jueves, 12 de marzo de 2026

Todas las respuestas

 




―No me desampares —repito, sentada con mamá a la fría mesa del comedor—, ni de noche ni de día hasta que… Hasta que… ―No me acuerdo de cómo sigue, pero no voy a reconocerlo delante de mamá―. Hasta que...

―Hasta que qué, Helenita ―insiste ella, haciendo el gesto de que siga―. Hasta que desss... ―Alza las cejas, como alentándome a que me salgan las palabras.

―Hasta que descanse en… Hasta que descanse en… ¿En dónde, mamá, tengo que descansar?

―Qué te pasa, mi amor. ―Harta, mamá bufa y se levanta de la mesa―. ¿No pensás rezar mientras yo no esté? ―Mete el celu en la cartera y cierra la valija con rueditas. Alza el mango de aluminio, y encara hacia la puerta―. Todo el finde largo.

Se prepara para viajar a ese encuentro anual de enfermería en la capital. Tiene que dar una conferencia o algo así de no sé qué. Ahora no me sale el nombre.

 ―Es la abuela Dominga ―dice en voz muy baja. Igual no debería preocuparse: oigo que la abuela ronca desde su cuarto, no nos oye―. Estás bastante influida por la abuela, parece.  

―No, ma. Pasa que no practiqué.

Y pienso: Pobre abu Dominga, que siempre la liga. Menos mal que mamá vuelve recién el lunes.

―Rezá mucho, Helenita ―me pide mamá, que está a punto de salir.

En estos días anda pidiéndome que rece mucho, y yo sé por qué: no le gusta que la abuela me tire las cartas cuando nos quedamos las dos solas. A veces pienso que mamá nunca aprendió a jugar, capaz la abuela no le enseñó a divertirse cuando era chiquita. Porque todo lo hace como si fuera tarea de la escuela.

―Eso que juegan con mamá no está bien ―dice, ya con la mano en el picaporte, y a mí se me escapa una risa. Últimamente se me escapan muchas risas. Se me escapan muchas risas en los peores momentos. Y no sé por qué―. No es gracioso ―dice mamá, y vuelve hacia mí y me mira cara a cara―. Cuando vuelva del encuentro voy a hablar de nuevo con tu abuela, a ver si esta vez me entiende. ―No parece muy convencida. Y además yo sé que no es cierto eso de que va a hablar con la abuela. Y lo sé porque me parece que mamá… Bueno, es como si le tuviera un poco de miedo a la abuela. Yo me doy cuenta.

―La abuela es buena, mamá ―digo―. Qué tiene jugar con ella, si nunca pasa nada.

―¿Ah no? ―Mamá se enoja cada vez más, y le hago señas de que baje la voz: la abuela ya no ronca, o por lo menos yo no la oigo―. Antes te sabías enterita la oración al Ángel de la Guarda, y mirate ahora. Y encima se nos llena la casa de locos, que andá a saber un día quién nos entra acá. Pero después vamos a hablar bien. ―Me da un beso en la frente. Encara hacia la puerta y me mira antes de abrir―. Apenas llegue a Buenos Aires te llamo. Cuidate, amor.

 

Después de la siesta, vienen vecinos a tocarnos el timbre. Pasa mucho eso. La gente viene, sí. Como el jubilado de la esquina, que es de andar preguntándole a la abuela cuándo se va a sacar la quiniela y salir de pobre. Se vienen con velas, fotos, sobres y collares y cosas así. ¿Para qué se los traerán, digo yo? Es como cuando se le lleva al cura estampitas o cruces para que los bendiga. La abuela los recibe y los invita a pasar de a uno a la pieza. Afuera, en un banco pegado a la pared, esperan los que todavía no fueron atendidos.

Siempre deja la puerta cerrada, así que hoy tampoco puedo espiar las conversaciones. Y encima hablan en voz baja, y les escucho los pasos: dan vueltas en la pieza, y me distraen: no puedo ponerme con la tarea de Artística. ¿Qué harán?

Entran y salen, hasta que es la abuela la que sale de la pieza. Parece que ya terminó, porque no queda más gente esperándola. Yo no me animo a preguntarle, mejor sigo con lo de Artística.

Veo que la abuela sonríe, pero no me sonríe a mí. Y ahora agarra un tetra de Uvita, y se manda un buen vaso.

―Cómo te fue, abu. ¿Todo bien? ―Capaz que si le digo así, va y me cuenta qué hace.

Pero la abuela no me dice nada. Hace que sí con la cabeza, agarra el control y prende la tele. Pasa mucho eso de que se aburre de ver noticias feas del canal Crónica, y entonces cambia de canal. Ahora se va a la cocina y vuelve trayendo un encendedor, un sahumerio y un cigarrillo. Gira la ruedita dentada con el pulgar, y sobre la flama roza el cigarrillo y el sahumerio: el olor a vainilla compite con el del cigarrillo, y al final gana.

―¿Te tiro las cartas, nena? ―La abuela deja el cigarrillo en el cenicero y agarra los naipes.

La pregunta me hace acordar de la primera vez que ella me ofreció tirarme las cartas.

 

Yo me moría de la angustia por un examen oral de Historia, y ella mostrándome el mazo me había dicho con firmeza:

―¿Sabés por qué las cartas son importantes, Helenita? Porque nos avisan de cualquier peligro. Y por lo tanto nos protegen.

―Ehhh… No creo que mamá quiera ―dije, mirando las cartas y escondiendo las manos debajo del mantel.

―No te preocupes. ―La abuela se puso a mezclar el mazo―. Si hay lío, yo hablo con ella.

Y me tiró las cartas. Nada raro me salió, me dijo que me iba a ir muy bien en el colegio. Y acertó: esa semana me saqué un 9 en Historia.

Eso fue la primera vez. Y fue como un juego.

La segunda vez, fui yo la que le pidió a la abuela que me leyera las cartas.

Me había peleado con Juana, una piba del grado. Discutimos por las tareas que le tocaba a cada una en el grupo del trabajo práctico de Geografía.

―¿Me tirás las cartas, abue?

Sin levantarse de su silla del porche, giró su cara hacia mí. Me sonrió perspicaz, y yo adiviné lo que estaba pensando: Así que ahora no tenés problemas con que te tire las cartas, eh.

―¿Qué necesitás saber?

―Tengo problemas con una compañera del grado.

Y le conté de Juana.

Y la abue se puso a mezclar.

