domingo, 29 de enero de 2023

Más allá del corral

 




Más allá del corral

 

                                                                          

Bertila aprovechó para dormir la siesta debajo de la sombra, y mostró, sin querer, la panza y las pezuñas. Bocarriba descansaba después de haberse recorrido todo el campo persiguiendo la leche de su mamá. Disfrutaba del viento fresco del verano. Se rascó el lomo lanudo contra la tierra roja, y vio a las gallinas caminar sobre los cercos del corral y a los patos pisar encima de un lago de árboles y nubes.

Dos patas flacas y largas se interpusieron en el horizonte:

—Deberías dejar de hacer eso —dijo el tero—, o vas a obligar a la patrona a venir para sentarte y ponerte de pie, otra vez.

¡Tero! —Bertila sacudió las patas todavía bocarriba—. Te estábamos esperando. Mi mamá se preocupó porque no venías, ¿dónde estuviste?

—¡Bertila! —oyó una voz femenina, y la traba de la tranquera—. Otra vez lo mismo, se te va a ir toda la sangre a la cabeza.

Bertila vio volar al tero y posarse sobre la madera del cerco. La patrona caminó hacia ella, la alzó y la colocó pezuñas al pasto. Después se alejó y cerró la tranquera, y el tero se acercó volando sin perder la elegancia.

Por lo menos, bocarriba veo todo distinto —dijo la borrega y resopló—. Lo único cambiante en este aburrido corral es el clima.

El tero replegó una pata y después infló el pecho emplumado:

—Yo tardé en venir porque disfrutaba de mi libertad, y no quería volver a la rutina, ya sabés. —Desplegó cuatro plumas de su ala y las fue contando—: Asustar a las comadrejas para correrlas de mi nido, comer gusanos, visitar a los corrales, dar la bienvenida y paseos turísticos a las borregas.

Bertila dio un salto:

—¿Das un paseo a las borregas como yo? —Los ojos le brillaron.

—Claro, más allá de la frontera existen manjares, arroyos y nuevos amigos, una libertad exquisita. Aparte, podrías volver cuando quieras: es imposible perderse en las tierras de Fachinal conmigo haciendo de guía.

—Tengo una tía que escapó una vez. —Bertila miró hacia atrás por miedo a que las demás ovejas la oyeran. Al confirmar que la familia lanera pastaba lejos siguió hablando—: Mamá me contó que la patrona la recibió contenta cuando volvió, pero mi tía es muy tímida y no quiere hablar de ese viaje.

El tero se sentó en el pasto y le clavó la roja mirada:

—Bueno, quizá sabe de los peligros de salir fuera del corral.

Bertila bajó las orejas, ¿debería correr el riesgo o esperar a crecer?, pensó.

—Pero no te preocupes, soy como un mapa humano, te voy a guiar desde el cielo si me pedís ayuda —dijo el tero y ladeó la cabeza—. El mundo espera ser descubierto, no hay nada de malo en conocer algo distinto, y salir de la rutina.

—Sí —dijo Bertila y se miró las pezuñas embarradas, las juntó—. Algún día tengo que salir de este corral.

El tero señaló con el ala las sierras azuladas cubiertas de niebla:

—Imagino que no vas a perderte semejante oportunidad, tenés que aprovechar que todavía sos chica y estás en la mejor etapa para fabricar recuerdos inolvidables.

 

Aquella misma noche, mientras el rebaño dormía a la luz de las luciérnagas, Bertila cavó un pozo debajo de los alambres del corral, se agazapó y arrastró más allá del corral. Ni bien llamó al tero, se apareció en el horizonte y se acercó a ella.

—¡Shhh!, no ves que tu familia duerme —aterrizó y la miró—, no creí que te animarías. —Levantó vuelo—. ¡Vamos! No hay tiempo que perder.

Bertila lo siguió y corrió entre varios montículos de hormigueros, maleza y rocas. Un verdor espeso y oscuro la tragó y el corazón le dio varios saltos. Pero miró hacia arriba, y vio al Tero volando, eso la tranquilizó.

  Durante el trote imaginó que las luciérnagas y los grillos le contaban los secretos de aquel mundo desconocido. Sin querer se vio envuelta por enormes árboles y arbustos que escondían el camino de regreso al corral. Volteó a buscarlo, pero había desaparecido. Así como también había desaparecido el tero.

—¡Bee!, tero, ¿dónde estás? —dijo corriendo sin rumbo.

Corrió tanto que las patas le temblaron del cansancio hasta que cayó rendida delante de un tronco y se durmió.

 

Abrió los ojos y volvió a llamar al tero, él era como un mapa humano y lo había perdido. Solo veía el cielo pelado. ¡Ese maldito Tero!, pensó.

—¡Me engañó! Como la borrega que soy. —Pataleó la tierra—. Ya mismo voy a buscar el camino para volver —se dijo.

—Ey. —Oyó una voz chillona y miró alrededor.

—¡Ey! Acá abajo. —Bertila miró el pasto y vio un ratón parado en dos patas—. No hables, no te muevas por ningún motivo ¿Me escuchaste? —Quedó con la boca abierta exhibiendo sus dos dientes y los bigotes grises. Los ojos apuntaban hacia arriba.

Bertila vio un aguilucho planeando en círculos con alas majestuosas. De repente dejó de girar y aleteó en picada hacia ellos, sacó unas garras que destellaron ante los rayos del sol.

—¡Corré por tu vidaaa! —gritó el ratón perdiéndose en la maleza—. ¡Te dije que no te movieras!

Bertila hizo todo lo posible para seguirlo y no perder de vista la vibrante cola del ratón, porque de tanta agilidad, no veía el diminuto y escurridizo cuerpo. El ratón se metió en un hueco debajo de las enormes raíces de un tataré. Bertila arrimó el hocico:

—¡¿Me hacés un lugar?! Debe haber espacio para los dos.

—¡Estás muy gorda! —contestó y le mordió.

—¡Au! —Bertila sacudió el hocico y baló del dolor. 

Vio un montículo de rocas y se escondió detrás. Escuchó un aleteo, y apenas espió por encima de las piedras: vio la sombra del aguilucho posada en una de las ramas del tataré.

—Una ovejita perdida —dijo el aguilucho y Bertila oyó el crujir de las ramas y las hojas. Imaginó que las filosas garras calaban las ramas—, ¿por qué estás con esta rrrata? Yo sé que las ovejas, en el fondo, son muy inteligentes.

