martes, 19 de octubre de 2021

Vamos a ver a la bruja

 

Florencia pedía fortaleza cuando rezaba el Padrenuestro en la capilla de la escuela. La angustia se acumulaba en sus recientes once años. ¿Quién era ella? ¿Quién era su madre biológica?, se preguntaba. Cada tanto, oía comentarios de los vecinos como: “La niña es un regalo de Dios y vino del cielo”, y reía avergonzada por su cabello lacio, sus labios gruesos, y la estatura que no concordaba con la fisionomía de sus familiares adoptivos.

Un día llegó a la casa y encontró a su tía amasando chipa con ayuda de su vecino Roberto. Entre chistes, los dos se habían empolvado de harina. La tía le decía que así de blanco se veía canoso como su padre. Roberto sacudió la cabeza, y el polvo blanco flotó entre la claridad del mediodía. Respondió a la tía que gracias a la harina se parecía más a su hermana. Florencia carraspeó, y los dos callaron.

Roberto miró expectante y la saludó. Había llegado antes del colegio sin avisarle y supuso que por eso estaba enojada. La conocía bien: prácticamente se habían criado como hermanos.

Ella no aguantaba más, pensaba que todos tenían un familiar a quien parecerse. Todos menos ella. Respiró hondo y confrontó a su tía sin remordimientos:

―Tía, necesito saber, ya estoy grande para enterarme.

―Flor, tu mamá no me dio permiso todavía. Ella te va a contar, estoy segura. Todo tiene su tiempo, ¿sí?

Decepcionada, Florencia bajó la vista. La tía era cómplice en lograr todos sus éxitos propuestos en la vida, desde las buenas notas en Matemática hasta las tareas de Historia en el cuaderno, pero también era leal a su hermana menor. Miró a Roberto, que sentado de piernas abiertas y con el brazo apoyado en el respaldo de la silla, levantó el mentón y vocalizó mudo las palabras: “¡Te dije!”

―Y puede que… ―La tía dio esperanzas―. Que Rosa no me haya dicho nada sobre los papeles que están en un folio dentro de la caja fuerte. ―Guiñó el ojo. Los chicos juraron estar agradecidos con ella el resto de sus vidas, y corrieron al cuarto.

Florencia había revisado la caja fuerte antes, varias veces y sin resultado, pensando en que quizás su madre escondía algún recuerdo, alguna pista de su identidad.  Sabía que la llave de la caja se ocultaba bajo la maceta de suculenta en el alféizar.

Colocó la llave en la cerradura y la giró. Abrió y rebuscó entre ahorros y carpetas, las tenía memorizadas. No vio nada inusual. Palpó y golpeó el fondo de la caja fuerte. Oyó un sonido opaco, empujó el fondo y lo sintió flojo. Deslizó el hierro y se detuvo.

Roberto había quedado en la puerta vigilando el pasillo, agitó la mano apurando el trámite.

―¿Qué pasa? ―preguntó nervioso.

―Hay un hueco en el fondo de la caja fuerte.

Sacó del fondo falso varios pliegos envueltos en un folio y lo tapó tal cual estaba. Callada, se sentó en la cama y desarmó el papelerío. Las sentencias de adopción tenían las firmas de la jueza de familia y, en la partida de nacimiento amarillenta, figuraba el nombre de una mujer: “Nicasia Bitochi”. El domicilio quedaba en el kilómetro 1305 de la ruta 12. Roberto sacó el celular ―mediante permiso de los padres podía investigar en internet con la excusa de estudiar cuando quisiera, y Florencia lo envidiaba porque no tenía ese lujo―. Buscaron en el mapa de las rutas argentinas y descubrieron que quedaba en San Ignacio. 

Ella le mostró los documentos a Roberto: había una foto pequeña de una beba con vestido blanco de encaje. De la mujer, ninguna.

―¡Mirá, no queda lejos! ―dijo Roberto―. Podemos ir a buscarla mañana en vez de ir a la escuela. Tendríamos que ir a la terminal y tomarnos el colectivo sin que nadie se entere: no vamos a estar toda la mañana, antes de las doce y media volvemos.

Insegura, Flor rechazó el ofrecimiento: Rosa emprendería la búsqueda ni bien pasara el mediodía, y ella quedaría castigada todo el año. Sería paciente: su madre iba a decirle tarde o temprano quién era Bitochi. Iba a contarle de dónde era, por qué no la podía mantener, si era buena o mala persona, qué hacía, cómo era su casa…

―Si hablás con tu mamá, a lo mejor te cuente.

―Capaz.

―¡Ya es hora de que nos escapemos como juramos hace años! ―Roberto saltó de la cama y sonrió.

―¡Shhh! ―lo retó Florencia―. La tía escucha todo. Voy a intentar con mamá una vez más ―prometió, tomándolo de los hombros―, y si no me cuenta, nos vamos.

Guardaron todo en su lugar. Ella anotó la dirección y el nombre con lápiz, dobló el papel y lo escondió en el bolsillo de Roberto. Se desafiaron para ver quién corría más rápido y llegaba primero a probar las chipas amasadas y el mate cocido hecho por la tía. La tarde regalaba su mejor cara entre tareas y juegos.

Después de que se fueron Roberto y la tía, la señora Rosa llegó más cansada que de costumbre, se bañó, calentó el guiso que había sobrado del almuerzo y cenaron juntas. Su hija, ansiosa, mintió:

―Mamá, mañana tenemos tarea para Lengua: hay que llevar una historia que nos identifique. ―Doña Rosa pestañeaba lento, rascó sus ojos estancados en la televisión.

―Me alegro, hija, espero te vaya bien.

―Con Roberto nos gustaría escribir sobre nuestras madres. ―Rosa masticó más lento―. ¿Podrías contarme cómo era mi mamá anterior?

―No sé nada de ella, hija, no la conocí.

―¿Nunca la viste? ―Florencia se apartó de la mesa.