A la semana, la loca de Juana me pidió disculpas. Qué increíble: Juana no era de las que se disculpaban. Igual lo importante fue que aprobamos lo más bien exponiendo el trabajo frente a toda la clase, tal como nos lo habían avisado las cartas. 

 

―¿Helena? Helena. ―La abuela agarra el cigarrillo del cenicero y se lo lleva a la boca, y con el control remoto baja el volumen de la tele―. ¿Estás acá o en otro mundo? ―Exhala un humo gris, forma un círculo en el aire que me hace volver del todo al presente y toser.

―Sí, Abue, me gustaría. Pero…

―Pero qué.

―Me parece que todavía no hablaste con mamá.

―Tu mamá ―dice, mezclando los naipes―, ya sabe lo que pienso yo, y la verdad no entiendo por qué hace tanto espamento.

―Ella cree que esto está mal.

―Mirá, yo que vos... ―Y ahí me hace el gesto de coserse la boca y mira las cartas―. ¿Y cuáles son tus preguntas hoy?

Y así se me pasa la tarde, preguntando cuántas amigas voy a tener este año, si voy a pasar de grado, si me voy a casar algún día. A todo eso la abuela responde dándome nombres de amigas nuevas, de maestros nuevos y de posibles novios. Y yo me pongo contenta.

Ya es bien de noche, y estoy por quedarme dormida. Pero oigo un silbido que empieza bajito y después me aturde, tan fuerte que tengo que sentarme. Alguien debe de estar silbando. Salgo de la cama y voy descalza hasta la ventana que da al jardín. Corro la hoja, y entra un vientito frío que me pone de punta los pelitos del brazo. No, no hay nadie caminando y silbando por la calle.

Cierro la ventana y prendo el velador. Como es un velador de cuando era nenita, no alumbra ni un poco. Me agacho a mirar bajo la cama. ¿Se habrá metido en la pieza algún grillo? No, no hay ningún grillo. Tampoco una chicharra o cosa parecida. Igual, ni los grillos ni las chicharras silban así. Así, ni de ninguna otra manera. Estoy tan preocupada que ni me pongo las pantuflas.

―¡Abue!

El zumbido aumenta más y más, pero igual oigo los pasos apurados. Y la puerta de mi pieza. Y en medio de las sombras del velador veo que entra una figura borrosa, un bulto redondo.

―Qué pasó.

Respiro: es la voz de la abue.

―¿Vos escuchás ese zumbido, abue?

―Cuál zumbido. Yo no escucho nada.

―¿En serio que no oís nada, vos? No me asustes.

―Tranquila. Debés de tener algo de cera en las orejitas. ―Pongo de lado la cabeza, meto el dedo en la oreja, y ni así me suelta el zumbido―. Debe de ser la cera. —Siento que la abue se acerca más―. A ver. ¿Tenés tapado el oído?

―Más que tapado, lo siento como si tuviera agujeritos que dejan pasar el zumbido ese.

―Voy a traer un remedio ―dice, y está por salir del cuarto cuando le aviso que en el cajón de la mesa de luz hay un botiquín.

―Mamá lo guarda por cualquier emergencia. A lo mejor hay gotitas para el oído.

―Qué gotitas ni qué ocho cuartos, tu mamá no sabe de esto. Qué va a saber. Yo tengo el mejor remedio para vos.

La abuela no me deja ni contestarle: sale de mi cuarto, siempre envuelta por la oscuridad.

Veo las manchas de humedad en la esquina que forman el techo y la pared. Me dan cosa. Medio de reojo las veo: caminan y se chocan como cucarachas asustadas. Se me ocurre que crecen con el zumbido. Pero cuando las miro fijo se quedan quietas. En la esquina del techo las cucarachas se van juntando. Forman una sombra que crece cada vez más con el zumbido. Arruinan todo el techo.

Me tapo hasta la nariz con la colcha y cierro fuerte los ojos. Porque…

Porque me pareció que algo se movía adentro de la mancha. Algo que como quiere salir.

Oigo a la abuela volver. La veo, trae un ramito misterioso y un frasco. Cuando vuelvo a mirar a la esquina están las manchas de siempre.

―Esto te va a poner mejor, nena. Ponete de costado.

Lo hago, y la abuela dice algo varias veces pasándome en círculos el ramito mojado alrededor de la oreja y de la almohada.  

―Listo ―dice―. La ruda es muy buena para esto. El zumbido te va a ir pasando de a poco. Tratá de no moverte.

―Bueno, abue ―digo, sintiéndome igual de sorda de un lado. La abuela me tapa con la colcha. Oigo sus pasos yéndose y el chirrido de la puerta cuando sale.

 

No sé cuánto tiempo pasó, pero el zumbido no se me va. Doy vueltas entre las sábanas, y al final quedo boca arriba: el pitido sigue, va aumentando hasta latirme en la cabeza. Me acerco a la mesita de luz y abro el cajón. Busco rápido en el botiquín las gotitas de mamá, y están ahí. Qué suerte, pienso, acordándome de mamá. Cómo la extraño, por qué será que todavía no me llamó.

Me las echo con cuidado en la oreja, y se resbalan frías por la piel. Me vienen escalofríos, pero por lo menos el silbido baja de volumen. Apago la lámpara y cierro el cajón. Respiro hondo, aguanto, y vuelvo a respirar hondo, así como mamá me enseñó una vez.

A punto de quedarme dormida, veo una sombra rara.

¿La abu?

No, la abu no volvió a entrar en mi pieza.

A lo mejor es una pila de ropa que dejé en la piecera de la cama y olvidé guardar. Pero no. Aunque trate de convencerme, lo que estoy viendo es la figura borrosa de un chico ―¡o un enano, por diosito que no!― sentado sobre la colcha.

El velador está apagado, pero no me animo a prenderlo. Al chico lo veo porque le sale del cuerpo como un brillo, igual que cuando una abre de noche la heladera. Me tiembla la mano al tratar de hacerme la señal de la cruz. Me tiembla por el miedo, pero también me tiembla por el frío. Y el brillo me hace ver que el aliento me sale como vapor, y la nariz la tengo congelada. El chico me mira, y el brillo se hace más fuerte. Viste como un croto, y se me hace que apesta de inmundo. Las crenchas le flotan como separadas de la cabeza, y con esos trapos que tiene por ropa pasa lo mismo: como si el chico estuviera sumergido en agua. Trato de rezar, pero no me sale. El zumbido me vuelve en la sien, y los dientes se me chocan solos entre ellos. Y ahora el chico mira fijo la puerta de la pieza, y yo tengo miedo de ver qué puede entrar por ahí.