Bertila comprobó que el aguilucho había bajado la guardia, aunque todavía escudriñaba el agujero donde se había escondido el ratón.

—Quisiera preguntarle: ¿sabe el camino para volver al rebaño?

—Cuál rebaño —dijo el aguilucho concentrado en el agujero.

—Cómo cual rebaño —dijo Bertila ya separándose del todo del montículo de piedras. Se acercó al aguilucho—, el que está rodeado de postes con alambres, al lado de una casa de madera.

El aguilucho ladeó la cabeza, la miró por fin:

—En todo Fachinal nunca vi tal cosa.

Bertila pensó en que no tenía ningún recuerdo de su hogar para mostrar al aguilucho, salvo su cara, se había visto varias veces en el abrevadero y en varios charcos formados por semanas de lluvia, y dijo:

—Son ovejas, así como yo, con la cara negra.

El aguilucho la estudió calcándola con el pico desde la rama y largó una carcajada:

—La cara negra, no tengo idea de qué me estás hablando. Ojalá tengas suerte saliendo de esta selva. No veo muchas ovejas que sobrevivan solas. 

Ella supo entonces que no tenía consciencia de su falta de armas para sobrevivir. Miró sus pezuñas, eran lo único que, recordó, mataba a otro ser viviente como las cucarachas. Necesitaba regresar al corral o moriría por las garras del aguilucho o cualquier otro animal más fuerte.

El ratón salió de su escondite y se perdió en el pajonal, y el aguilucho se lanzó a perseguirlo:

—¡Maldita rrrata! Sabés hace cuánto tiempo te estuve buscando. —Dio un graznido—. ¡Esta vez no te me vas a escapar!

Con el correr de la tarde, el calor hizo estragos en el lomo de la borrega. Sedienta y mareada, apenas veía los troncos tambaleantes y las hojas de varios Urunday. Distinguió una sombra esbelta, parada en una pata:

—¡Tero! —dijo antes de desplomarse.

 

Algo dulce le hizo mover la lengua y abrir los ojos. Las gotas caían de los pétalos de una orquídea abrazada al tronco de un limón.  Se incorporó y observó más de cerca, sobre el tallo posaba un picaflor con el copete hacia atrás. En la cabeza verde metálica lucía una especie de bicornio. De su pico largo y fino salían aquellas gotas dulces. El picaflor se acercó, y a Bertila le pareció que aleteaba a la velocidad de la luz:

—¡Hola! Ya amaneció ¡Qué le pasó a tu lana blanca! Ahora es marrón ¿Estás perdida? O ¿no? ¿Cómo es tu nombre? —Bertila no sabía qué contestar primero. El colibrí tomó aire. Los aleteos precisos iban de atrás hacia delante, ella los oía como si fueran de una libélula—. Creí que estabas muerta. ¿Por qué saliste del rebaño? ¡Ya sé! Fue el Tero, o ¿no?

—¡Ese maldito! —gritó Bertila—. Me engañó, dijo que sería mi mapa y al final me terminó abandonando en este lugar. —Se sentó cabizbaja—. Me llamo Bertila.

—No sos la primera ni la última. —El colibrí volvió a posarse sobre las hojas de la orquídea—. Te habrá pasado por ansiosa; por creer que fuera del corral serías más feliz. El corral es tu corazón: es tu hogar, o no.

—¿El corazón? —Bertila se miró el pecho.

—Claro, el hogar está donde el corazón está contento. Es que la curiosidad no tiene nada de malo, pero si no tenés las herramientas para afrontar los nuevos peligros, no estás preparada.

—Qué tonta fui, en casa tenía todo y me dejé llevar por las ilusiones del tero.

El sol de la mañana iluminó las plumas del colibrí y cuando destellaron, Bertila pensó que lucían más que un arcoíris.

—No estés triste ovejita, todavía podés volver al rebaño. Son importantes las lecciones que aprendiste: volver al corazón, no confiar en los teros (hablan mucho y hacen poco), y la lección más tremenda, enfrentar al lobo.

La palabra lobo la petrificó: la lana se le había erizado, la lengua se le durmió y estaba segura de que los intestinos se le habían derretido. Carraspeó para sacar la voz y dijo:

—No hay lobos acá.

—Sí que hay, se come a las borregas perdidas. Ya te dije, no sos la primera que se pierde en los campos del Fachinal. El tero es amigo del lobo. Hacen intercambio, el tero atrae las ovejas y el lobo cuida el nido del tero cuando no está. —El picaflor se lanzó de la rama girando alrededor de ella—. Por eso te digo que esto ya lo vi en distintos campos, y el negocio es el mismo. Se aprovechan de las borregas que no conocen su hogar. ¡Ah! —Volvió a dar vueltas cerca hocico de la oveja—. Pero estás de suerte porque no todas se encuentran conmigo. ¡Se de un lugar donde se ven todos los corrales de Fachinal! Desde ahí podrías ver tu casa. Te muestro ¡Vamos!

Los ojitos de Bertila se iluminaron.

Atravesaron enormes pastizales y hormigueros, troncos caídos y treparon un cerro a duras penas. Las patas de Bertila no aguantaba más esfuerzo, pero entre las piedras no perdía de vista al colibrí. Finalmente, llegaron a la cima y el colibrí adelantándose con aleteos a los correteos de la borrega, dijo:

—¡Llegamos!

Bertila puso sus pezuñas en la roca más alta en la cima del cerro, y se impulsó con sus patas traseras para subirse. Pero vio solo un verdor espeso, no había postes, alambrados, ovejas o casas de madera.

—¡Bee! —baló dolida—. ¡No veo nada! —miró enojada al colibrí. No se ve ningún corral.

—¡Esperá! Es el viento.

Bertila no entendía. Miró detrás de sí, los pastizales y las hojas de una Flor de Mayo bailaban con una brisa que se acercaba a ella, y cuando pasó frente a su hocico trajo balidos, el quejido de la tranquera, y hasta la voz de la patrona.

—¡Ese es mi corral! —dijo contenta—. ¿Por qué no lo veo?

—Porque no estás viendo con los ojos del corazón. Ese es tu hogar, Bertila, y no hace falta irse lejos para reconocerlo.

—¡Ese maldito tero! —berreó Bertila —si no fuera por ese... —El colibrí se lanzó a picotearle las orejas caídas y dijo:

—¡Es fácil culpar al tero!, pero fuiste vos.