―No, no la vi, me inscribí en el registro de adoptantes, y después de años me llamaron, como te conté. Tenías tres añitos en la casa de niñas. Y, bueno, éramos dos para cuidarte en aquel entonces. Podemos comenzar por preguntar en la casa de niñas si querés.

―Escuché que su apellido es Bitochi. ―No toleraba esperar una semana más sin noticias, y tampoco quería contarle que revisó la caja fuerte a escondidas.

―¿Quién te dijo eso? Hija, no vayas sola a buscarla: es peligroso.

―Dijiste que no sabías nada de ella, ¿por qué es peligroso?

Rosa tragó saliva.

―Vamos a ir juntas y lo vas a descubrir ―prometió.

―¿Cuándo? ¿Cuándo vamos a ir?

―No sé, Florcita, no sé, trabajo día y noche para mantener esta casa y tener comida en la mesa. Tené paciencia, voy a organizarme, tampoco quiero decirte un día si después no voy a poder ir.

―Bueno, ma, gracias igual. Hasta mañana. 

Después de lavarse los dientes, Florencia fue a su cuarto y se preparó para irse a dormir. Apagó el velador y reposó pensativa en su cama. Miró el guardapolvo doblado en la silla. La luz de la luna llena venía del otro lado de la ventana abierta y resaltaba su blancura. Cerró los ojos.

 

Cargó una botella de agua a la mochila y varias chipas. Saludó a Roberto en la terminal de colectivos. Ahora ejecutarían juntos el plan ideado en caso de que la señora Rosa persistiera en su negativa.

―¿Trajiste todo? ―quiso saber Florencia.

―Celular, plata, agua y chicle para dejar rastros por si nos perdemos. Un cuchillo, cereal y el silbato de papá.

Compraron los pasajes y esperaron una hora en el andén. Roberto había impreso una autorización con la firma falsa de sus padres y la de doña Rosa, por si alguien preguntaba. Se acomodaron en el fondo del colectivo de larga distancia. El viaje iba liviano, no había niños llorando y el pinar rozaba veloz las ventanas.

La culpa por escapar contaminaba los pensamientos de Florencia, pero encontró fortaleza apretando la mano de Roberto que reposaba en el apoyabrazos. Él le correspondió con una sonrisa amena. Vieron a un gendarme cuando pasaban el peaje. Roberto abrazó a la anciana que dormía delante de ellos y pellizcó a su amiga para que lo imitara. Ella obedeció. El gendarme desvió la mirada y la anciana despertó sorprendida.

―Más vale que no tardemos mucho porque en cualquier momento nos pueden atrapar ―dijo Roberto escabulléndose de nuevo en el asiento.

Cuando bajaron las escaleras del colectivo, el chofer notó que la señora con quien hablaron durante el viaje no los acompañaba. Preguntó desconfiado:

―¿A dónde van?

Florencia tartamudeó y Roberto se apuró a responder:

―Vienen a buscarnos, señor, nuestra escuela está acá cerca.

El colectivo se perdió en la lejanía.

Roberto viajaba todos los años con sus padres a las ruinas de San Ignacio en Semana Santa, así que conocía bien la zona y algunos de sus mitos. La parada era en la lomada del kilómetro 1305. Podían ver ondas de calor en el pavimento, y en la lejanía las ondas hacían bailar los pinos y las líneas blancas de la ruta. Aunque habían llegado a la dirección exacta, no había casa: sólo la parada, y un verdulero corpulento y moreno, que acomodaba peras y manzanas en cajas de madera para vender. 

―Buen día, señor ―dijo Roberto.

Etán perdido ―respondió el hombre.

―No, no, queremos preguntarle… Estamos buscando a la señora Nicasia Bitochi.

El verdulero se inclinó y les dijo que no era bueno que estuviesen solos allí, que deberían volver con sus padres.

―Por favor, señor, si sabe algo sobre esa mujer, nos ayudaría mucho. ―Y señaló a su amiga―. Ella es su hija.

El hombre llevaba una gorra cuya sombra cubría las arrugas. Notaron que le faltaban algunos dientes.

―¡Mira vo! La bruja tiene hija ―dijo sorprendido―. La Bitochi vive entre lo pino, al otro lado de la ruta. ―Extendió el brazo hacia la entrada de un sendero, y volvió a acomodar las manzanas.

Roberto, pálido como las líneas que marcaban la ruta, no se animó a consultar más. Florencia en cambio, se armó de valor:

―Señor, ¿usted dijo “Bruja”? ―bajó el tono de voz como si alguien más estuviera escuchando.

―Pero on pariente, no creo que le haga náa. Zi era gente estraña, bueno, le diría que e peligroso, pero como zon familia... ―y alzó los hombros.

Los chicos agradecieron, cruzaron la ruta y se adentraron en el sendero de tierra colorada. Roberto caminaba incómodo, con olfato, vista y oídos alarmados. Miró el teléfono calculando el tiempo: eran las ocho de la mañana, tendrían exactamente cuatro horas más para volver.

Un perro negro cruzó frente a ellos, y Roberto gritó aterrado. El perro levantó sus puntiagudas orejas y los contempló, ladró y se perdió en la maleza. En la tierra había dibujadas cruces invertidas y otros símbolos incomprensibles. Aprovecharon para pegar rastros de chicles en los troncos.

En el bosque, el camino se fue cerrando, y donde antes entraban juntos de lado, ahora iban uno detrás del otro, y las ramas los rasguñaban al pasar.

Unos gruñidos los estremecieron. Luego hubo un silencio de ultratumba.

Se detuvieron impresionados por las ramas imponentes y retorcidas de un chivato. Florencia tocó su tronco, y más allá pudo ver una casa de ladrillos con una antena de metal herrumbrada. Entonces, otra vez oyeron los gruñidos, que más parecían de osos que de perros. A lo lejos distinguieron entre el pastizal a un perrazo que se aproximaba salvajemente con la boca llena de espuma. También oyeron pasos apresurados. Cuando se dieron vuelta, el verdulero arremetía contra ellos como en trance. La gorra le hacía sombra y ocultaba su rostro. Roberto preparó el cuchillo para enfrentarlo.