―¡Aaahhh! ―grito, sentándome y agarrándome la cabeza.

La abuela viene, abre la puerta y prende la lámpara…

…y nada. Ya no hay nada de nada.

―Y ahora qué te pasa a vos. Por qué gritaste así.  

―Un fantasma, abu. Había un chico ahí sentado. 

―Ay, Helena, Helena. ―Se pellizca el entrecejo―. ¿Sabes qué?

―¿Qué, abu?

―Que no te voy a tirar más las cartas. Al final tu mamá tiene razón, empezás a inventar cosas. 

―Pero, abue, si yo lo vi. ―Señalo el borde de la cama―. ¡Estaba ahí sentado! 

―Bah, Helena, acá estamos solamente vos y yo. ―Y está por agarrar el botón de la lámpara, cuando yo le pido:

―No la apagués, abue, dejala prendida. Y no cerrés la puerta. Si me asusto de nuevo, ¿puedo ir a dormirme con vos?

―Dale, Helena, dormite ―me mira como si yo fuera una cuca y estuviera a punto de darme un ojotazo―. Y más vale ―dice levantando el dedo― que no le cuentes a tu madre que estuviste despierta a esta hora, porque quién la aguanta después. ―La abuela se va y cierra la puerta, pero enseguida vuelve y la deja a medio abrir. Se ve que lo pensó mejor.

Yo no dejo a medio abrir los ojos. Yo los cierro con toda la fuerza que puedo. Y respiro hondo otra vez.

Suena el teléfono en el living, y es raro que la abuela no vaya a contestar. ¿Voy yo? Voy yo. Y mejor que fui yo porque es mamá. Mamá, diciéndome que la reunión terminó, que viene de sorpresa. Yo le explico que si me avisás que venís de sorpresa no es una sorpresa, pero ella se ríe y me dice ricurita cómo te extraño y me pregunta cómo estoy, y la voz le suena como una melodía. La melodía sale del teléfono en forma de seda, y se arrastra por la cocina y por el patio. Al rozar el césped, la tela se convierte en una de esas notas de música que aprendemos con la de Música, que nos tiene con eso de la semicorchea de acá y la corchea de allá. Y la semicorchea ―ponele que fuese una fusa o una blanca o qué sé yo― pasta en el campo como una ternerita. Más tarde salta un corral. Otra semicorchea viene atrás de esa, y salta también. Cuando la miro mejor, ya no es una nota: es una cabra. Y así cuento todas las cabras saltarinas: una, dos, cinco. Hasta que una cabra negra y grandota y de ojos amarillos se me viene, y ahí me despierto.

De nuevo oigo el pitido aquel. No quiero abrir los ojos para no ver a esa cabra, pero los párpados se me oscurecen más de la cuenta: el foco de la lámpara titila. Hago un esfuerzo por no mirar. El foquito de la lámpara se va apagando.

 El pitido lejano va tomando fuerza, y ya no aguanto más y abro los ojos. Y veo, otra vez, a ese chico sentado en mi cama, mirándome fijo.

―¡Abuela! ―Al saltar me enredo los pies con la colcha y me golpeo la rodilla contra el suelo. Voy gateando hasta la puerta y agarro la manija, pero está trabada, y la sacudo y no abre―. ¡Abuela, dónde estás ―golpeo y golpeo―, abrimeee! ¡Abueee! ―Tiemblo y sacudo el picaporte con todas mis fuerzas―. El chico ese está acááá.

Respiro y no me alcanza el pecho. Ese loco se me viene y me mira con los ojos muertos y saltones. No mueve los labios, pero igual lo oigo susurrar: 

―Vine a responderte ―dice―, así que haceme todas las preguntas que quieras. ―No le contesto, seguro que si hablo es peor―. El portal está abierto ―estira los brazos―, y ahora, tengo todas las respuestas. ―Los dedos se le van afilando en garras que ya me rozan los hombros.

―¡Abuela! ―digo, y ya lo tengo bien cerca, nariz con nariz. Y los ojos vacíos del chico se van como iluminando, como abriéndose a un espejo negro, una especie de pantalla borrosa. Y en esa pantalla puedo ver un colectivo volcado en la ruta, trozos de vidrios, una ambulancia, gente de blanco.

Una corona grande, hecha de flores. Y una tumba puedo ver.

Y también veo un montón de vecinos que conozco, y veo parientes nuestros. Todos lloran y nos dicen palabras tristes y dulces a la abue y a mí, que estamos frente a una placa de metal y una cruz.

Y también, ya en casa, veo a la abuela leyéndome las cartas en la mesa mientras el sol sube en amaneceres y baja en atardeceres. A medida que la abuela reparte el mazo, yo voy creciendo y quedándome más hermosa. Hasta tengo un anillo en el dedo. Y la abuela sigue leyéndome las cartas, cada vez más arrugada, más flaca y más pálida, hasta que las carnes de la cara se le caen. Del mazo sale un brillo azul, y de la luz también salen manos desesperadas que la agarran y la tironean para llevársela a vaya a saber dónde. Yo me lanzo sobre la mesa para salvarla, pero las manos son más fuertes y se la llevan nomás. El mazo se la traga, y queda frente a mí. Bien apiladito queda. Y ahora sólo somos el mazo y yo. Y, cuando me doy cuenta, ya no tengo más el anillo, y mis manos y mis brazos están viejos. Soy yo quien se queda mirando el mazo durante horas, soy yo quien intenta hablar con mamá y la abuela, soy yo quién les lee las cartas a los vecinos.

sábado, 14 de octubre de 2023

El deseo de Nacho

 


Era la noche del Miércoles Santo, y Nacho, encerrado en su pieza y mareado y aburrido con los números de la maldita tarea de matemáticas, siguió dibujando la cara de su mamá, aprovechando que el viejo había salido. La recordaba como una mujer muy buena y amorosa ―al menos, eso le decían―, pero el único problema era que debía dibujarla de memoria.

Consiguió ponerle un poco más de luz a los ojos, y se quedó mirando el dibujo, la pera apoyada en el brazo.

―Así estás viva ―dijo, pensando en voz alta―. Yo sé que así te hago viva, porque la de Formación Ética nos enseñó que es muy lindo eso de “honrar y recordar a los muertos”. Y lo mismo dijeron en la parroquia el otro día. Y acá en casa no hay cuadros o adornos tuyos, salvo el álbum.