—¡Ay, ya entendí! ¡Pará!

Dejó de picotear y añadió:

—No hay reemplazo para el hogar. —Se posó sobre las ramitas de la Flor de Mayo.  

—Tengo que volver —dijo Bertila—. Aunque me enfrente al lobo y muera descuartizada: quiero escapar de esta tortura.

Se apartó de la roca y se dispuso a saltar y correr colina abajo. Luego se paralizó y miró al colibrí:

—Pero, ¿cómo voy a ganarle? No tengo garras o colmillos, solamente me queda la lana. —Bertila estudió los espinillos y arbustos de la bajada del cerro, tendría que guiarse sólo por el olfato. ¿Y si corría y el rebaño no estaba ahí? Supo que en la oscuridad de los arbustos aguardaba un peligro inminente. Retrocedió para tomar impulso.

—¡Esperá! No bajes—gritó el colibrí y la volvió a picotear.

—Auch —despotricó Bertila y se alzó en dos patas para aplastarlo—. ¡Basta de esos picotazos!

El colibrí se posó en la roca, al lado de las pezuñas de Bertila:

—Te dije que tuviste suerte de encontrarte conmigo. Y es porque sé cómo actúa el lobo; algo que ninguna de las demás ovejas sabía. —La miró con sus ojitos negros. Pestañeaba y movía la cabeza como si estuviera electrocutado—. Cuidado, Bertila, ¡Cui-da-di-to! Porque si no sabés como actúa el lobo, no vas a poder defenderte. Y es ahí donde la mayoría de las borregas jamás regresan al rebaño.

Bertila recordó a su tía, a lo mejor por eso, era tímida y no hablaba de la estadía fuera del corral.

—El lobo podría atacarte como ladrón.

—¿Qué es un ladrón?

—Es alguien que entra a una casa sin ser invitado para apoderarse de algo que no es suyo.

—¿El lobo es un ladrón? —dijo Bertila sin creer que aquellas palabras salieran de su hocico. Si tan solo lo hubiera sabido antes de salir del corral.

—Es mucho más que un ladrón. Sabe tus debilidades, las sabe porque el tero se las cuenta y ese pillo es muy observador. Y las usará en tu contra para distraerte y que pierdas el rumbo.

—La otra forma de ataque son los ladridos supersónicos.

Bertila se percató de que su lana se había erizado otra vez. La cabeza le iba a explotar:

—¡Ladridos supersónicos! ¿Y eso qué es?

—Son ladridos atrapantes: te asustan tanto que te paralizan. Si le prestás mucha atención, no vas a ver el camino y te vas a perder.

Que suplicio era estar atenta a todos esos detalles al bajar por el cerro para recuperar su libertad. Recuperar mi libertad, pensó Bertila. Al final había salido del corral creyendo que sería libre y terminó siendo esclava de su propia ignorancia.

El colibrí miró las sombras que se alargaban con la puesta de sol.

—Se nos acaba el tiempo —dijo—. El otro ataque es jugar al escondido en lo más profundo de la selva. Y atacarte cuándo menos lo esperes. No estoy seguro de cuál de los tres ataques usará con vos.  

Bertila dio vueltas alrededor de la piedra:

—¿Y cómo puedo ignorarlo?

—No podés, tenés que hacerle frente.  

—¡Eso es imposible! —se sobresaltó Bertila. ¿Cómo puedo hacerle frente sin armas?

—Las encontrarás—dijo el colibrí alzando vuelo—. ¡Ánimo!

No tuvo tiempo de despedirse porque un crujir de hojas la asustó: se dio vuelta y vio un bulto peludo que la miraba. El lobo la había encontrado, y seguramente no veía la hora de hacerla puré. El hedor nauseabundo inundó la cima del cerro, era hora de volver al corral.

A pesar de ver los espeluznantes colmillos del lobo, Bertila salió trotando cerro abajo. No perdía las esperanzas: quizá lo superaría en velocidad debido a la bajada. Se guiaría por el olfato, después de todo, ya había agudizado la nariz gracias al viento y recordaba la voz de la patrona y el olor inconfundible de la leche fresca.

Los feroces mordiscos persiguieron su colita pomposa, se consideró oveja muerta. Cada vez eran más fuertes los ladridos y la aturdían, sabía que no debía prestarle atención, pero de tanto oírlos, llegó a olvidarse del camino que tenía por delante.

Entonces frenó el trote sin más, recordando las palabras del colibrí: la única forma de callar los ladridos del lobo era haciéndole frente. Y se agazapó. Vio las patas y la panza peluda del lobo que saltaron sobre ella y pasaron de largo. La velocidad y el peso del desgraciado le jugaron en contra, patinó en la tierra y apenas se detuvo en la bajada.

—¡Bertila! —dijo—. ¿Creés que podés escapar de mí? Yo soy el rey de la colina.

—No me dan miedo tus ladridos supersónicos—contestó. Era mentira, las patas le temblaban con solo mirar las filosas garras.

El lobo la rodeó:

—Parece que la libertad que buscabas no te cayó bien. —Los hilos de saliva caían de los colmillos—. ¿Cómo vas a explicarle a tu mamá que no conseguiste lo que querías? —Se relamió.

—Aprendí lo necesario —dijo y se lanzó contra el lobo. Era un suicidio, pero sacó los dientes y dio el balido más horripilante que pudo. Supuso que ninguna de las ovejas lo había enfrentado antes: el lobo la miró con las cejas en alto y retrocedió. No contenta con eso, se dio vuelta y le pateó las costillas sosteniéndose con las patas delanteras. Al ver que tumbaba al lobo, aprovechó para echarse a correr. La maleza y los árboles fueron desapareciendo, dando lugar al campo despejado.

Todavía no veía el corral, pero olfateaba ese olor inconfundible a leche fresca, y oía los conocidos graznidos y cacareos.  

—¡Bee! —dijo—. ¡Por fin!

Pero el lobo la embistió y rodó en un remolino de piedras y toritos. Chocó la cabeza contra un poste de luz. Apenas se levantó, vio borroso el corral de la patrona. Sintió una mordida en la pata que la hizo balar de dolor. Pero con las últimas fuerzas y la otra pata, pateó el ojo del lobo, y la bestia chilló. Y fue que Bertila agarró fuerza y corrió cojeando tratando de olvidar la punzante mordida.