―¡Escalemos el chivato!

―¡No voy a subir, Roberto!

―¡No discutas ahora! ―La alzó y empujó, aguantando el peso para que ella pudiera escalar el tronco. ―¡Dale, dale!

El verdulero embistió a Roberto, que cayó entre los helechos y se desmayó. Después el hombre tironeó del pie de la niña hasta bajarla del árbol. Enganchó sus brazos con los de Florencia, la acomodó espalda contra espalda, hasta dejarla en posición supina.

Ella pateó y arañó, intentó morderlo, pero los movimientos eran implacables; el agresor actuaba con fuerza y sin pestañear. Corrió hasta la casa de ladrillos, ignorando los alaridos de su presa.

La fachada cuadrada de ladrillos enmohecidos y la antena oxidada daban a la casucha la impresión de una escuela rural abandonada. A la entrada había unos cuantos árboles caídos, las secas y grandes raíces se torcían mirando a la casa. Florencia imaginó que habían sido arrancados del suelo al mismo tiempo.

Una mujer baja de cabello ceniza salió a recibirlos con los brazos en jarras. Le hizo señas al verdulero de que llevara adentro a la niña, y le advirtió a ella que no gritara más.

 

Roberto despertó perturbado. Encontró su Victorinox tirada entre el pastizal, y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

No sabía si ir a recuperar a su amiga o si salir a la ruta a pedir ayuda al pueblo. “No, no voy a abandonarla a merced de una bruja, no podría vivir con eso”, pensó. Sacó el teléfono y marcó el número de su madre. Sospechó el castigo que le aguardaba si se enteraba de la fuga: eso sólo metería en líos a ambos. Abandonando aquella idea, guardó el teléfono. Buscó debajo de la chomba el dije de cruz dorado y lo encerró en su puño.

Agazapado en el yuyal, rodeó la casa. Intuyó que todavía podían escapar sin escandalizar a la familia.

 

Florencia comparó el mentón pronunciado y la nariz aguileña de Bitochi con sus propios rasgos. No coincidían. En los ojos grandes y apagados, en cambio, se identificó, esperanzada. Bitochi la invitó a sentarse a la mesa y le sirvió un tazón de agua. El verdulero se paró al lado de la puerta. Miraba fijamente la nada, no hablaba.

―Ya podés volver a la ruta ―dijo Bitochi. El hombre abrió la puerta y se fue, después la anciana se volvió hacia ella―. No creí que vinieras sola. ―Florencia, preocupada, pensó en Roberto―. La gente ataca lo que le asusta, por eso tengo amigos.

―Señora, ¿usted es Nicasia Bitochi? ―La bruja asintió―. Entonces yo soy su hija. ―Florencia le mostró el folio con los documentos y se preguntó si la anciana sabría leerlos, pero la otra directamente los ignoró.

―Muchas vinieron acá a decirme lo mismo. ―Las uñas largas, rotas y puntiagudas tamborileaban rítmicamente sobre la vieja mesa―. ¿Querés un trabajito?

―No, sólo quería conocerla. Si no cree en los documentos, ¿cómo podría demostrar que soy su hija?

Bitochi se levantó con dificultad y fue hasta otra puerta al lado de un cúmulo de ollas negras. Cuando la abrió, Florencia notó un colchón fino en el suelo como único mueble de la habitación.

Nicasia apareció con una muñeca de trapo de vestido gris: hilos de lana cubrían la pequeña cabeza simulando rizos rojizos, dos botones negros hacían de ojos. Bitochi sentó a la muñeca sobre la mesa, delante del tazón. Primero Florencia no la reconoció, tocó la cara sin nariz ni boca, la tela gris del vestido triangular, y de pronto se vio frente a la ruta, a llanto vivo, abrazando desconsolada a esa misma muñeca, en aquel momento enorme. Luces azules giraban violentas ese día, los uniformados la habían distraído con caramelos. Y, como efecto, la niña había dejado caer la muñeca, que quedó tirada frente a un pino y la miraba desde el suelo terroso del otro lado de la ventanilla del patrullero.

Florencia se levantó y empujó la silla hacia atrás.

 

Roberto oyó voces y ladridos, y temió que los perros lo encontraran. Avistó un tronco hueco frente a la casa, y se escondió adentro. Después de un silencio tranquilizador, se asomó para ver si no había moros en la costa. Cerca de su escondite, distinguió a dos personas muy pequeñas y regordetas. Peleaban entre ellas. Una era pálida y tenía forma de huevo; la otra era cuadrada, fornida y negra como carbón. Acaso serían duendes.

―¿Es la hija? ―dijo el duende negro―. ¡¿Cómo no supiste?! ¡Ahora la vieja nos va a retar!

―Mi culpa no es. ¡No se le parece en nada!

Roberto contuvo la respiración temiendo que pudieran oírlo. Miró hacia abajo: estaba parado sobre fragmentos de huesos pequeños y carcomidos, unos gusanos blancuzcos se retorcían y se le pegaban a las zapatillas. El hedor hacía cosquillas en su nariz. Tosió asqueado. Lamentó el error cuando vio a los duendes bloquearle la salida en los extremos del tronco. Las carcajadas unísonas de los enanos espantaron a los horneros del bosque.

―¡Tenemos visitas! ―gritaron a la vez.

 

 

Dentro de la casa, Florencia no podía entender su primer recuerdo de niña invocado gracias a la muñeca.

―Alguien tiene que heredarme. ―Nicasia le tendió los brazos, pero Florencia se alejó.

―¿Me abandonaste en el bosque?

―No me dejabas hacer los trabajitos. ―Esas palabras chocaron contra ella y la liberaron de querer saber más―. ¡Hija, volviste a casa! ―La niña frenó el impulso de contradecirle.

La puerta se abrió, y los duendes entraron sosteniendo a Roberto atado de pies y manos con un cordón. Le habían hecho morder un mango para que no gritara, y lo acostaron sobre la mesa.