El álbum. El álbum era lo único que revivía esa sonrisa. La sonrisa luminosa que lo ayudaba a tratar de dormirse en esas noches raras en que se quedaba despierto pensando cualquiera. Y sin decidirse a rezar por el alma de su mamá. Porque su mamá había sido tan buena que seguro ni había pisado el Purgatorio.

De nuevo se cortó la luz, y Nacho dejó los lápices sobre el escritorio y se levantó de esa silla medio desencolada.

¿Dónde habría dejado aquel el encendedor? Seguro que al lado del matavida, como él llamaba al paquete de Camel del viejo.

El viejo. Tenía que encontrar el celu, y llamarlo para avisarle del corte.

Tanteó el marco de la puerta y las paredes, saliendo del dormitorio, y caminó hasta la cocina: la luz de la luna, que entraba por las ventanas, echaba luces y sombras que le ponían los pelos de punta; menos mal que encontró enseguida el encendedor entre la bacha y el matavida.

Encaró hacia el balcón, y al abrir la puerta ventana se dio cuenta de que todo el barrio estaba sin luz. Contempló cautivado la nitidez de las estrellas y los cráteres de aquella inmensa luna. Y lo trajo de nuevo a la realidad el chistido de don Roberto.

―¡Estamos sin luz, Nachito! ―le dijo el vecino, desde el balcón de enfrente―. ¿Todo bien? ¿Cómo va la escuela?

―Hola, don Róber, todo bien. Mire el encendedor que me encontré en la mesada de la cocina. ―Al girar el pedernal, brotó una llama, y Nacho se preguntó si aquel viejo no pensaría de él que era un chico bastante estúpido. Aparte, mentiroso: él no se lo había encontrado al encendedor, en realidad acababa de choreárselo.

―Bueno, y Pablo todavía no llegó.

―No, papá todavía está trabajando. Estoy solo.

El viejo entrecerró la mirada, como si estuviera midiéndolo.

―Che, nene ―dijo―. ¿El sábado no es tu cumple?

―Sí, don Róber, este año cae justo en Sábado de Gloria. ¿Por qué lo dice?

―Y no se te ocurre invitarme a vos. Está pronosticado tormenta, justo para ese día. El día de tu cumpleaños. Vos sí que sos llorón, eh.

Nacho recordó aquello de que, si llueve en el cumpleaños de uno, ese uno es un marica. Mejor no invito a nadie y listo, pensó. Pero dijo lo primero que se le vino a la mente:

―Si vuelve la luz, capaz. Si no, cómo lo voy a ver para invitarlo.

Oyó la voz seca de don Roberto perderse en un eco entre los edificios que los separaban:

―Bueno, nene. Cualquier cosa, vos pegá un chiflido. Voy a andar acá en el balcón, que está lindo el fresco.

Nacho pegó la vuelta, y fue alumbrando su camino con el encendedor. Pero no se dio cuenta del sillón de pana de la sala, y al llevárselo puesto se lastimó el dedo meñique del pie.

―¡Ay! ―El choque le entumeció el dedo, y debió renguear para volver a la mesada.

Se quedó parado, acechado por el silencio y las sombras geométricas de las sillas, la mesa y el florero. Y dijo, en voz baja:

―Lo bueno del corte ―hablaba así porque, entre las sombras, su voz normal lo hubiera atemorizado― es no poder hacer los deberes.

El hormigueo del meñique ya remitía, y él aprovechó para insistir con la búsqueda de las velas. Sacó de abajo de la mesa un banquito de madera con su nombre tallado; lo guardaba para encontrar cosas que no estaban a su altura. Como las velas de papá, que debían de estar encima de la heladera. Puso el banquito enfrente, y tanteó el tucán de madera que siempre lo espiaba con los ojos bizcos, unos manteles mal doblados, un portavela metálico. Y, como los brazos ya le ardían por el esfuerzo, se rindió.

Pensó en qué hubiera hecho su mamá. Mamá le habría encontrado las velas, y ya tendría superorganizado su cumpleaños del sábado. Le gustaría poder llamarla a ella, no a papá. Hablar con ella, no con él.

Caminó con cuidado hasta el cuarto del padre, y abrió el cajón del escritorio. Revolvió un montón de papeles, en busca del celular reservado para cualquier emergencia. Quería ―necesitaba hablar con su mamá. Cada vez que la imaginaba abrazándolo, el corazón le pesaba menos y su respiración se calmaba. Imaginaba oler un perfume, sería de manzana o de rosas. Un Miss Dior o un Carolina Herrera, como el de las propagandas de modelos que veía en la tele mientras almorzaban.

Encontró el celular, y se recostó en la cama del viejo. Panza arriba, seleccionó la aplicación de los contactos, aunque enseguida retrocedió al menú y eligió la linterna. La luz alumbró el ropero, eso era lo que quería. Dejó el encendedor sobre la cama, y se dijo que llamaría a Pablo después de ver otra vez esas fotos: las fotos de mamá. Pablo guardaba el álbum de la familia debajo de una prolija pila de ropa. Nacho agarró la pila de remeras y pantalones y la acomodó sobre las sábanas. Apartó una caja con sus cuadernos viejos de la escuela, y debajo, al fin, confundiéndose con el fondo del ropero, encontró el álbum, con su tapa dura y la foto del casamiento ovalada y enmarcada en cobre repujado de palomas y florcitas. Qué joven y hermosa estaba mamá con su corona de rosas blancas.

―Mamá, te extraño ―dijo Nacho, dispuesto a abrir el álbum, por enésima vez y siempre en secreto.

A la luz de la linterna del celu, contempló sus fotos de bebé. Mamá lo sostenía en brazos, y soplaba las velas de una torta.

En las de su cumpleaños número tres, era Pablo quién lo sostenía: mamá ya no estaba. Los abuelos sí. Recordó las veces que les preguntó por mamá: ¿cómo era mamá antes de morir? Y después de responderle lo gentil y valiente que era, le regalaban un videojuego nuevo o le daban plata. Lástima, no había más gente a quién preguntar: los padres de mamá habían fallecido, y mamá era hija única.

En una de las últimas visitas de sus abuelos al departamento ―visitas cada vez más espaciadas―, Nacho no aceptó tan rápido los premios que seguramente le traían. Antes que eso, le tiró algunas indirectas a la abu, a ver si así soltaba la lengua y le confirmaba sus sospechas.

―Una mujer inteligente ―había dicho la abu, mirándolo con algo de intriga―. Estudiaba teatro y le gustaba cantar.