Tropezó antes del alambrado y vio la luz del interior de la casa de la patrona. Se desmayó entre los escandalosos cacareos de las gallinas y el portazo, los pasos acercándose, los abucheos, los silbidos y los piedrazos. Los gruñidos del lobo se alejaron hasta terminar en un aullido estridente. Bertila supo entonces que jamás olvidaría qué hay más allá del corral.

 

 

sábado, 5 de marzo de 2022

La tripulación de El Chacal

 


 ―¡Surcamos el Mar de la Conchinchina otra vez! ―dijo Juan, hablando solo en la cabina de El Chacal y mirando el horizonte.

Los oficiales cenaban en el comedor: desde allá no podían oírlo, y menos con el vendaval, el fragor de la marea y los estáticos de la radio. Las ráfagas penetraban por los ventanales abiertos, y amenazaban con volarle la gorra de capitán. Se la quitó con una mano mientras sostenía el timón con la otra. Había decidido tomar una antigua y olvidada ruta mercantil, contaminada de leyendas y mitos marinos: la usual estaba bloqueada por razones climáticas.

Vio que Marcos, el marinero más joven de la tripulación, le traía una bandeja con vasos. Aceptó gustoso, y pronto el vino tinto le mojó el bigote.

―Con mucho respeto le pregunto, capitán ―le dijo el muchacho―: ¿usted decidió cambiar de ruta un viernes?

―¿Algún problema con eso, marinero?

―Es que a Jesús le crucificaron un viernes.

La mirada de Juan habrá sido bien tajante, porque el chico no hizo más comentarios y salió disparado de la cabina.

―Cuánta pavada de pendejito ―murmuró Juan.

Aunque faltaran todavía muchas millas para el puerto de Macao, imaginó las instancias del regreso: la maniobra de fondeo en el puerto, el sello en su pasaporte, el viaje en avión, el recorrido familiar del colectivo, los pétalos de lapacho esparcidos en la vereda por Victoria, la brisa mentolada, los ladridos de Roco, los besos y abrazos del más pequeño de la familia. Desde el primer viaje en que El Chacal zarpó con destino al extranjero, la alegría de volver seguía intacta.

Juan suspiró, satisfecho con lo logrado hasta el momento durante el viaje: ninguna carga se había arruinado, y más de un destinatario había expresado su conformidad con los paquetes recibidos en la aduana. Hasta El Chacal se había comportado de maravillas, a pesar de ser un antiguo buque de guerra, y con su buen porte podía atravesar olas gigantescas.

Miró su reloj, se percató del tiempo. Le ordenó a uno de los oficiales que lo reemplazase, y así podría descansar en proa. Salió de la cabina.

El viento y el oleaje habían amainado, y él se acodó en la baranda y cerró los ojos. Se concentró en el arrastre y en el choque perezoso de las olas: se disfrutaban más cuando el trabajo estaba a punto de terminar.

―¿Cómo puede ser, si al buque se le hizo el mantenimiento hace diez días?

La voz lo sacó de su contemplación. Una voz temblorosa y apagada.

Y a esa voz siguió otra: dos marineros a quienes él no llegaba a identificar hablaban entre ellos.

 “Problemas”, se dijo Juan, y se asomó por la escotilla de la cabina. Sí, no se había equivocado: al verlo, los dos marineros se hicieron los desentendidos.

Cuando Juan asumía de nuevo la vigilancia del buque y de la zona en que navegaban, oyó gritos, y le pidió al oficial de Control de Mando que apuntara hacia la izquierda la luz blanca de tope.

―¿Qué es eso? ―Juan se agarró la cabeza, pasmado. Marcos y los demás marineros salieron a cubierta a mirar el desorden.

El Chacal empujaba trozos de hierro y madera de una embarcación destruida. En el agua, a estribor, un hombre gritaba aferrado a una especie de tabla o mesa ―¿una balsa improvisada?―. El hombre gritaba con más fuerza todavía, superponiendo su voz estentórea al fragor del mar, y moviendo el brazo libre luchaba para ser advertido entre las amenazantes olas. Pero el buque lo dejaba atrás inexorablemente.

Juan convocó a todos los oficiales al salvamento, pero sabía que a cambio de arriesgarse por el náufrago no gozarían de ningún extra. Por el contrario, cualquier gasto o pérdida en el rescate implicaba dinero, que saldría únicamente de sus bolsillos. Y todos en la tripulación lo sabían. Y además sabían que cualquier retraso significaba la pérdida del incentivo en los salarios, acordado por parte de la naviera.  Y lo peor era que tanto los oficiales como el resto del personal venían insistiendo, cada vez superándose en insolencia, con regresar a sus familias lo antes posible.

―No olvide que navegamos una ruta comercial, mi capitán ―dijo el oficial de control―. Aparece “La fragata II” detrás de nosotros en el radar. Ellos están mejor equipados. Sin duda, rescatarán al chino.

―No le gustaría estar en el lugar del “chino”, ¿o sí? ―preguntó Juan levantando el mentón.

Los oficiales se miraron en silencio, y él supo que ya habían visto al náufrago y que aun así habían decidido ignorarlo.

―Tranquilo, capitán, que en tierra no diremos nada.

―Y usted lo sabe perfectamente, capitán.

―Además es de mala suerte rescatar a un náufrago.

―Por algo se habrán hundido, capitán.

―Tiene razón, capitán.

―Qué tal si nos pasa lo mismo, capitán.

―Bien hacen en llamarme capitán ―Juan se palpó las jinetas―, porque lo soy. Y me van a obedecer. Procedan a la maniobra de fondeo ahora mismo.

A regañadientes, oficiales y marineros arrojaron al mar una balsa de emergencia, y se colocaron los chalecos salvavidas.

Juan pensó que acaso los demás tenían razón: todos, incluso él, perderían el premio de la naviera. Pero enseguida se dijo que era su obligación salvarlo, había una nave más poderosa que cualquier barco patrullero: su propia conciencia.

Soltaron un cabo para que la balsa no pudiera perderse en la negrura. Al acercarse, vieron que el náufrago chapoteaba desesperado y se sostenía con ayuda de tablones y una rueda de timón. El hombre forcejeaba con los rescatistas, se resistía al salvamento. Señalaba algo al norte de las oscuras aguas, y gritaba una palabra extraña, una y otra vez.

