―No
me desampares —repito, sentada con mamá a la fría mesa del comedor—, ni de
noche ni de día hasta que… Hasta que… ―No me acuerdo de cómo sigue, pero no voy
a reconocerlo delante de mamá―. Hasta que...
―Hasta que qué, Helenita ―insiste
ella, haciendo el gesto de que siga―. Hasta que desss... ―Alza las cejas, como
alentándome a que me salgan las palabras.
―Hasta que descanse en…
Hasta que descanse en… ¿En dónde, mamá, tengo que descansar?
―Qué te pasa, mi amor. ―Harta,
mamá bufa y se levanta de la mesa―. ¿No pensás rezar mientras yo no esté? ―Mete
el celu en la cartera y cierra la valija con rueditas. Alza el mango de
aluminio, y encara hacia la puerta―. Todo el finde largo.
Se prepara para viajar a
ese encuentro anual de enfermería en la capital. Tiene que dar una conferencia
o algo así de no sé qué. Ahora no me sale el nombre.
―Es la abuela
Dominga ―dice en voz muy baja. Igual no debería preocuparse: oigo que la abuela
ronca desde su cuarto, no nos oye―. Estás bastante influida por la abuela,
parece.
―No, ma. Pasa que no
practiqué.
Y pienso: Pobre abu
Dominga, que siempre la liga. Menos mal que mamá vuelve recién el lunes.
―Rezá mucho, Helenita ―me
pide mamá, que está a punto de salir.
En estos días anda
pidiéndome que rece mucho, y yo sé por qué: no le gusta que la abuela me tire
las cartas cuando nos quedamos las dos solas. A veces pienso que mamá nunca
aprendió a jugar, capaz la abuela no le enseñó a divertirse cuando era
chiquita. Porque todo lo hace como si fuera tarea de la escuela.
―Eso que juegan con mamá
no está bien ―dice, ya con la mano en el picaporte, y a mí se me escapa una
risa. Últimamente se me escapan muchas risas. Se me escapan muchas risas en los
peores momentos. Y no sé por qué―. No es gracioso ―dice mamá, y vuelve
hacia mí y me mira cara a cara―. Cuando vuelva del encuentro voy a hablar de
nuevo con tu abuela, a ver si esta vez me entiende. ―No parece muy convencida.
Y además yo sé que no es cierto eso de que va a hablar con la abuela. Y lo sé porque
me parece que mamá… Bueno, es como si le tuviera un poco de miedo a la abuela.
Yo me doy cuenta.
―La abuela es buena, mamá
―digo―. Qué tiene jugar con ella, si nunca pasa nada.
―¿Ah no? ―Mamá se enoja
cada vez más, y le hago señas de que baje la voz: la abuela ya no ronca, o por
lo menos yo no la oigo―. Antes te sabías enterita la oración al Ángel de la
Guarda, y mirate ahora. Y encima se nos llena la casa de locos, que andá a saber
un día quién nos entra acá. Pero después vamos a hablar bien. ―Me da un beso en
la frente. Encara hacia la puerta y me mira antes de abrir―. Apenas llegue a
Buenos Aires te llamo. Cuidate, amor.
Después de la siesta,
vienen vecinos a tocarnos el timbre. Pasa mucho eso. La gente viene, sí. Como
el jubilado de la esquina, que es de andar preguntándole a la abuela cuándo se
va a sacar la quiniela y salir de pobre. Se vienen con velas, fotos, sobres y
collares y cosas así. ¿Para qué se los traerán, digo yo? Es como cuando se le
lleva al cura estampitas o cruces para que los bendiga. La abuela los recibe y
los invita a pasar de a uno a la pieza. Afuera, en un banco pegado a la pared,
esperan los que todavía no fueron atendidos.
Siempre deja la puerta
cerrada, así que hoy tampoco puedo espiar las conversaciones. Y encima hablan
en voz baja, y les escucho los pasos: dan vueltas en la pieza, y me distraen:
no puedo ponerme con la tarea de Artística. ¿Qué harán?
Entran y salen, hasta que
es la abuela la que sale de la pieza. Parece que ya terminó, porque no queda
más gente esperándola. Yo no me animo a preguntarle, mejor sigo con lo de
Artística.
Veo que la abuela sonríe,
pero no me sonríe a mí. Y ahora agarra un tetra de Uvita, y se manda un buen
vaso.
―Cómo te fue, abu. ¿Todo
bien? ―Capaz que si le digo así, va y me cuenta qué hace.
Pero la abuela no me dice
nada. Hace que sí con la cabeza, agarra el control y prende la tele. Pasa mucho
eso de que se aburre de ver noticias feas del canal Crónica, y entonces cambia
de canal. Ahora se va a la cocina y vuelve trayendo un encendedor, un sahumerio
y un cigarrillo. Gira la ruedita dentada con el pulgar, y sobre la flama roza
el cigarrillo y el sahumerio: el olor a vainilla compite con el del cigarrillo,
y al final gana.