―Con que viniste sola, eh.

Florencia se acercó a Roberto y trató de desatarlo, pero no pudo.

―¡¿Qué hicieron con mi amigo?! ¿Dónde está su mochila?

Los duendes se señalaron entre sí.

―Si la jefa quiere, se la entregamos ―dijo riendo el blanco.

Bitochi se distrajo mirando hacia el sendero de tierra a través de la ventana, y comentó:

―Antes usábamos las flores de los chivatos para escondernos: los pétalos nos servían como protección contra los pueblerinos. Venían a pedirnos trabajitos, pero después querían vengarse, y nos atacaban con palas, piedras y fuego. ―Lanzó una carcajada―. ¡Los sacaba de quicio! Se desorientaban en sus débiles mentes, revivían los demonios internos. ―Bitochi entornó los ojos―. Ahora para perder a los intrusos sólo nos quedan un árbol y los símbolos que colocamos en el camino. ―Se apartó de la ventana y miró a Florencia―. Somos ángeles caídos, Florcita, dinamita de la mejor. ¡Es momento de que elijas tu sangre!

Roberto escupió el mango y gritó:

―¡No hagas caso!

El duende carbón lo pellizcó para que abriera la boca, y sacó de su gastada riñonera una manzana.  Se lo metió, ahogando el grito.

―No viniste sólo por cariño, Florcita: querías saber quién eras ―dijo la bruja―. No cualquiera tiene esa fuerza. Si no estás acá para seguir mis pasos, ¿para qué te tomaste tantas molestias?

Florencia comprendió que su verdadero hogar esperaba lejos. ¿Y si no pudiera volver jamás a ver a Rosa, a su tía, a las amigas del colegio? Tenía que encontrar la forma de escapar. ¿Cómo podría engañar a los duendes y a la bruja?

―Tenés razón ―dijo―. Quiero abandonar mi vida anterior y saber de qué soy capaz ―Bitochi, que había acercado a Roberto sus largas uñas, se detuvo y la miró sorprendida―. ¿Es verdad que tenés poder sobre los duendes?

―¡Claro! ―fanfarroneó la bruja―. Vamos afuera, te voy a enseñar. ―Les habló a los duendes―: Vos salí conmigo ―hizo seña al blanco―, vos vigilá.

El duende negro refunfuñó, y su compañero se burló de él.

Bitochi mandó al duende blanco a escalar la copa de un pino, y después subió y bajó el dedo un montón de veces y el enano restregaba el cuerpo contra la coraza del tronco. La bruja reía exaltada.

 

Aprovechando las manos atadas detrás de la espalda, Roberto sacó la navaja del pantalón, cortó la soga y liberó una mano. Después permaneció inmóvil fingiendo seguir atado. El duende carbón se dio vuelta para cebarse un mate y cantó una melodía acerca de embadurnar a su prisionero en ajo y perejil. Roberto se despojó de la cuerda, saltó de la mesa, y golpeó al duende con el mango de la Victorinox. Abrió la puerta.

Nicasia y Florencia se dieron vuelta al oír el ruido.

Por instinto, y antes que la bruja pudiera conjurar, Roberto se arrancó el crucifijo y se lo arrojó a Bitochi. Tomó la mano de su amiga y corrió hacia el sendero. Sacó el silbato y sopló en busca de ayuda, sopló hasta quedarse sin aire.

 

Mientras corrían, oyeron las risotadas de Bitochi. Una espesa niebla fue cubriendo el bosque. La carcajada se convirtió en llanto, y los perros aullaron. Cada tanto, los chicos miraban hacia atrás, y la bruja seguía ahí, siempre cerca. Hasta que cayó al piso de rodillas, los ojos se le hundieron en dos huecos profundos, el mentón huesudo y las orejas sobresalían cada vez más escuálidas. El cabello se le cayó en mechones, y el cuerpo se le fue encogiendo.

Una vez pisadas las flores caídas del chivato, boquearon exhaustos. Roberto sacó el celular, llamó al 911, y le compartió a su madre la ubicación geográfica. Siguieron corriendo, guiándose por los chicles pegados en los troncos. Los duendes y los perros se les acercaban en estampida. Los chicos ya veían la ruta; pero el verdulero, de brazos cruzados, se interpuso en el camino.

Entonces, una fuerza interior emergió de Florencia, que se convenció de no morir en aquel bosque sin nombre. No había visto ni un poco de remordimiento en los ojos de Bitochi. Recordó la muñeca gris, y eso la quemó por dentro. Un viento de tormenta sacudió el pinar, y Roberto miró al cielo: arremolinadas nubes negras techaron sus cabezas. Los perros y los duendes huyeron asustados por donde habían venido.

Los amigos se miraron y se tomaron de la mano para embestir al verdulero, el último obstáculo. Pero el hombre se hizo a un lado, dejándolos huir. Un patrullero de la Unidad Regional 13 estacionó derrapando frente a ellos, y los policías los llamaron.

Florencia y Roberto subieron temblando al auto y se abrazaron en el asiento de atrás, mientras un oficial interrogaba al verdulero.

El teléfono de Roberto sonaba como loco. El policía al volante no paraba de preguntarles cosas.

Florencia bajó la vista. Junto a ellos encontró a la muñeca de ojos cosidos, que los acompañaba sentadita en el tapizado.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Guardia en el campamento

 

 


  

  

  

Guardia en el campamento

 

I

 

En la noche del 20 de enero de 2014, vimos una estrella fugaz, pedí un deseo y hasta pasadas las tres o cuatro de la mañana, fue el mejor campamento de mi existencia.

Cada tanto te hacía ojitos de lejos, aunque no siempre podía: los varones teníamos que ayudar a traer o llevar las cosas pesadas de un lugar a otro, y las chicas hacían otras tareas. Ay, Camila, imposible olvidarte, primer amor.

Esa tarde habíamos colocado juntos la red en la cancha, y después, aprovechando que jugabas concentrada al vóley, agarré tus ojotas.