Mediante un aro salvavidas, los marineros lo acercaron a los flotadores de la balsa y lo ayudaron a trepar. Desde la cubierta, Juan le notó los ojos rasgados. El náufrago balbuceaba un idioma incomprensible. Juan llamó a Vicente, el práctico de a bordo, que conocía algunas variantes del chino.

Su auxiliar obedeció, y cuando desde arriba le habló al náufrago, y al ver la actitud del otro al responder, Juan sospechó una nueva desgracia. Vicente agrandó los ojos y se arrimó a la baranda de cubierta:

―¿Qué está pasando?  

―Hay alguien más en el agua, capitán. ¡Un nene! Es el hijo de Can.

Y el tal Can, mirando desesperado hacia los amenazantes remolinos de las olas, se dio a gritar una misma palabra, una y otra vez. Juan creyó que era el nombre del chico. Los rescatistas les pidieron al padre y a Vicente que los acompañaran al mar: necesitaban que el niño confiara en sus salvadores. Los marineros soltaron más cabos, y los mejores nadadores abordaron otra balsa y se acercaron a los pedazos de madera y de metal. Esos restos del pesquero rodeaban a un gran colmillo de piedra porosa que ni un peñasco llegaba a ser. Aferrado a aquel risco como mejor podía, resistía el chico, tiritante y mudo: no respondía a ninguna pregunta ni palabra de aliento de sus salvadores.

Cuando lo subieron a la balsa, saltó como un koala hacia los brazos de Can, quien lloraba de agradecimiento.

Vicente se alegró y dijo:

―¡Bienvenido, Gao! ¿Estabas escondido?

Juan lo veía todo desde cubierta, siempre apoyado en el barandal. Aquel abrazo era el mismo que soñaba con darle él a su propio hijo. Se secó una lágrima, de un manotazo: no quería que los suyos la notasen. Y pensó que, si se hubiera dejado guiar por su impiadosa tripulación, la culpa lo habría obligado a odiarse por tener una familia esperándolo.

Pensó que el destino hacía con la gente lo que se le antojaba: ahora tendrían que desembarcar en el primer puerto que avistasen, maldita sea, para reportar el hundimiento del pesquero y gestionar el papeleo de los náufragos.

Juan sabía que el oficial de control no lo miraría a los ojos durante el resto del viaje. Aunque conocía bien a sus oficiales, se preguntó si alguno se habría arrepentido.

Y a sus espaldas oyó la voz de Marcos, el novato:

―Ya perdimos mucho tiempo rescatando al chino ese, capitán. Y eso es algo intolerable para la naviera. Y usted lo sabe.

Al darse vuelta, Juan vio que el chico empuñaba una picana.

―Crees que no lo sé, estúpido. Eso lo sabe hasta el grumete que limpia la cubierta. Y bajá eso, o te tiro por la borda.

Y el otro se atrevió a rozarle el brazo con la picana, y el remezón del voltaje le recorrió a Juan el cuerpo en contracciones que le lanzaron la cabeza hacia el hombro. Cayó de rodillas, temblando.

―Somos apenas trabajadores, capitán. Necesitamos el incentivo, y usted ya nos venía retrasando bastante eligiendo esta ruta. Y ahora anda de héroe.

Otra sacudida eléctrica le paralizó el brazo.

La tripulación se acercó. Juan se retorcía y se asfixiaba, y lo alzaron entre varios y lo echaron a mar abierto. Chocó contra el oleaje, y después de la invasión de burbujas el agua le entró por los oídos y la nariz. Lejanamente oía que “El Chacal” seguía su rumbo. La oscuridad lo carcomía desde un agujero de una fosa borrosa, apenas iluminada por los débiles destellos de las luces del carguero. Los latidos del corazón bombeaban sus sienes, y los oídos le crujían y se taponaban de zumbidos. Olas mortales lo revolvían, y entonces creyó hundirse para siempre en aquella fosa alucinante, formada a veces por escamas, y a veces por paredes blancas y pulposas.

Pero un brazo le rodeó el pecho, y ahora lo subía a la superficie, y otro brazo nadaba veloz: Juan lo intuyó por el roce. Se dio cuenta de que Vicente lo llevaba hacia la roca.

La misma roca que Can y Gao aún abrazaban.

Aquellos hijos de puta los habían dejado ahí, sin la más mínima compasión.

―También a mí me tiraron, capitán. Por ser leal.

Juan hubiera querido mandarles una buena maldición, pero apenas podía gemir y mover las piernas entumecidas. En cuanto al padre y al hijo, gritaban tratando de aferrarse lo más posible al risco.

―¿Qué? ¿Agujero? ¿Agujero azul? ―tradujo Vicente―. Hay un dragón en el agujero azul. No entiendo.

 Juan miró la popa empequeñecida. Había una oleada extraña que se erguía y abarcaba todo el buque. Varios aullidos sucesivos del fondo marino aumentaban como las turbinas de un avión en despegue. La roca, que ahora era refugio de los cuatro, vibraba, y una tenue neblina los cubría más y más.  

Entonces el Gran Señor Cthulhu emergió de las profundidades abisales y se elevó por encima de la cubierta, y desguazó al buque en mil pedazos. Las luces del carguero se inclinaron y titilaron, y después todo quedó negro. Oyeron un infierno de hierros retorciéndose entre los gritos afelpados por el mar. Los estallidos formaban un hongo de humo que se confundía con la bruma.

Juan y los otros tres resistieron las olas, que amagaban con expulsarlos de la roca. Quedaron en silencio hasta que los aullidos y la bruma desaparecieron, y el oleaje se calmó.

 

sábado, 22 de enero de 2022

La palta de Yasymí



       Cuando Yasymí despertó por primera vez al mundo, se encontró iluminada por la luna llena, sentada sobre un húmedo promontorio colorado, con la espalda contra la corteza de un árbol de florcitas amarillas, y entre unos frutos ovoides oscuros y carcomidos, a los que más tarde llamaría “paltas”. Apoyó su oreja en la cáscara de una y escuchó los susurros:

―Tu madre es Arasy, la diosa de la luna ―le dijeron―, y te trajo a la tierra junto con nosotras. Fuimos bendecidas con las lluvias y los truenos de Tupá, tu padre. Nuestro deber es alimentarte y darte refugio.

Unos cosquilleos de hormigas le dieron risa y le hicieron sacudir las piernas, hundidas en una alfombra de hojas estrelladas.