―¿Te tiro las cartas,
nena? ―La abuela deja el cigarrillo en el cenicero y agarra los naipes.
La pregunta me hace
acordar de la primera vez que ella me ofreció tirarme las cartas.
Yo me moría de la
angustia por un examen oral de Historia, y ella mostrándome el mazo me había
dicho con firmeza:
―¿Sabés por qué las
cartas son importantes, Helenita? Porque nos avisan de cualquier
peligro. Y por lo tanto nos protegen.
―Ehhh… No creo que mamá
quiera ―dije, mirando las cartas y escondiendo las manos debajo del mantel.
―No te preocupes. ―La
abuela se puso a mezclar el mazo―. Si hay lío, yo hablo con ella.
Y me tiró las cartas.
Nada raro me salió, me dijo que me iba a ir muy bien en el colegio. Y acertó:
esa semana me saqué un 9 en Historia.
Eso fue la primera vez. Y
fue como un juego.
La segunda vez, fui yo la
que le pidió a la abuela que me leyera las cartas.
Me había peleado con
Juana, una piba del grado. Discutimos por las tareas que le tocaba a cada una
en el grupo del trabajo práctico de Geografía.
―¿Me tirás las cartas,
abue?
Sin levantarse de su
silla del porche, giró su cara hacia mí. Me sonrió perspicaz, y yo adiviné lo
que estaba pensando: Así que ahora no tenés problemas con que te tire las
cartas, eh.
―¿Qué necesitás saber?
―Tengo problemas con una
compañera del grado.
Y le conté de Juana.
Y la abue se puso a
mezclar.
A la semana, la loca de
Juana me pidió disculpas. Qué increíble: Juana no era de las que se
disculpaban. Igual lo importante fue que aprobamos lo más bien exponiendo el
trabajo frente a toda la clase, tal como nos lo habían avisado las
cartas.
―¿Helena? Helena. ―La
abuela agarra el cigarrillo del cenicero y se lo lleva a la boca, y con el
control remoto baja el volumen de la tele―. ¿Estás acá o en otro mundo? ―Exhala
un humo gris, forma un círculo en el aire que me hace volver del todo al
presente y toser.
―Sí, Abue, me gustaría.
Pero…
―Pero qué.
―Me parece que todavía no
hablaste con mamá.
―Tu mamá ―dice, mezclando
los naipes―, ya sabe lo que pienso yo, y la verdad no entiendo por qué hace
tanto espamento.
―Ella cree que esto está
mal.
―Mirá, yo que vos... ―Y
ahí me hace el gesto de coserse la boca y mira las cartas―. ¿Y cuáles son tus
preguntas hoy?
Y así se me pasa la
tarde, preguntando cuántas amigas voy a tener este año, si voy a pasar de
grado, si me voy a casar algún día. A todo eso la abuela responde dándome
nombres de amigas nuevas, de maestros nuevos y de posibles novios. Y yo me
pongo contenta.
Ya es bien de noche, y
estoy por quedarme dormida. Pero oigo un silbido que empieza bajito y después
me aturde, tan fuerte que tengo que sentarme. Alguien debe de estar silbando.
Salgo de la cama y voy descalza hasta la ventana que da al jardín. Corro la
hoja, y entra un vientito frío que me pone de punta los pelitos del brazo. No,
no hay nadie caminando y silbando por la calle.
Cierro la ventana y
prendo el velador. Como es un velador de cuando era nenita, no alumbra ni un
poco. Me agacho a mirar bajo la cama. ¿Se habrá metido en la pieza algún
grillo? No, no hay ningún grillo. Tampoco una chicharra o cosa parecida. Igual,
ni los grillos ni las chicharras silban así. Así, ni de ninguna otra manera.
Estoy tan preocupada que ni me pongo las pantuflas.
―¡Abue!
El zumbido aumenta más y
más, pero igual oigo los pasos apurados. Y la puerta de mi pieza. Y en medio de
las sombras del velador veo que entra una figura borrosa, un bulto redondo.
―Qué pasó.
Respiro: es la voz de la
abue.
―¿Vos escuchás ese
zumbido, abue?
―Cuál zumbido. Yo no
escucho nada.
―¿En serio que no oís
nada, vos? No me asustes.
―Tranquila. Debés de
tener algo de cera en las orejitas. ―Pongo de lado la cabeza, meto el dedo en
la oreja, y ni así me suelta el zumbido―. Debe de ser la cera. —Siento que la
abue se acerca más―. A ver. ¿Tenés tapado el oído?
―Más que tapado, lo
siento como si tuviera agujeritos que dejan pasar el zumbido ese.