––¡Mirá, Camila! ¡Las voy a tirar al arroyo! ––te dije, y salí corriendo como loco. Igual no tardaste mucho en alcanzarme: corrías más rápido que un yaguareté. Habías jugado una hora más o menos con remates perfectos ––era una destreza ganada en los partidos intercolegiales, según me contaron––. El rebote de la pelota contra tus antebrazos nos emocionaba. “¡Vamos, Camila!” gritábamos.

 

Apilamos cajas de manzana, ramas, troncos viejos y planchas de cartones. Alguien empapó un trozo de algodón en alcohol de quemar y lo arrojó al medio. Un fósforo encendido y algo de ventilación bastaron para iniciar la fogata. Había costado mantenerla porque una brisa húmeda, que soplaba del torrente del arroyo, jugaba a apagarla.

El arroyo debía de aumentar su velocidad a la noche, o bullir con más fuerza o algo así: durante la conversación alrededor de la fogata, me esforzaba por escuchar las voces de mis compañeros. Como si la cascadita tragara toda charla y todo silencio posible.

Tony, el líder del campamento, contaba historias: eso le habíamos pedido para entretenernos antes de seguir con las actividades planeadas.

—¿Vieron el arroyo de aquel lado? ––dijo––. Hace muchos años, había un nene muy terrible. Era como el diablo haciendo jodas pesadas a todos los del campamento en cada verano: petardos en los quinchos, exceso de sal en las comidas, zapatillas enlazadas, medias desiguales, grillos en las bolsas de dormir, ropa y calzones manchados de harina… ––Camila y yo nos reímos recordando el verano pasado, cuando Juan amaneció un día tosiendo, con la cara y el cuello blancos.

Tony carraspeó. El fuego ensombrecía su mirada, los labios se le endurecieron. Habló con voz grave, cabizbajo:

––Un día el gurí se acercó al arroyo, escondió su cabeza debajo de las hojas de una morera para asustar al primero que quisiera descansar ahí cerca y…, ¡zas! Resbaló al agua. Sus piernas se enredaron entre las raíces y las rocas profundas, y no pudo salir a flote. Cuando la policía lo encontró, el cuello tenía marcas de asfixia, y una herida en la cabeza—suspiró—. Eso pasó hace muchos años.

—¿Se descubrió quién fue? —dije.

Tony frunció el ceño. Hizo una pausa. No había entendido.

—El asesino —aclaré—, ¿lo descubrieron?

Tony deslizó el dorso de su mano por debajo del mentón arrojándolo hacia delante: no tenía idea.

Nos fuimos a las carpas, abrimos las bolsas de dormir y nos acomodamos dentro.

Los chicos teníamos nuestro sector, y las chicas el suyo, así que no podía verte. Los ronquidos de Juan me impidieron cerrar los ojos; uno me latía sin querer. Más tarde, algo rozó mi oreja y desperté del susto: era el pie de Juan. Dios mío, Juan, ¡qué olor a pata!

En el ínterin había escuchado chapoteos cerca del arroyo, pero no les di importancia: debía de ser una rana o alguna comadreja.

—¡Se cayó! —gritó alguien.

¿Ahora qué pasa?, pensé, bostezando. Entreabrí el cierre de la carpa y espié más allá de la varilla; había una ronda de chicos alrededor de la cascada. Vi sombras proyectadas por linternas. A lo mejor, las chicas se fueron despertando de a poco: escuchaba voces distantes y las carpas se iluminaron.

—Parece que alguien se cayó al arroyo —contesté cuando Juan me preguntó por segunda vez qué pasaba.

Quisimos ir, pero los líderes nos prohibieron salir de la carpa y acercarnos al lugar. Los enfermeros del campamento hacían los primeros auxilios al chico caído.

Unos destellos verdes llamaron mi atención: venía a lo lejos una ambulancia. Cuando llegó, nadie nos vigilaba, y pudimos salir de la carpa. Vimos con más claridad quién era el desafortunado. ¡Nooo! Te habían colocado en una camilla. Mi pobre Camila, tan pálida, tan inconsciente… Y yo, que planeaba darte el mejor beso aquel verano. ¡¿Justo vos?!

Ni bien te metieron adentro, la ambulancia encendió la sirena, arrancó a toda velocidad y se perdió entre las sierras.

Los jefes nos obligaron a dormir y a no curiosear. Prometieron contarnos al día siguiente cómo se encontraba nuestra amiga. ¿Qué hacías en el arroyo de noche, Cami? Aprovechando el tumulto, me escapé hacia el sector de las chicas; me escondí detrás de tu carpa y esperé a que volvieran tus amigas. Las tres llegaron destrozadas.

—¿Me pueden explicar qué pasó? —susurré, en cuclillas, escondiéndome de los jefes.

—No sabemos. Camila estaba rara desde ayer. Escuchaba cosas. —La gordita dibujó con los dedos unas comillas en el aire.

—¡¿Cuáles cosas?!

Las chicas se miraron entre sí. Tardaron en responderme: a lo mejor hicieron alguna promesa a su amiga de no contar nada.

—Escuchaba que la llamaban por su nombre a la madrugada y salía de la carpa a ver quién era. Creímos que alguien le estaba haciendo una joda: nosotras nunca escuchamos nada porque a la noche dormimos como tronco —dijo la flaca y alta como jirafa.

Con las manos en los bolsillos pateé algunas piedritas en el camino; volví a la carpa.

 ¡¿Por qué no me contaste que salías sola a la madrugada?! Creí que éramos amigos. Si me contabas te iba a acompañar. ¡A donde sea! ¡Yo te hubiera protegido!

No pegué un ojo en toda la noche, las escenas se repetían en mi cabeza como una película en reversa: la conversación con las chicas; la ambulancia andando a toda velocidad; los enfermeros metiéndote en una camilla; tu cara blanca y tu cabello mojado; los destellos verdes de la sirena; los gritos; el chapoteo. 