Las hojas de las yataí bailaban con el viento y, a pesar de la noche, los zorzales cantaban. El yaguareté se acercó con un tapir en la boca; las patas de la presa crujían y levantaban la hojarasca. El felino arrojó su ofrenda frente a Yasymí. El tucán le regaló los trozos más jugosos de un melón. El mono tití le trenzó rápido los rizos y los adornó con una orquídea detrás de la oreja. Rodeando la cabeza de Yasymí revoloteaban mariposas del tamaño de sus manos, los aleteos ventilaban sus mejillas. Orugas peludas masajeaban sus hombros, y multitud de arañas le acariciaban los brazos. Los bichos bolitas rodaron hasta tomar posición en un semicírculo formado por las otras criaturas. La selva se convirtió en una catarata de mugidos, gruñidos y bramidos que le daba la bienvenida.

Al amanecer, Yasymí fue hasta el arroyo bordeado de rocas algodonadas y bebió. Se sentó en la orilla y rozó las hojas de los camalotes con los dedos de los pies. Una roca rectangular y opaca asomó de lejos en la corriente. Yasymí achinó los ojos: era un yacaré, que exhibía sus colmillos afilados con la boca abierta.

―¡Princeeesa! ―dijo el cocodrilo mientras se alejaba entre las olas―. Que tenga buen día.

 Yasymí lo saludó con la mano y contestó:

―¡Igualmente!

 

Yasymí y Terekua, el coatí guardián de todos los árboles y frutos de la selva, solían competir en una carrera por saber quién trepaba más rápido los cerros después de haber nadado en el arroyo. Cuando llegaban a la cima corrían cerro abajo, a veces tan rápido que en la bajada rodaban y chocaban con grandes montículos de hormigueros, enredaderas, tacuaras y laureles; pero terminaban la carrera sin ningún rasguño. Arrancaban del suelo los dientes de león, y soplaban sus semillas y corrían para atraparlas. Terekua se trepaba en el hombro de Yasymí para tener una mejor visión de los caminos que recorrían.

Estaban riéndose de sus aventuras cuando vieron que se acercaba la yarará. Dejaron de reírse.

―Hola, hermosa Yasymí ―dijo la yarará, ocultando sus colmillos.

Terekua se interpuso en el camino de la serpiente y la frenó en seco:

―Hola, Yarará. ¿Qué hace la hija del espíritu Añá por estos lugares? ¿Te perdiste?

―No. ―La serpiente se elevó y lo empujó a un lado―. Quería disculparme con la princesa, porque todos le entregaron sus presentes menos yo.

―No te preocupes, Yarará ―dijo Yasymí gentilmente―. No entiendo qué más podrías ofrecerme que aún no haya recibido.

―Quiero presentarte a alguien, ese será mi regalo ―admitió la yarará retorciéndose sobre sí misma―. Es parecido a vos.

―No me parece buena idea ―dijo Terekua, llamando la atención de Yasymí con las garritas sobre su brazo, pero ella lo ignoró y contestó:

―Vamos a conocerlo. ―Palpó su hombro para que Terekua subiera y la acompañara—. Si no nos cae bien, lo dejamos.

―Síganme ―dijo la yarará, hundiéndose en las profundidades del monte.

Para no perder de vista a la serpiente, Yasymí corrió a toda velocidad, y sus pies dejaron profundas huellas de barro, rozaron algunos gladiolos y los pétalos se le quedaron pegados a los talones.

Atravesaron el arroyo cristalino, que marcaba el límite conocido por Yasymí y Terekua, después fueron por un sendero de helechos y orquídeas aferradas a los chivatos. Yasymí y Terekua miraron hacia arriba: unos pálidos, flacos, y descascarados troncos de eucaliptos los rodeaban. Una neblina invadió sus pies. Yasymí y Terekua voltearon: habían perdido el camino de regreso al promontorio de la palta.

La yarará se detuvo:

―Es acá. ―Se movió en zigzag. ―Bienvenidos al Monte de los Eucaliptos.

Oyeron unas pisadas y quedaron estáticos, vieron sacudirse unas hojas de ortiga. Terekua mostró sus colmillos y Yasymí lo imitó. Un animal de dos patas asomó la cabeza y fue hacia ellos. Era alto y fornido.

Terekua continuaba gruñendo, pero Yasymí se había dado cuenta de que el animal nuevo era parecido a ella, como decía la yarará: ambos tenían piernas y brazos. Comparó sus manos con las de él, sin dar un paso al frente, pero tampoco retrocediendo. Terekua le dio varios tirones a su cabello, pero Yasymí había dejado de prestarle atención. Las cejas tupidas y los labios carnosos del nuevo ser se curvaron formando hoyuelos en cada mejilla. Él se detuvo y se tocó el pecho.

―Chapai ―dijo, y volvió a tocarse el pecho―. Hombre.

―¿Chapai es tu nombre? Soy Yasymí. ―Él no respondió. Era extraño. Ella estaba segura de que con los animales se comunicaba mejor. Decidió insistir en su presentación y se tocó el pecho como él―: Yasymí.

Terekua gruñía.

El hombre extendió los brazos, intentó tocarla, y Terekua saltó sobre él con el lomo erizado, queriendo rasguñarlo.

―¡No, Terekua! ―Ella atajó su salto tomándolo por la cola anillada, y después lo colocó sobre su hombro y le dio unas palmaditas para calmarlo―. Tranquilo, amigo.

El coatí se puso a caminar como loco sobre sus hombros.  

―¿Quiénes son tus padres, hombre? ―dijo Terekua, y lo estudió de pies a cabeza―. ¿Cómo no te vimos antes?

―Ojalá pudiera responder. Nací entre los eucaliptos, y no sé nada más.

―Eso ya lo veremos ―contestó el coatí.

Chapai se rascó la cabeza y sonrió. Con un ademán señaló algo, y los invitados lo siguieron.

La serpiente los escudriñaba intrigada desde lejos, oculta en las raíces frescas de unos arbustos. Todo iba conforme a su plan de reemplazar a la parlanchina princesa y dominar la selva entera.

El primer paso lo había dado: presentarle a la princesa a su compañero. Después volvió a su guarida, donde conservaba frutas de todo tipo: manzanas, nísperos, apepúes... Las mordió y las llenó de veneno. Luego distribuyó estratégicamente las frutas envenenadas alrededor de la palta donde dormía Yasymí, y en otros lugares donde la princesa paseaba. Puso especial atención al Monte de los Eucaliptos, y decidió esperar a que la mujer o el hombre mordieran y se envenenaran.