―Voy a traer un remedio ―dice,
y está por salir del cuarto cuando le aviso que en el cajón de la mesa de luz
hay un botiquín.
―Mamá lo guarda por
cualquier emergencia. A lo mejor hay gotitas para el oído.
―Qué gotitas ni qué ocho
cuartos, tu mamá no sabe de esto. Qué va a saber. Yo tengo el mejor remedio
para vos.
La abuela no me deja ni
contestarle: sale de mi cuarto, siempre envuelta por la oscuridad.
Veo las manchas de
humedad en la esquina que forman el techo y la pared. Me dan cosa. Medio de
reojo las veo: caminan y se chocan como cucarachas asustadas. Se me ocurre que
crecen con el zumbido. Pero cuando las miro fijo se quedan quietas. En la
esquina del techo las cucarachas se van juntando. Forman una sombra que crece
cada vez más con el zumbido. Arruinan todo el techo.
Me tapo hasta la nariz
con la colcha y cierro fuerte los ojos. Porque…
Porque me pareció que
algo se movía adentro de la mancha. Algo que como quiere salir.
Oigo a la abuela volver.
La veo, trae un ramito misterioso y un frasco. Cuando vuelvo a mirar a la
esquina están las manchas de siempre.
―Esto te va a poner
mejor, nena. Ponete de costado.
Lo hago, y la abuela dice
algo varias veces pasándome en círculos el ramito mojado alrededor de la oreja
y de la almohada.
―Listo ―dice―. La ruda es
muy buena para esto. El zumbido te va a ir pasando de a poco. Tratá de no
moverte.
―Bueno, abue ―digo,
sintiéndome igual de sorda de un lado. La abuela me tapa con la colcha. Oigo
sus pasos yéndose y el chirrido de la puerta cuando sale.
No sé cuánto tiempo pasó,
pero el zumbido no se me va. Doy vueltas entre las sábanas, y al final quedo
boca arriba: el pitido sigue, va aumentando hasta latirme en la cabeza. Me
acerco a la mesita de luz y abro el cajón. Busco rápido en el botiquín las gotitas
de mamá, y están ahí. Qué suerte, pienso, acordándome de mamá. Cómo la extraño,
por qué será que todavía no me llamó.
Me las echo con cuidado
en la oreja, y se resbalan frías por la piel. Me vienen escalofríos, pero por
lo menos el silbido baja de volumen. Apago la lámpara y cierro el
cajón. Respiro hondo, aguanto, y vuelvo a respirar hondo, así como mamá me
enseñó una vez.
A punto de quedarme
dormida, veo una sombra rara.
¿La abu?
No, la abu no volvió a
entrar en mi pieza.
A lo mejor es una pila de
ropa que dejé en la piecera de la cama y olvidé guardar. Pero no. Aunque trate
de convencerme, lo que estoy viendo es la figura borrosa de un chico ―¡o un
enano, por diosito que no!― sentado sobre la colcha.
El velador está apagado,
pero no me animo a prenderlo. Al chico lo veo porque le sale del cuerpo como un
brillo, igual que cuando una abre de noche la heladera. Me tiembla la mano al
tratar de hacerme la señal de la cruz. Me tiembla por el miedo, pero
también me tiembla por el frío. Y el brillo me hace ver que el aliento me sale
como vapor, y la nariz la tengo congelada. El chico me mira, y el brillo se
hace más fuerte. Viste como un croto, y se me hace que apesta de
inmundo. Las crenchas le flotan como separadas de la cabeza, y con esos
trapos que tiene por ropa pasa lo mismo: como si el chico estuviera sumergido
en agua. Trato de rezar, pero no me sale. El zumbido me vuelve en la sien, y
los dientes se me chocan solos entre ellos. Y ahora el chico mira fijo la
puerta de la pieza, y yo tengo miedo de ver qué puede entrar por ahí.
―¡Aaahhh! ―grito,
sentándome y agarrándome la cabeza.
La abuela viene, abre la
puerta y prende la lámpara…
…y nada. Ya no hay nada
de nada.
―Y ahora qué te pasa a
vos. Por qué gritaste así.
―Un fantasma, abu. Había
un chico ahí sentado.
―Ay, Helena, Helena. ―Se
pellizca el entrecejo―. ¿Sabes qué?
―¿Qué, abu?
―Que no te voy a tirar
más las cartas. Al final tu mamá tiene razón, empezás a inventar cosas.
―Pero, abue, si yo lo vi.
―Señalo el borde de la cama―. ¡Estaba ahí sentado!
―Bah, Helena, acá estamos
solamente vos y yo. ―Y está por agarrar el botón de la lámpara, cuando yo le
pido:
―No la apagués, abue,
dejala prendida. Y no cerrés la puerta. Si me asusto de nuevo, ¿puedo ir a
dormirme con vos?