Me levanté antes que los líderes y corrí a la cocina por novedades. Nadie sabía nada de vos. Ni sé qué hice en toda la mañana.

Al mediodía nos enteramos de que estabas bien y tus padres te habían buscado en el hospital. Suspiré: la noticia me sacó un peso de encima y juré ir a verte ni bien terminara el campamento.

 

II

 

Almorzamos arroz con pollo, jugamos a los escondites. Hacía tanto calor que, al menos por unos minutos, la corriente fresca del arroyo me llamaba. Fui a la siesta, sólo. Me saqué las zapatillas, me senté, hice un bollito con las medias y hundí los pies en el agua cristalina.

—¡Uh! ¡Qué frío! —Las ampollas me picaron. Expandí los dedos sobre la arena y dejaron de dolerme con el vaivén de las olitas. La orquesta de ranas era imparable. Los bagrecitos me comían la piel muerta dándome hormigueos en los tobillos: sonreí. Miré la cascada. El siseo de la corriente me hacía pensar en Camila. ¿Qué estará haciendo ahora?

 El agua chocaba contra varias piedras. Distinguí una movediza, quizá gomosa, en el medio de la corriente. Me puse de pie, pensé que era un sapo. Más de cerca, noté una cabeza porosa y embarrada. Giraba lentamente hacia mí. Salté a tierra seca. Grité y salí corriendo, olvidé mis zapatillas. Al mirar atrás para ver si la cabeza me seguía, me llevé por delante el tronco de un mamón. Todo quedó negro.

 

 Abrí los ojos, los enfermeros y los líderes me rodeaban en la cocina. Dijeron que me había golpeado la cabeza: no les conté que me asustó el chico del arroyo. Me toqué la frente. Dolía: apareció un bruto chichón.

Supe con quién hablar para esclarecer la situación en el campamento, le decíamos “El Abuelo”; era el líder más ducho. Quería encontrarlo libre de quehaceres: como era el más experimentado, daba ideas y consejos. En la noche, la organización del juego de luces y sonidos hizo la oportunidad perfecta.

Tony tomó el micrófono mientras cenábamos.

—¡Hola, chicos! Bueno, primero, buen provecho. Les recuerdo que está prohibido jugar cerca de la cascada, es muy peligroso. Vamos a acompañarlos durante las corridas, así vigilamos que no hagan macana o alguna trampa. Cada equipo tiene su color y la lista de pistas a seguir y de cosas a encontrar en la oscuridad. ¡Vamos a ver quién gana! ¡Mucha suerte a todos!

Los chicos más grandes reforzaban con doble nudo sus cordones. La última vez que yo jugué, me gané como premio un par de puntos en el brazo: una rama se había enganchado con mi remera, pisé mal y caí a un pozo de tierra. No iba a jugar hoy, aunque se enojaran conmigo si perdía mi equipo: eso era mejor que ir al hospital. Me quedé en el quincho, sentado en el suelo esperando a que el juego terminase. Cerca de los parlantes estaba el hombre que buscaba. Se había sentado en el murito con la cara al campo y me daba la espalda. Buscaba algo en su bolso. 

La verdad, quería acercarme al Abuelo sin interrumpirlo y esperé a que terminara de buscar. Vi un afiche amarillo y arrugado pegado a medias en una pared de madera al fondo. Me levanté a mirar de cerca. El afiche mostraba las fotos grupales de campamentos anteriores. Los líderes, seguramente, las habían recuadrado con marcador verde. Entre las caras del verano del año 2008, yo sonreía sin dientes; posaba con las manos en la espalda medio en cuero, con un short flojo de Adidas.

El Abuelo aparecía detrás de los chicos con su porra de rulos y bigotes. El tipo tendría ahora unos treinta y cinco o cuarenta años. Juan me contaba que era muy simpático. Qué raro. No recordaba haberlo visto en mi primer campamento. Quizá porque era chiquito. Sí recordaba que mis papás se quedaron conmigo.

En otras fotos salía un grupo con los choferes uniformados de la empresa. Los tipos llevaban puesta una camisa celeste con el logo de anclas cruzadas de “Don Fernando”.

Dejé de dar vueltas y me animé a hablar.

—Abuelo. —El Abuelo giró para verme. Había sacado del bolso dos enormes cuchillos; yo nunca había visto cuchillos tan grandes. Los afilaba entre sí.

—¡Hola, campeón! ––me dijo, sonriendo––, ¿cómo estás de tu caída a la siesta?

Me miró y después se concentró en el quejido de las hojas de acero; chocaban a un ritmo preciso.  

Me rasqué la cabeza.

—Bien. —El Abuelo curtía los filos, concentrado. —Quería consultarte algo. Tony contó una historia en el fogón, la historia del nene del arroyo.

—Sí. —Paró de afilar. La sonrisa del primer momento había desaparecido. Guardó uno de los cuchillos y sacó una piedra. Al mirarla, se me erizaron los vellos del brazo: la piedra tenía la misma textura porosa que la cabeza del nene ahogado. El Abuelo afiló con más presión: los largos chirridos arañaban mis tímpanos.

—Pasó cuando yo era adolescente, y vivía entre Campo Viera y Campo Ramón. El nene era tímido porque sólo hablaba portuñol: sus padres eran brasileros. No me acuerdo el nombre. —Se puso de pie. Me palmeó fuerte la espalda. —¡Vamos, Albany! Ya estás grande para asustarte. Tony exagera. ¡Son inventos! ¡Andá a jugar con los demás!

La otra mano no soltó el cuchillo, como me hubiera gustado. Hice una mueca, chasqueé la lengua, y caminé hacia la carpa.

Antes de entrar, Juan me agarró del hombro. Dijo que su equipo, el azul, había conseguido todas las pistas.

—¡Felicidades! —dije abriendo el cierre, y gateando hacia adentro––. Ahora quiero dormir un ratito.

Enrollé un abrigo para usarlo de almohada.