Las primeras víctimas fueron el mono tití y el tucán. Pero Yasymí, Terekua y Chapai no se enteraron.

 

Con el correr de los días, Yasymí y Chapai continuaban vivos y juguetones: llegaron a hablar el mismo idioma, adivinaban sus pensamientos como si compartieran la misma mente. Hasta Terekua había aceptado la presencia del hombre cerca de su amiga.

Los tres llegaban exhaustos en las profundidades de la noche, y no se percataban de que cada vez desaparecían más monos, zorzales y tucanes.

Una tarde, la yarará aprovechó la oportunidad y se arrastró al Monte de los Eucaliptos.  Descubrió al hombre arrodillado y plantando semillas:

―Chapai, ¿cómo estás? ―dijo agitando su lengua bífida.

―¡Yarará! ―le recibió contento―. Te agradezco tanto por presentarme a la princesa. ¡Estoy feliz! ―gritó, corriendo y saltando a su alrededor―. Me hiciste un favor muy grande. ¿Cómo agradecerte?

―Podrías hacerme un gran favor vos a mí ―dijo la yarará, pensando en el poco esfuerzo que hizo en la conversación para convencer al hombre.

―Sí, claro.

―Hay unos frutos que me gustan mucho y hace tiempo no crecen en esta zona. Anduve años buscándolos por la tierra, y cuando los encontré, los traje para plantarlos acá. Pero, como no tengo manos, ¿podrías hacerlo vos por mí?

Chapai reposó el codo sobre el dorso de su mano y agarró su mentón.

―Hummm, deberías preguntarle a la princesa. Acá no puedo plantarlos porque, como bien sabés, es el Monte de los Eucaliptos, y los árboles podrían estropearse, y ya no disfrutaríamos de su aroma fresco.

Yasymí no significaba un problema para ella. El problema para la yarará era el coatí guardián, que ya la tenía junada y la odiaba desde chiquito. Tal vez, sincerarse con el hombre sería la mejor estrategia.

―Tienes razón. ―Aplastó las hojas de unos helechos y se acercó lentamente―. Pero la verdad es que no me llevo bien con su amigo el coatí. Es muy desconfiado y él puede influenciarla en mi contra, y yo solo quiero ayudar a la princesa.

La yarará pensó que, aunque ahora Chapai se llevaba bien con Yasymí y Terekua, no sería tan ingrato como para no tratar de ayudarla: al fin y al cabo, ella había sido su primera amiga.

―Está bien. Pero sólo voy a insistir una vez: si la princesa no quiere estos frutos, te los voy a devolver.

Antes de alejarse, la serpiente decidió compartirle un secreto:

―Fuimos creados por un mismo espíritu, Chapai. Añá es nuestro padre. No dejaría mal a mi único hermano frente a la princesa Yasymí.

La serpiente se alejó satisfecha, dejando asombrado al hombre, y a la espera de la futura advertencia del guardián a Yasymí sobre aquel regalo: ella sabía que Terekua los espiaba, escondido entre las ramas del tupido follaje de un apepú.

 

―No aceptaremos el regalo ―dijo Terekua desde el hombro de Yasymí cuando Chapai ofreció los frutos―. Están podridos. Y esa yarará quiere quedarse con todo nuestro mundo.

―Terekua, no seas exagerado ―Yasymí tomó una naranja, y Terekua la tiró al suelo.

―Vete, extranjero ―dijo el coatí, y gruñó moviéndose de un lado a otro en el hombro de su amiga―. No confiamos en los que hablan con la yarará.

―Ella solo quiere ayudar... ―dijo Chapai.

―…ayudar a matarnos ―interrumpió Terekua, con un pitido agudo, y giró para mirar a Yasymí―. Princesa, por favor. No sea ingenua, los vi y escuché hablando, ¡son hermanos! Planean matarla y quedarse con su reino.

―Yo no sabía que era su hermano, hasta que me lo dijo ese día ―dijo Chapai.

Yasymí miró al hombre y se tocó la cara: una calidez envolvió sus mejillas y no supo explicar el porqué.

―Acepto el regalo ―dijo abriendo los brazos.

Terekua saltó del hombro de la princesa a la tierra y dijo:

―Yo cuidaré su palta, y todos los árboles que pueda. No me haré cargo de las elecciones de ustedes dos. Serán responsables de cualquier desgracia, ya están malditos.

Se adentró en la selva, y su cola esponjosa y anillada desapareció.

Yasymí y Chapai se sentaron juntos sobre la orilla del arroyo a examinar los frutos. Todos eran brillantes, con dos agujeritos que desprendían hilos de jugo. Yasymí se tentó y, desesperada, peló la cáscara de un apepú, dispuesta a morderlo.

―¡No! ―Chapai agarró la muñeca de la princesa―. Algunos están mohosos, mirá. ―Le mostró la textura blanda de un níspero con pelusas azules―. Están feos, quizá Terekua tenga razón.

―Mi panza ruge, no puedo vivir solamente de paltas, y ya acepté el regalo ―dijo ella―. No puedo rechazarlo.

―Podés ignorarlo ―aclaró Chapai―. Arrojemos todo al arroyo. La yarará no se enterará. Nadie dirá nada.

Yasymí y Chapai tiraron los frutos, y la corriente los llevó hacia el río, mientras la yarará observaba oculta entre el matorral.

―Cayeron en la trampa. ―Soltó una asmática risita―. No saben que al aceptarlos son responsables de su crecimiento. Nunca más verán el paraíso que conocen: los frutos se convertirán en semillas que germinarán en la tierra, y estas se convertirán en árboles malditos que producirán, a su vez, más frutos envenenados. Por fin, yo reinaré.

 

Yasymí despertó de una siesta y se levantó de golpe, atontada por unos gritos. Vio a Chapai intentando cruzar el arroyo, pero varios caimanes se lo impedían, dando puntiagudas bocanadas y coletazos.

―¿Qué les pasa? ―dijo ella, acercándose a la orilla―. Suelen ser muy amigables. ¡Oigan, yacarés, dejen en paz a mi amigo! Sólo quiere venir a visitarme.

Pero los yacarés no le respondían ni le obedecían: Chapai apenas pudo esquivarlos con varios saltos, y llegó a la orilla de Yasymí agitado y herido. Le habían mordisqueado las piernas.