En medio de la penumbra, Nacho oyó el llavero de su padre, y enseguida la cerradura de la puerta. Escondió el álbum, y con la linterna verificó que la caja y la ropa quedaran igual que antes. Cerró el ropero y huyó del cuarto. Pero volvió sobre sus pasos, y de entre las sábanas rescató el encendedor.

―¡¿Todo bien, Nachito?! Venía caminando, y no hay luz en toda la cuadra.

―Sí, pa. ―Él se acercó a la cocina―. Te iba a llamar.

―Me dijeron los vecinos que los de la empresa están arreglando un transformador y van a cortar la luz por cuatro días más a la tarde. ―Pablo dejó el maletín sobre la mesa―. ¿Y vos? ―Lo miró―. ¿Qué estabas haciendo?

―Y… nada ―dijo Nacho, y con disimulo dejó el encendedor donde lo había encontrado: entre la bacha y el matavida.

Alumbró con la linterna del celular la cara del padre, y Pablo debió cubrirse los ojos.

―Bajá eso, Nacho, que compré velas en el chino. ―Abrió el cierre del maletín, sacó una bolsa de nailon y la dejó sobre la mesa. Después se sacó el saco, y con un largo suspiro se aflojó la corbata y fue hacia el baño.

Cada vez que Pablo se sacaba el saco y se aflojaba el nudo de la corbata, Nacho recordaba a Neo, el protagonista de Matrix. Lo más similar a Neo no era el traje de contador de Pablo, sino los pasos rectos, acompasados, como si fueran manejados por un joystick. Y lo peor del parecido: preguntarle a Pablo por mamá significaba arrojar a Neo al vacío desde una terraza.

―¿Pudiste hacer la tarea? ―dijo Pablo, ya desde el baño.

―Ponele ―contestó Nacho, y enseguida recordó lo que vendría: después de ducharse, el viejo iría a su cuarto a controlarle la tarea.

Corrió a ocultarle los dibujos. Guardó los lápices adentro del cajón, revisó su mochila y sacó la carpeta de Matemáticas. Algo debía garabatear, fingir que había trabajado con esas estúpidas cuentas. Pensó en la nueva calculadora profesional de Pablo, y se tentó de abrirle el maletín y robársela. Pero, si Pablo se daba cuenta, se iría dando un portazo, y él ya no podría pedirle que le hablara de mamá. Ya conocía la escena: primero el reproche y después la culpa. Aquella hubiera querido que hicieras la tarea, le diría el padre.

Diez ejercicios de signos y fracciones resueltas en cinco minutos era su nuevo récord. Oyó la puerta de la heladera, y también el grifo de la canilla de la mesada. Pablo se había olvidado de controlarle los deberes, menos mal. Y su voz le llegaba ahora desde la cocina:

―A comer, che.

Cuando Nacho estaba animándose a preguntarle por mamá, Pablo agarró el celu, y no paró de atender llamados del trabajo. La cabeza de Nacho explotaba de los nervios, y no tuvo otra que mandarse a dormir. A tratar de dormir.

 

La alarma del reloj no lo sorprendió: los truenos aislados no lo habían dejado pegar un ojo en toda la noche. Se levantó rápido, debía prepararse para ir al colegio. Abrió la puerta del ropero y sacó una percha con el uniforme medio arrugado: Pablo no lo había planchado muy bien, y él se olvidó de darle una repasada.

―¿Dónde están mis medias azules, pa? ―preguntó abriendo el cajón―. Acá no las veo.

―No tengo idea. Creo que siguen para lavar.

Nacho oyó los pasos apurados de Pablo, el cierre del maletín, el fluir de la canilla de la cocina, el chorro de agua llenando la pava, y el choque de la pava contra la rejilla de la hornalla.

Después de vestirse, Nacho se acercó al comedor, y vio unas nubes negras que se arremolinaban sobre el balcón y proyectaban sobre Pablo una luz grisácea.

Como si tuviéramos poca oscuridad con el corte de luz, se dijo.

Al verlo sentado al viejo entre esa penumbra, cebándose un mate, se dio cuenta de que andaba de buen ánimo.

―Sentate, Nachito. ―Y el viejo acompañó la invitación despeinándole el flequillo, y hasta le llenó un plato con facturas. Y entonces Nacho volvió a meter los pies en el agua, a ver si estaba caliente o fría:

―¿Vos te acordás... de mamá?

El viejo inclinó la cabeza como diciendo que sí, y mordisqueó el borde de una tortita negra.

―¿Y podés contarme algo de mamá, papi? Lo que sea contame. ¿Por qué nunca hablamos de ella?

―Te pido mil disculpas. ―Pablo sorbió lo que le quedaba del mate, y con un papel del rollo se limpió de la boca el azúcar negro―. Pero hoy necesité dormir un poco más. ―Por poco no volcó la yerbera y la azucarera cuando quiso levantarlas de la mesa. Y el resto de la tortita quedó olvidado―. Y veo que ya se me hizo tardísimo. ―Se abrochó los botones del puño de la camisa, y de paso (y sin necesidad) miró la hora en el celu—. Hablamos en otro momento, ¿dale?

Nacho vio a Pablo levantarse de la silla, y guardar su agenda, celular y llaves en el maletín. Lo vio ir hasta la puerta y agarrar la manija, pero antes de salir se dio vuelta y lo miró sonriendo, y después largó una risa más falsa que esa insoportable cara de risa. Jamás podría convencerlo el viejo de que estaba todo bien.

―¿Para qué te vestiste, Nachito? ¡Hoy es feriado, es Jueves Santo! ―Se agarró la cabeza―. Uy, qué boludo.

―¿Por qué, papi?

―Porque me olvidé de los abuelos. Con razón querían venir hoy. ¡Ja, ja, ja!

―Vos te reís, pero a mí no me da ninguna gracia. ¿Qué voy a hacer todo el día? Sin luz no puedo jugar. ―Nacho tuvo una idea―: ¿Me puedo ir a lo de Eze antes de que se largue la tormenta, por lo menos? Ya estoy medio cansado de dibujar.

―¿Quién es Eze?

―Ezequiel, un amigo ―mintió Nacho, quien no tenía a nadie. Pero era mejor salir a la avenida, por lo menos a mirar la lluvia que estaba por venirse―. ¿Puedo?

El viejo no le contestó ni que sí ni que no, y encaró de nuevo para la puerta.