Los ganadores fueron anunciados con bombos y platillos. Era imposible conciliar el sueño con esos gritos, aplausos y agites de banderines. Una voz grave pronunció mi nombre, y Juan vino a buscarme.

         —¡Nos toca la guardia! —dijo, sacudiéndome—. Recién sortearon, tendremos el campamento entero sólo para nosotros. Vas a tener el diario donde podemos registrar cada momento de la noche. Mañana temprano en el desayuno vamos a leerlo frente a todos. ¿Qué estás esperando? ¡Dale! ¡Arriba!

A Juan le gustaba ser el centro de la atención.

Los líderes debían dormir a las doce y levantarse a las cinco de la mañana para prepararnos el desayuno y después despertarnos con golpes de ollas. Así que todas las noches sorteaban los nombres para formar una nueva guardia.  

         Entre los cantos de horneros perdidos, luciérnagas, un coro de chicharras y lagartijas escurridizas, quise describir en el diario la particular cara de Juan cuando por fin descubrió que ser guardia en turno noche era aburrido.

Jugamos a las cartas con mate de por medio. Las cucarachas recorrían el piso del quincho como Ferraris en autopista. Pensé en Camila y en el arroyo, ahora vigilado por nosotros.

Fui a preparar un café en la cocina y vi un par de luces cerca de la cascada.

—¡Ey! ¡Ese lugar está prohibido! ¡Ey! —Dejé mi taza sobre la mesa y tomé la linterna. Hice una señal a Juan de ir a investigar.

Escuchamos la cascada y vimos el abundante barrial. Caminamos despacio para no resbalarnos. Aun así, Juan no pudo mantener el equilibrio, se agarró a la manga de mi buzo y caímos juntos. Después se levantó rápido y corrió hacia el quincho, dejándome solo. Más cagón este Juan. Me puse de pie y me sacudí las botamangas del pantalón. Rocé la suela de la zapatilla contra el pasto para quitarme el barro: había manchado parte de los cordones y la tela. Dios, ese barro ñaú no iba a salir ni con diez lavadas.

Un viento helado envolvió mis brazos, y la linterna parpadeó. Culpé a la batería; la golpeé contra la palma de mi mano y largó la luz.

Di la espalda al arroyo y quise ir hacia el quincho, pero algo me agarró el pie y me tumbó. La fuerza tironeaba hacia el arroyo. Intenté aferrarme a cualquier cosa. Los toritos raspaban mi cara. Me di vuelta y alumbré: lo que me agarraba el tobillo era una mano que salía de una manga celeste. En segundos un hombrón con camisa me sacó la linterna y la arrojó al barro. La claridad iluminó el torrente y la cabeza del chico del arroyo. Las manotas rodearon mi cuello y presionaron. Mis dedos embarrados ensuciaban la tela y el bordado de dos anclas. Empujé con fuerza el pecho del hombre. Intenté pegarle rodillazos, pero el peso del tipo me inmovilizaba las piernas. No podía verle bien la cara o el resto del cuerpo.

Unos chirridos paralizaron mi corazón. Los había escuchado antes: ¡eran los cuchillos del Abuelo! Y se acercaban. No me salían los gritos con esas manoplas en la garganta. Todo mi cuerpo temblaba, a punto de rendirse.

En eso vi surgir del agua la cabeza grisácea, desprendiendo trozos de barro. La luz dibujó un cuerpito horripilante que se deslizaba hacia la orilla. El nene ahogado pisó la tierra, y una manta de hielo cubrió el barro y congeló el pasto. La linterna titilaba cada vez más rápido y después nos encandiló. El nene decía palabras inentendibles que resonaban en mi mente; quizás en la mente del hombrón uniformado también.

—Xô Satanás! —gritó el niño del arroyo, y el foquito de la linterna reventó.

 

Desperté en la cocina, otra vez. Juan dijo que tuve un accidente. Me habían encontrado desvanecido cerca de la cascada, y llamaron a mis padres. No quise contarles nada: no quería ser como Juan. Solamente quería volver a casa y olvidarme de los cuchillos, del niño del arroyo, del Abuelo y del chofer. ¿Qué tal si esos dos se enteraban de que yo abrí la boca?

Mis padres, cuando supieron que yo estaba bien, prefirieron que volviera con mis amigos en el colectivo en vez de venirme a buscar; era un consuelo de último día.

Temprano y de a poco sacamos los carteles, desenterramos las estacas. Juan doblaba las varillas y yo recogía las pelotas.

Guardé mis cosas en la mochila. Faltaba la linterna, y yo sabía dónde estaba. Lo mejor sería volver y mentir en casa. Si papá me preguntaba: “¿Dónde está la linterna que te presté?”, le contestaría que la había perdido. Igual no le iba a servir de nada una linterna rota. Pero la Fenix le había costado caro, había ahorrado dos meses para comprarla. ¡Fa! Tenía que ir a buscarla a toda costa.

Me acerqué al arroyo, y descubrí al Abuelo merodeando en la orilla. Se acuclilló y tomó mi linterna, examinándola.

—Abuelo —dije, nervioso—, es mía. La perdí en la guardia. —Tendí la mano. —Me salió cara. Qué suerte que la encontraste.

Detrás de nosotros, los chicos desarmaban las carpas y juntaban los bolsos.

El Abuelo se puso de pie y caminó hacia mí. Me mostró el cabezal trincado y el foquito roto.

—Tené cuidado. —La agarré, pero él no la soltó. —No vaya a ser que en el próximo campamento andes solo y sin linterna.

Se la quité de un manotazo. Un viento desprendió las hojas de la morera atrás del Abuelo y las hizo bailar en remolino. Escuché susurros y vi de nuevo la piedra en la cascada. El Abuelo había tensado la mandíbula, y la ventisca levantaba su cabellera. Los susurros pararon. El tipo me saludó con una sonrisa macabra. Corrí hacia el quincho donde habíamos dejado el montículo de bolsos y valijas.