―Dale, Helena, dormite ―me
mira como si yo fuera una cuca y estuviera a punto de darme un ojotazo―. Y más
vale ―dice levantando el dedo― que no le cuentes a tu madre que estuviste
despierta a esta hora, porque quién la aguanta después. ―La abuela se va y
cierra la puerta, pero enseguida vuelve y la deja a medio abrir. Se ve que lo
pensó mejor.
Yo no dejo a medio abrir
los ojos. Yo los cierro con toda la fuerza que puedo. Y respiro hondo otra vez.
Suena el teléfono en el
living, y es raro que la abuela no vaya a contestar. ¿Voy yo? Voy yo. Y mejor
que fui yo porque es mamá. Mamá, diciéndome que la reunión terminó, que viene
de sorpresa. Yo le explico que si me avisás que venís de sorpresa no es una
sorpresa, pero ella se ríe y me dice ricurita cómo te extraño y me pregunta
cómo estoy, y la voz le suena como una melodía. La melodía sale del teléfono en
forma de seda, y se arrastra por la cocina y por el patio. Al rozar el césped,
la tela se convierte en una de esas notas de música que aprendemos con la de
Música, que nos tiene con eso de la semicorchea de acá y la corchea de allá. Y
la semicorchea ―ponele que fuese una fusa o una blanca o qué sé yo― pasta en el
campo como una ternerita. Más tarde salta un corral. Otra semicorchea viene
atrás de esa, y salta también. Cuando la miro mejor, ya no es una nota: es una
cabra. Y así cuento todas las cabras saltarinas: una, dos, cinco. Hasta que una
cabra negra y grandota y de ojos amarillos se me viene, y ahí me despierto.
De nuevo oigo el pitido
aquel. No quiero abrir los ojos para no ver a esa cabra, pero los párpados se
me oscurecen más de la cuenta: el foco de la lámpara titila. Hago un esfuerzo
por no mirar. El foquito de la lámpara se va apagando.
El pitido lejano va
tomando fuerza, y ya no aguanto más y abro los ojos. Y veo, otra vez, a ese
chico sentado en mi cama, mirándome fijo.
―¡Abuela! ―Al saltar me
enredo los pies con la colcha y me golpeo la rodilla contra el suelo. Voy
gateando hasta la puerta y agarro la manija, pero está trabada, y la sacudo y
no abre―. ¡Abuela, dónde estás ―golpeo y golpeo―, abrimeee! ¡Abueee! ―Tiemblo y
sacudo el picaporte con todas mis fuerzas―. El chico ese está acááá.
Respiro y no me
alcanza el pecho. Ese loco se me viene y me mira con los ojos muertos y
saltones. No mueve los labios, pero igual lo oigo susurrar:
―Vine a responderte ―dice―,
así que haceme todas las preguntas que quieras. ―No le contesto, seguro que si
hablo es peor―. El portal está abierto ―estira los brazos―, y ahora, tengo
todas las respuestas. ―Los dedos se le van afilando en garras que ya me rozan
los hombros.
―¡Abuela! ―digo, y ya lo
tengo bien cerca, nariz con nariz. Y los ojos vacíos del chico se van como
iluminando, como abriéndose a un espejo negro, una especie de pantalla borrosa.
Y en esa pantalla puedo ver un colectivo volcado en la ruta, trozos de vidrios,
una ambulancia, gente de blanco.
Una corona grande, hecha
de flores. Y una tumba puedo ver.
Y también veo un montón
de vecinos que conozco, y veo parientes nuestros. Todos lloran y nos dicen
palabras tristes y dulces a la abue y a mí, que estamos frente a una placa de
metal y una cruz.
Y también, ya en casa,
veo a la abuela leyéndome las cartas en la mesa mientras el sol sube en
amaneceres y baja en atardeceres. A medida que la abuela reparte el mazo, yo
voy creciendo y quedándome más hermosa. Hasta tengo un anillo en el dedo. Y la
abuela sigue leyéndome las cartas, cada vez más arrugada, más flaca y más
pálida, hasta que las carnes de la cara se le caen. Del mazo sale un brillo
azul, y de la luz también salen manos desesperadas que la agarran y la tironean
para llevársela a vaya a saber dónde. Yo me lanzo sobre la mesa para salvarla,
pero las manos son más fuertes y se la llevan nomás. El mazo se la traga, y
queda frente a mí. Bien apiladito queda. Y ahora sólo somos el mazo y yo. Y,
cuando me doy cuenta, ya no tengo más el anillo, y mis manos y mis brazos están
viejos. Soy yo quien se queda mirando el mazo durante horas, soy yo
quien intenta hablar con mamá y la abuela, soy yo quién les lee las cartas a
los vecinos.