―Capaz que vuelvo antes del mediodía, Nacho. Por el feriado. Estate atento a los abuelos, que vienen alrededor de las diez. ―Lo miró desde arriba―. ¿Seguro que no tenés clase, vos?

Nacho sintió que estaba apretando la mandíbula: odiaba que el viejo no confiara en él.

Pablo cruzó el umbral, y cerró la puerta.

Recién ahí Nacho advirtió el zumbido de unas moscas que rondaban los platos sucios de anoche.

 Agarró el banquito en que la madre le había pintado su nombre con unas letras preciosas ―medio saltadas ya, era una pena―, y se subió a la altura de la bacha. Y a fregar con la esponja.

Por encima del murmullo del agua de la canilla, percibió la llovizna rozando la puerta ventana, que fue a arrimar apenas un poco: el ruido de las gotas lo hacía sentirse acompañado.

Se le ocurrió una idea: preparar la llegada de sus abuelos y ordenar todo el departamento, incluido el cuarto de papá. A lo mejor, así encontraba algo interesante para entretenerse.

Como ver otra vez el álbum, por ejemplo.

Fue hasta el dormitorio, y abrió la ventana para que las paredes perdieran el olor a encierro y a humedad, y entrara viento de lluvia. Mamá se lo había enseñado, eso lo recordaba perfectamente. La triste luz que venía de la calle alumbró el armario. Nacho lo abrió, y con cuidado removió la caja y la ropa del padre.

Pero el álbum ya no estaba.

Quedó paralizado, la garganta seca.

―¡Cómo! ―dijo, y sacó y revisó cada cajón y todas las perchas de terciopelo. Hasta se trajo una silla de la sala para tantear encima del armario.

Nada. No tuvo suerte.

Para variar, se dijo.

Bajó de la silla y miró bajo del colchón: más cajas con papeles llenos de números. Recorrió la sala, su cuarto, tumbó los canastos de ropa sucia, y también los de basura de la cocina y del baño.

Y nada.

Dónde habrá dejado aquel el álbum, pensó.

Rogó porque simplemente se lo hubiese escondido.

¿Y si se lo había dejado en el cordón de la vereda a los cartoneros?

Y entonces fue consciente del abismo en que lo sepultaba la pérdida, porque, de ser así, ya no le quedaba el más mínimo recuerdito de mamita Lili.

Se rascó nervioso detrás de la oreja, como hacía cuando retrasaba la entrada en la ducha. No se preocupó por acomodar las cosas tal cual estaban antes de que Pablo se fuera al trabajo.

Sonó el timbre. Los abuelos.

 

Nacho se esmeró por ayudar a esos dos viejos con las compras para Semana Santa, y durante el almuerzo volvió a preguntarles por mamá, y por qué no había cuadros de ella en la casa y solamente ese álbum viejo ―que también ahora había desaparecido (pero eso se lo calló)―. Y el abuelo le contestó:

―No te preocupes, Nachito:  tu papá habrá querido ahorrar para gastar en un cuadro lindo.

―Seguramente te estará haciendo una sorpresa para tu cumpleaños. ―La abuela le acomodó el pelo, en una caricia. Lo miró―. Tu mamá está en el cielo, y te cuida desde allá.

El abuelo le tocó el hombro:

―Tranquilo, Lili está en tu corazón.

Por cómo hablaron, Nacho pensó que corazón y cielo significaban lo mismo: un lugar donde nada ni nadie te jodía. Y quiso con toda el alma estar ahí con mamá. Después dudó si darle la razón a alguno de los abuelos. ¿Su mamá estaba en el cielo, o en el corazón de él? Quizá, elegir uno de aquellos dos sitios le haría sacar alguna ventaja: a la gente grande le gusta tener la razón siempre.

Para el almuerzo, apenas llegó Pablo de la oficina, los abuelos lo llamaron, y los tres se encerraron en el cuarto del viejo. Nacho sabía muy bien que no hablaban solamente del álbum.

Cuando salieron, Pablo se adelantó a los viejos y le dijo:

―Mandé a hacer otro álbum más grande, Nachito, para más fotos. Sé que te gusta mucho, y quería regalártelo el sábado. ―Le palmeó la mejilla―. Ya deberías dejar atrás este tema. ―Se rio, y miró a los abuelos―. ¿No te parece? ―Con una mano en la pera le hizo alzar la mirada―. Contestame, je, je.

Y encima se ríe, se dijo Nacho, asintiendo con la mirada baja. Pero decidió no responderle nada al viejo.

Ni él ni los abuelos lo entendían.

Eso era obvio.

A lo mejor pensaban que él era un bobito. Un nenito bobito que no entiende que la gente, a la larga, termina por morirse tarde o temprano. Pero no pensaba rendirse. Descubriría la verdad, aunque eso le costara revolcarse en la cama sin dormir por andar pensando en cada rincón del departamento. ¿Dónde le faltaba husmear, qué recuerdos debía atar? Lo que sí, de ahora en adelante desconfiaría de Pablo. De las mentiras de Pablo.

Lindo Jueves Santo, se dijo en la soledad de su pieza, al recordar que el viejo no había comprado ―todavía, al menos― ni un solo huevo de Pascua: cuando mamá vivía, ella misma los preparaba, con “chocolate cobertura”. Un año quiso enseñarle a ponerles confites y palomitas de azúcar, pero el padre la retó diciéndole que no me hagas marica al pibe, Liliana.

Nacho entreabrió los ojos pegoteados, y después de restregárselos vio en el celu que faltaban más de veinte minutos para las diez. Sí: había llegado la mañana del Viernes Santo. Y seguramente lo habría despertado el viento que hacía temblar las ventanas. ¿Cuándo se habría largado la tormenta?

―Qué lindo levantarse sin despertador ―dijo, aunque la cabeza le latía como si hubiera estado toda la noche con los jueguitos.

Inspiró el aroma de las chipitas que la abuela ―quién otra― había puesto en el horno. A lo mejor, también se estaba mandando una torta de choclo y una sopa paraguaya. Eso lo hizo relamerse, y se imaginó a la mesa, con papá y mamá. Pensó en él álbum. ¿Cómo se le ocurría desconfiar de Pablo, si era el único papá que tenía, y por eso debía quererlo mucho?

Fue a cepillarse los dientes, y cruzó el pasillo hacia el baño. Pero, cuando vio el portafolio de Pablo sobre la mesa en la sala de estar, le volvió el alma al cuerpo: era el único lugar donde no había buscado aún; ahí tendría que estar el álbum, o por lo menos encontraría alguna pista. Vio que, si la abuela se daba vuelta, lo descubriría. Corrió hacia el baño, pero las medias que tenía puestas lo hicieron patinar directo al inodoro.