―Algo está pasando ―dijo Chapai―. Ningún animal me respeta ahora. Un yaguareté intentó matarme. ¡No es normal! ―dijo, tocándose el líquido rojo que brotaba de su pierna―. ¡Duele! ―La miró como si Yasymí tuviera la solución―. ¿No vas a ayudarme?

Yasymí lo miraba sin entender. En eso, las hormigas tigre subieron por sus pies y la picaron. Ella gritó y saltó de un lugar a otro. Se abrazó al tronco de un apepú y alzó los pies. Una naranja le golpeó la cabeza, y al mirar hacia las ramas vio a los monos tití que se preparaban para lanzarle más frutas. Yasymí se alejó de otro salto y miró enojada a Chapai:

―¡Todo esto es tu culpa!

―¿Mi culpa? ¡Ah, no! Vos aceptaste el regalo. Yo solamente quería ayudar.

―¡Vos confiaste en ella primero! Aceptaste el regalo primero ―Yasymí retrocedió unos pasos, no quería volver a verlo nunca más―. Terekua tenía razón.

―¡No te vayas, no me dejes solo! ―Chapai miró sobre el hombro de Yasymí. ―Mejor dicho...: no te muevas ―dijo, y levantó la mano lentamente.

―¡¿Ahora me das órdenes?! ―Unos rugidos atravesaron la maleza. Los dos gritaron y huyeron lo más rápido posible. El yaguareté arremetía con zarpazos, el lomo erizado y los dientes filosos cada vez más cerca.

―¡Ya no nos conoce! ―lamentó Yasymí.

Corrieron sobre piedras y barro. Dieron manotazos a las ortigas, cuyas espinas se les clavaban a la piel. Cruzaron paredes de helechos, orquídeas, enredaderas y, aun así, el rugido se les acercaba. Terekua salió de entre los helechos y se unió a ellos en el camino.

―¿Terekua? ―dijo Yasymí―. ¿Viniste a ayudarnos?

Su amigo respondió con un pitido que ella no pudo entender, pero comprendió que él quería salvarlos del ataque.

Saltaron un gran tronco caído y mohoso, y se escondieron detrás. El cazador pasó por encima de ellos, ignorando su escondite. Como Terekua siguió corriendo hacia adelante, el yaguareté lo persiguió hasta perderse en la selva. Yasymí y Chapai quedaron en silencio, sentados contra el tronco, agitados.

―Yasymí.

―¿Qué pasa?

―¡Estoy llorando por mi piel! ―Yasymí se dio cuenta de que le pasaba lo mismo. Unas gotas como lágrimas salían de unos orificios invisibles y resbalaban por todo su cuerpo.

Ella se levantó.

―Tengo que irme.

―Voy con vos.

 ―La palta que cuida Terekua es el único árbol nacido de la luna con la bendición de mi padre. Tenemos que llegar a ella antes que la yarará. ¡Vamos!

Unos guijarros vibraron. Chapai quedó paralizado mirando hacia el horizonte: una estampida de caimanes, yaguaretés, alacranes y serpientes los perseguían. La yarará venía a la cabeza.

―¡Vienen a devorarnos! ―dijo Yasymí, y corrieron en dirección a la palta.

―¡Tenemos que ganarles! ―gritó Chapai, adelantándose en velocidad a Yasymí. Ella se quedó atrás: los dedos de sus pies se habían acalambrado.

―¡No pares! ―dijo Chapai, y alzó a Yasymí en sus brazos. Ambos veían cerca el tronco de la palta, y a Terekua con su ejército de coatíes. Los guardianes protegían el tronco en un círculo. Chapai corrió hacia ellos, y los soldados le cubrieron la espalda.

Yasymí bajó de los brazos de Chapai y se aferró al tronco. Levantó la cabeza hacia el follaje, y vio una única palta madura, a punto de soltarse y caer. Escaló el tronco para alcanzarla.

Ante la avalancha de garras y dientes, los flacos soldados de cola anillada cayeron uno a uno, víctimas de las mordidas y el veneno de los animales comandados por la yarará.

Al final, solamente quedaron Chapai y Terekua.

La serpiente se abalanzó sobre el guardián, y ambos se enredaron en una lucha de garras, colmillos y gruñidos, hasta que la cola anillada de Terekua dejó de moverse. Yasymí había logrado arrancar la palta. Entonces la yarará saltó y abrió la boca. Los colmillos proyectaban su veneno sobre la princesa, pero Chapai se interpuso.

―¡Chapai, no! ―La yarará le había mordido el hombro.

El hombre cayó al suelo, paralizado. Un dolor desconocido punzó el pecho de Yasymí.

La estampida pisoteó el cuerpo de su amigo, y la serpiente aprovechó para clavar los colmillos en las gruesas raíces sobresalidas de la palta. El veneno llegaría a las nervaduras de todo el árbol muy pronto. Yasymí abrazó la palta con todas sus fuerzas, y vio desde arriba cómo la corriente del arroyo se expandía y llevaba por delante todo a su alrededor. Las grietas del suelo se abrían en enormes torrentes. Yasymí se aferró al tronco y se hundió en un gigantesco torbellino de agua.

El árbol cayó en un precipicio.

 

La princesa despertó sobre arena mojada. Se sentó y vomitó agua. Buscó desesperadamente la palta por toda la orilla. La encontró a unos metros, bajo las hojas de unos helechos. Estaba intacta: el único fruto bueno se había salvado. Lo abrazó otra vez. Después se miró los brazos y las piernas, le ardían tajos y raspones. Miró la nueva cascada que se alzaba a su espalda y a los vencejos que revoloteaban debajo, y temió que fueran a atacarla. Oyó unos rugidos entre la maleza y alcanzó a distinguir a la yarará vigilante por encima de la pared de cascadas, envolviendo la rama de un eucalipto. Yasymí corrió sin mirar atrás, en búsqueda de un nuevo hogar.

Esta vez, ella sería la guardiana y protegería a la palta, manteniéndola lejos de la yarará. Imaginó que la semilla crecía con fuerza, como el saltarín en su vientre. Después de un tiempo, la palta estaría alta y madura, adornada de florcitas amarillas y rodeada de abejas. Se imaginó descansando bajo la futura sombra refrescante mientras enseñaba a su hijo a ser protector de los buenos frutos. Solamente así devolvería la paz que ella misma había ayudado a destruir. Solamente así las muertes de Chapai y de Terekua no serían en vano.