esa misma muñeca, en aquel momento enorme. Luces azules giraban violentas ese día, los uniformados la habían distraído con caramelos. Y, como efecto, la niña había dejado caer la muñeca, que quedó tirada frente a un pino y la miraba desde el suelo terroso del otro lado de la ventanilla del patrullero.

Florencia se levantó y empujó la silla hacia atrás.

 

Roberto oyó voces y ladridos, y temió que los perros lo encontraran. Avistó un tronco hueco frente a la casa, y se escondió adentro. Después de un silencio tranquilizador, se asomó para ver si no había moros en la costa. Cerca de su escondite, distinguió a dos personas muy pequeñas y regordetas. Peleaban entre ellas. Una era pálida y tenía forma de huevo; la otra era cuadrada, fornida y negra como carbón. Acaso serían duendes.

―¿Es la hija? ―dijo el duende negro―. ¡¿Cómo no supiste?! ¡Ahora la vieja nos va a retar!

―Mi culpa no es. ¡No se le parece en nada!

Roberto contuvo la respiración temiendo que pudieran oírlo. Miró hacia abajo: estaba parado sobre fragmentos de huesos pequeños y carcomidos, unos gusanos blancuzcos se retorcían y se le pegaban a las zapatillas. El hedor hacía cosquillas en su nariz. Tosió asqueado. Lamentó el error cuando vio a los duendes bloquearle la salida en los extremos del tronco. Las carcajadas unísonas de los enanos espantaron a los horneros del bosque.

―¡Tenemos visitas! ―gritaron a la vez.

 

 

Dentro de la casa, Florencia no podía entender su primer recuerdo de niña invocado gracias a la muñeca.

―Alguien tiene que heredarme. ―Nicasia le tendió los brazos, pero Florencia se alejó.

―¿Me abandonaste en el bosque?

―No me dejabas hacer los trabajitos. ―Esas palabras chocaron contra ella y la liberaron de querer saber más―. ¡Hija, volviste a casa! ―La niña frenó el impulso de contradecirle.

La puerta se abrió, y los duendes entraron sosteniendo a Roberto atado de pies y manos con un cordón. Le habían hecho morder un mango para que no gritara, y lo acostaron sobre la mesa.

―Con que viniste sola, eh.

Florencia se acercó a Roberto y trató de desatarlo, pero no pudo.

―¡¿Qué hicieron con mi amigo?! ¿Dónde está su mochila?

Los duendes se señalaron entre sí.

―Si la jefa quiere, se la entregamos ―dijo riendo el blanco.

Bitochi se distrajo mirando hacia el sendero de tierra a través de la ventana, y comentó:

―Antes usábamos las flores de los chivatos para escondernos: los pétalos nos servían como protección contra los pueblerinos. Venían a pedirnos trabajitos, pero después querían vengarse, y nos atacaban con palas, piedras y fuego. ―Lanzó una carcajada―. ¡Los sacaba de quicio! Se desorientaban en sus débiles mentes, revivían los demonios internos. ―Bitochi entornó los ojos―. Ahora para perder a los intrusos sólo nos quedan un árbol y los símbolos que colocamos en el camino. ―Se apartó de la ventana y miró a Florencia―. Somos ángeles caídos, Florcita, dinamita de la mejor. ¡Es momento de que elijas tu sangre!

Roberto escupió el mango y gritó:

―¡No hagas caso!

El duende carbón lo pellizcó para que abriera la boca, y sacó de su gastada riñonera una manzana.  Se lo metió, ahogando el grito.

―No viniste sólo por cariño, Florcita: querías saber quién eras ―dijo la bruja―. No cualquiera tiene esa fuerza. Si no estás acá para seguir mis pasos, ¿para qué te tomaste tantas molestias?

Florencia comprendió que su verdadero hogar esperaba lejos. ¿Y si no pudiera volver jamás a ver a Rosa, a su tía, a las amigas del colegio? Tenía que encontrar la forma de escapar. ¿Cómo podría engañar a los duendes y a la bruja?

―Tenés razón ―dijo―. Quiero abandonar mi vida anterior y saber de qué soy capaz ―Bitochi, que había acercado a Roberto sus largas uñas, se detuvo y la miró sorprendida―. ¿Es verdad que tenés poder sobre los duendes?

―¡Claro! ―fanfarroneó la bruja―. Vamos afuera, te voy a enseñar. ―Les habló a los duendes―: Vos salí conmigo ―hizo seña al blanco―, vos vigilá.

El duende negro refunfuñó, y su compañero se burló de él.

Bitochi mandó al duende blanco a escalar la copa de un pino, y después subió y bajó el dedo un montón de veces y el enano restregaba el cuerpo contra la coraza del tronco. La bruja reía exaltada.

 

Aprovechando las manos atadas detrás de la espalda, Roberto sacó la navaja del pantalón, cortó la soga y liberó una mano. Después permaneció inmóvil fingiendo seguir atado. El duende carbón se dio vuelta para cebarse un mate y cantó una melodía acerca de embadurnar a su prisionero en ajo y perejil. Roberto se despojó de la cuerda, saltó de la mesa, y golpeó al duende con el mango de la Victorinox. Abrió la puerta.

Nicasia y Florencia se dieron vuelta al oír el ruido.

Por instinto, y antes que la bruja pudiera conjurar, Roberto se arrancó el crucifijo y se lo arrojó a Bitochi. Tomó la mano de su amiga y corrió hacia el sendero. Sacó el silbato y sopló en busca de ayuda, sopló hasta quedarse sin aire.

 

Mientras corrían, oyeron las risotadas de Bitochi. Una espesa niebla fue cubriendo el bosque. La carcajada se convirtió en llanto, y los perros aullaron. Cada tanto, los chicos miraban hacia atrás, y la bruja seguía ahí, siempre cerca. Hasta que cayó al piso de rodillas, los ojos se le hundieron en dos huecos profundos, el mentón huesudo y las orejas sobresalían cada vez más escuálidas. El cabello se le cayó en mechones, y el cuerpo se le fue encogiendo.

Una vez pisadas las flores caídas del chivato, boquearon exhaustos. Roberto sacó el celular, llamó al 911, y le compartió a su madre la ubicación geográfica. Siguieron corriendo, guiándose por los chicles pegados en los troncos. Los duendes y los perros se les acercaban en estampida. Los chicos ya veían la ruta; pero el verdulero, de brazos cruzados, se interpuso en el camino.

Entonces, una fuerza interior emergió de Florencia, que se convenció de no morir en aquel bosque sin nombre. No había visto ni un poco de remordimiento en los ojos de Bitochi. Recordó la muñeca gris, y eso la quemó por dentro. Un viento de tormenta sacudió el pinar, y Roberto miró al cielo: arremolinadas nubes negras techaron sus cabezas. Los perros y los duendes huyeron asustados por donde habían venido.

Los amigos se miraron y se tomaron de la mano para embestir al verdulero, el último obstáculo. Pero el hombre se hizo a un lado, dejándolos huir. Un patrullero de la Unidad Regional 13 estacionó derrapando frente a ellos, y los policías los llamaron.

Florencia y Roberto subieron temblando al auto y se abrazaron en el asiento de atrás, mientras un oficial interrogaba al verdulero.

El teléfono de Roberto sonaba como loco. El policía al volante no paraba de preguntarles cosas.

Florencia bajó la vista. Junto a ellos encontró a la muñeca de ojos cosidos, que los acompañaba sentadita en el tapizado.