―¿Nachito? ―dijo la amenazante voz de la abuela―. Andás por ahí. Más vale que no andes caminando con medias solamente, o te vas a resfriar. Mirá que cambió el clima, eh: afuera está fresco.

No, abuel, ya m ongo unas apatillas. ―Nacho hablaba cepillándose los dientes. Se enjuagó la boca, y escupió esa baba cremosa justo en el agujero del desagüe.

Por lo menos en algo acerté, se dijo.

Pasó por la puerta del dormitorio de Pablo, y no necesitó pegar la oreja para oír los ronquidos: eso le aseguraba la victoria de no ser descubierto husmeando en su portafolio.

En puntas de pie, vio que la abuela le daba las espaldas, muy concentrada en la mesada. Debía de estar batiendo la crema para la rosca de Pascua. En cuanto al abuelo, miraba una peli de Jesús, de esas maratónicas que emitía el canal paraguayo. Entonces Nacho aprovechó y agarró el maletín.

Ya en su cuarto, lo abrió.

Y nada.

Nada de nada.

Nada de ningún álbum ni cosa que se le pareciera.

Pero bueno, ya que estaba...

Abrió cada cierre, y revisó los bolsillos. Alguna pertenencia de mamá debería de tener Pablo por alguna parte, lo que fuese. Para estar seguro, sacudió el maletín boca abajo, y así cayeron sobre la cama todos los cuadernos y los papeles del viejo, y las biromes, y la calculadora y la tablet. Enseguida palpó algo duro al otro lado del forro. Algo rectangular como un naipe, pero rígido y que crujía al apretarlo. Y además se iba arrugando con cada apretón.

―¡Nachito! ―la voz de la abuela lo estremeció―. Vení a desayunar.

―¡Ya voy!

Encontró un agujero en la tela del forro, metió los deditos y sacó un papel minuciosamente doblado y amarillento.

―¡Nacho! ¡Si no venís vos, voy yo! Y no precisamente con el desayuno...

―¡Ya voy, abu!

Notó que en el papel había algo escrito, pero ya no tenía tiempo. ¿Sería algo de mamá, algo escrito por ella? Lo escondió debajo de la almohada, acomodó los papeles y el resto de las cosas dentro del maletín, corrió a la cocina y dejó el maletín donde lo había encontrado.

Y yendo para la cocina se le ocurrió algo que vaya a saber de dónde le vino: si mamá no estaba con él, era porque Dios debía de tener alguna buena razón para que ella estuviera en el cielo.

A lo mejor, pensó, mamá se cansó de los grandes, que a veces ―por no decir siempre― hacen y dicen cosas bastante aburridas. No como Jesusito.

 

Por la tarde, esperó a que todos se fueran a dormir la siesta, y cuando oyó los ronquidos se mandó para su cuarto. Desdobló con mucho cuidado el misterioso papel: era un trozo de papel viejo, arrancado de una hoja cuadriculada y escrito con birome:

 

Soy una artista, Pablo, no un ama de casa. Espero que algún día me perdones, te dejo la custodia de aquel y no me pidas más.

 

Lo primero que hizo fue dejar el papel sobre el escritorio, y se acostó de lado, y se abrazó las rodillas. Cerró los ojos, intentó dormir. Pero una garra que le trepaba bien de adentro le desgarraba el pecho y la garganta, y con el correr de la noche la garra se expandió por todo el cuerpo. La garra le arrugaba el mentón, le carcomía las sienes con un latido insoportable. Nacho la dejaba hacer, y apretaba sin tregua la mandíbula, con los ojos inundados.

Qué le costaba a Pablo decirle que mamá no se había ido al cielo, y que le había dejado una custodia, la casita de Jesús cuando el cura lo muda al altar. ¿Será la custodia del padre Hugo? Claro: ese “aquel” que mencionaba mamá debía de ser el cura, lógico. Lo que sí, jamás Nacho vio por ninguna parte de la casa una custodia. A lo mejor, Pablo ya se la había entregado al padre. Y las custodias eran carísimas, como él le había oído decir a Gera, el catequista.

A lo mejor el padre Hugo le había dejado la custodia a mamá para que la cuidara, y Pablo no quiso, y por eso mamá se fue. Y lo único que hacía falta para que volviera a casa era devolvérsela.

―Pará de engañarte ―dijo en voz alta―. No seas tan mentiroso como los grandes.

 

Se había vuelto a cortar la luz, así que Nacho ayudó a los abuelos a prender las velas y fue poniéndolas en el baño, en la cocina y en los dormitorios. Trató de disimular, y durante la tarde no dejó solo a nadie: que lo vieran, que supieran que él no se iría a encerrar en su cuarto a llorarse todo. Cada tanto, sí, iba a su cuarto para confirmar que la nota seguía en su lugar, y ahí la releía a la luz de las velas.

Después de cenar tratando de mostrarse como el chico que siempre había sido antes de leer aquella basura, volvió a su cama con la excusa de hacer la tarea de Matemáticas. Y ahí repasó las frías y crueles cursivas. Quiso quemar ese papel ―quería convencerse de que era un simple papel―, pero en lugar de eso lo hizo un bollo y lo escondió debajo de la almohada.

 

Un trueno lo despertó a mitad de la noche: la madrugada del Sábado de Gloria silbaba en ráfagas, a tal punto que vibraban las bisagras de la ventana y se sacudía la débil flama de la vela derretida.

Nacho no podía dormir más, a lo mejor porque se había acostado más temprano que nunca.

Abrió sin ganas los ojos, imaginó las palabras de Pablo: Buen día, ¿cómo amaneciste? ¿Ya invitaste a tus amigos?

Más falso que billete de dos pesos.

 

Sábado de Gloria. Sábado de cumpleaños. Sábado del peor cumpleaños del mundo mundial.

Nacho aguantó unas horas en la cama, y cuando la claridad del alba asomó a la pieza se levantó dominado por una furia de temblores en las manos. Arrancó del cuaderno todos sus dibujos, los abolló, los tiró a la basura. Junto con eso mandó al tacho la cartuchera, las carpetas y los libros, y partió un par de lápices con la rodilla.

―Lápices de mierda ―dijo, mordiendo las palabras―. Todo es una mier...   

―… ¿Nachito? ¿Todo bien? ¡Feliz cumple! Me despertaste, y vine.

―¡Vos! ¡Mentiroso!  Me dijiste que había muerto. ¡Eso me dijiste!

―Pero, Nacho… ―Asomado a la habitación, el padre no sabía qué cara poner―. Vas a despertar a los abuelitos.

―¿Abuelitos? ―A Nacho la cara le ardía como si tuviera fiebre―. Te odio, no te das cuenta.

―Epa, Nacho, pará. Qué te pasó.

―¡Encontré la notita estúpida que me escondiste todo este tiempo, me mentiste!

Pablo abrió los ojos como quien termina de comprender. Se paseó por la pieza, levantó un par de trizas de lápices que habían quedado en el piso, y las metió adentro del tacho. Miró por encima de la cabeza de él, y fue a poner derecho un cuadro de River que estaba medio torcido. Nacho lo miraba sin poder creerlo. ¿Cómo podía preocuparse por esas pavadas, después de lo que acababa de decirle?

―Pero, Nachito ―dijo―, ¿no ves que quise protegerte? ―Se puso en cuclillas, seguramente para tratar de abrazarlo, pero él se apartó.

―Todas son mentiras, puras mentiras. Y qué hiciste con el álbum. ¡Mi álbum!

―Olvidate del álbum, que tenemos que aclarar algo mucho más importante. No es que mamá no nos quiera. Y cuando seas más grande lo vas a entender mejor.

―Yo lo único que entiendo es que vos sos un mentiroso.

―Nachito, por favor escuchá. Necesito que te quede claro lo que voy a decirte. ―El tono de voz lo puso en alerta a Nacho: era la primera vez que lo oía a ese mentiroso hablar tan serio. Se restregó los ojos, como si con eso pudiese prestarle más atención―. No te voy a hablar mal de ella, hijo: a pesar de todo es tu mamá, y merece respeto. No podemos odiarla por lo que nos hizo. Fue su decisión. Necesito que entiendas eso, ¿sí? Ella nos quiere, pero quiere más otras cosas. ―El padre lo puso frente a sí, cara a cara, y mirándolo muy hondo a los ojos le dijo―: ¿Me perdonás?

No, nunca te voy a perdonar, se dijo Nacho, y lo asustó el hecho de que casi se le escapa en voz alta. Y sintió pena, pero más por Pablo que por él: clarísimo que la seguía queriendo a la “muerta”.

―¿Sabés? ―dijo―. Ya no quiero festejar mi cumpleaños. Me siento mal. Pésimo me siento.

―Y bueno, si no querés invitar a nadie, no lo hagas y ya está. ―Pablo le alzó la cabeza―. Ya pasó, Nachito. Feliz cumple de nuevo, y acordate de que hoy también es Pascua, además de ser tu cumpleaños. Y mirá: son las seis y cuarto de la mañana. Mejor tratá de seguir durmiendo, porque vienen a almorzar los abuelos y tenés que estar bien lúcido.

Cuando el viejo se fue, lo menos que hizo Nacho fue tratar de seguir durmiendo.

Pero se durmió solo.

 

Durante el almuerzo, le costaba tragar. Entre los grandes, fingía reírse. Y de vez en cuando le echaba una mirada a Pablo.

―¿Puedo ir a mi cuarto a dibujar un poco? ―se animó a preguntarle, y al desviar la vista vio el balcón, el vidrio de la puerta ventana mostrando que el cielo se despejaba de nubarrones.

―¿Y la torta? ―dijo el abuelo―. ¿Te la vas a perder?

Entonces la abuela se levantó y fue hasta la cocina. Pablo apagó las luces, pero igual venía la claridad de afuera.

Nacho tragó saliva, se imaginó que no podría apagar ni una velita. En realidad, no quería apagar nada. Mejor dicho, quería apagarse él. Desaparecer quería. El nudo en la garganta se le volvió más apretado cuando la abuela volvió con la torta. Y cuando todos le cantaron el “apio verde tuyú” se le hizo insoportable. Ni soplar podía. Se había acordado de las veces en que mamá lo tenía en brazos ―¿dónde estaría ella ahora?―, y le decía frases con esa voz tan dulce, tratando, seguramente, de darle más ganas de soplar las velitas.

Miró la torta de vainilla helada bañada en salsa caramelo, contrastando con las velitas azules. Una torta de nenito, se dijo. Las llamas de las velitas chispeaban y se agitaban. Cuando los grandes pararon de cantar aquella estupidez, Nacho miró las llamas y cerró los ojos para soplar.

Y entonces sucedió. Las palabras que iba hilando para pensar el buen deseo no eran palabras de él. ¿Qué voz dentro de su mente se las estaba soplando? Y esas palabras fueron:

Que Jesusito te acompañe, mamá, porque vos lo necesitás más que yo.

Todos aplaudieron como si le hubieran leído la mente, y se turnaron para felicitarlo con besos y abrazos. Después la abuela trajo la rosca de pascua y varios huevos de chocolate, y el abuelo repartió los platos y los tenedores de postre.

Nacho comió la porción de torta ―ahora le entraba más―, y miró a Pablo, quien le guiñó el ojo mientras masticaba, y en ese vistazo le descubrió una mancha de crema en el labio de arriba.

―¿Puedo irme al cuarto ahora? ―dijo con rapidez.

Pablo dijo que sí con la cabeza. Y él encaró hacia el cuarto. A llorar tranquilo.

Cuando llegó, la almohada le pareció más alta de lo normal. Contuvo el aire, como si el tiempo se hubiera estancado en un sueño. Se dijo que, si respiraba o pestañeaba, aquello no sería verdad. Pero no aguantó más: pestañeó y respiró, y se dio cuenta de que aquello no era un sueño. Se acercó, y al quitar la almohada descubrió una caja blanca adornada con un moño azul. ¡Era verdad! La caja estaba ahí, frente a él.

 Con el corazón en la boca, agitó varias veces el misterioso paquete. Además de misterioso era pesado. Pero Nacho no quería abrirlo: temía que se tratara de cualquier imbecilidad.

Vio que el padre lo miraba desde el marco de la puerta.

―¿Qué es, Pablo? ―dijo con desesperación.

Pero aquel no respondió nada, sólo se alzó de hombros. Las caras de los abuelos se asomaron detrás.

Ignacio miró la caja y la destapó.

Y al dejar caer la tapa y abrir aquello dejó de aguantarse las ganas de llorar: ahora, las fotos viejas con mamá estaban ahí, en el nuevo álbum.