Hicimos fila para subir al colectivo. La fila era eterna, yo me mordía las uñas. Miraba hacia atrás y buscaba al Abuelo. Cuando subí al micro, quedé pasmado: el chofer tenía el mismo porte huesudo, la misma camisa y el logo que yo había visto en el arroyo.

Fui a sentarme rápido, bien atrás. La espalda del negro era enorme, sus manos ahorcaban el volante.

Acaso él había intentado ahogar a Camila después del partido. Él y el Abuelo debían ser cómplices. Tragué saliva.

Juan llegó y se sentó desganado en el asiento al lado mío.

—Che, Juan, ¿dónde suelen dormir los choferes?

—Hay una casita en el campo de al lado. La mayoría se van, pero los dueños del quincho les suelen ofrecer esa casa para quedarse y esperarnos. —Alzó los hombros—. Qué sé yo, algunos se quedan.

 

Cuando llegué a casa, le comenté la situación a mamá. Primero me retó porque no le había contado nada, dijo que era un irresponsable. Después me abrazó y me animé a llorar, al fin, envuelto en sus brazos. Ella prometió tomar cartas en el asunto.

 

A veces, en la cena, mis padres suelen hablar de una denuncia, de un juicio contra el chofer y el Abuelo por tráfico de órganos. Parece que los guachos planificaban campamentos de verano en distintos rincones perdidos del país, y elegían cuidadosamente a las víctimas. Esperaban el momento para atacarlas.

Yo la había sacado barata.

Ahora estoy aprendiendo a no preguntar, si no quiero saber la respuesta. Prefiero cerrar etapas. Los campamentos dejaron de gustarme hace mucho.

Nos dejaron de gustar, a Camila y a mí. 

sábado, 28 de agosto de 2021

La maldita cloaca de Villa Dolores



La maldita cloaca de Villa Dolores


 

Testigo

 

Corro y el colectivo arranca, mis tacos altos resbalan en las piedras lisas. Respiro agitada; lo dejo ir: igual iba a llegar tarde. Las arcadas hacen que me detenga, me apoyo sobre la balaustrada del puente. El olor no se aguanta, es mal lugar para respirar hondo. Me tapo la nariz y veo abajo a un hombre mirando el interior del túnel. Está metido hasta las rodillas en las aguas podridas. No puede ahogarse ahí, no es profundo. Miro alrededor; no hay policía cerca:

—¡Señor! ¡Oiga! ¡¿Qué hace?!

El hombre no reacciona, capaz es sordo. Hago señas con los brazos. Es canoso; ¿cuántos años tendrá? Cincuenta, sesenta. Fuerzo los ojos su mandíbula se mueve, murmura algo, está hablado con alguien. Retrocedo para ver si hay algo al otro lado del túnel. Su calvicie me tapa un poco; solo está la luz de mediodía, no hay nadie. Me recuerda a mi abuelo, es parecido.

—¡Oiga, señor! ¡Esa agua está suciaaa!

No escucha, se va a enfermar nomás. Suspiro. No es indigente: el pantalón verde musgo y la camisa se ven impecables. Todos están ocupados acá arriba: una mujer espera en la parada, otro oficinista camina con auriculares, una viejita sale del edificio de enfrente con el carrito de compras. ¿Soy la única que ve a este hombre? A lo mejor perdió algún perro o gato y lo está llamando, aunque, si fuera así, lo escucharía. Se le habrá caído un reloj o teléfono desde el puente, pero el viejo no tantea el suelo con manos o piernas. El abuelo me contaba historias acerca de esta cloaca… ¿No será eso? Nunca pude comprobar si me hablaba en serio o era mentira: era muy jodón. Decía que todos los deseos de muerte que se pedían acá se cumplían al pie de la letra. 

El hombre ahora camina hacia los bordes saliendo de la cloaca. ¡Y yo acá perdiendo el tiempo!

 

 

Jorge

 

En la superficie del agua efervescente nacían los deseos de Jorge. Con toda su alma quería la muerte del hombre que sembró la desconfianza en su matrimonio. Decía lo mismo una y otra vez y dejaba que estas palabras se impregnaran del olor nauseabundo de los excrementos. Embriagado por la posibilidad de su cumplimiento, no le importó el dolor de cabeza que le producía el túnel. Tuvo en claro cómo sucedería: Mauro aseguraría la puerta trabada desde dentro, apartaría la silla más precaria de la cocina y la arrastraría al medio de la sala, se pararía sobre ella, ataría el cinturón al tirante de madera y saltaría.

Mil veces se preguntó cómo podía Melisa haberse fijado en ese. Era notable su juventud, pero era un pobre albañil inculto, sin aspiraciones. Vivía borracho los fines de semana en el bar. Jorge lo había visto brindar en las fiestas, pero nunca pensó que lo encontraría brindando con su mujer. 

Convencido de que los rumores del barrio eran ciertos, Jorge caminó dos cuadras para llegar a la cloaca.

 


 

Melisa

 

Melisa se cepilló su melena chocolate y se hizo una cola ajustada, ladeó la cabeza. La idea se había plantado en su mente como una semilla de cizaña y carcomía todos los pensamientos. Había que pedir el deseo frente a aquella cloaca rodeada de camalotes, ranas y basura, y se cumpliría al pie de la letra. Podría matarlo sin ensuciarse las manos y eso la hacía sonreír frente al espejo, marcando sus ojeras y pómulos pecosos.

Por fin era libre de las manipulaciones del viejo. Ahora podía opinar, viajar, y ver a otros hombres. Ya no quería complacerlo como antes; le daba igual lo que pensase, era problema de él. Pero, para empezar de cero, Melisa aún necesitaba la parte económica de la vida que habían llevado juntos. Se lo merecía por mantener vivo un matrimonio muerto por años y a pesar de la infidelidad con Mauro. ¿La cosa era de a dos, no? se preguntó. Fuimos dejados los dos, pensó. Antes de la separación hablaban anestesiados, y por último, la diferencia generacional entre ambos fue la excusa perfecta para dejar de hablar.

Cansada de las descalificaciones por ser mujer, quiso tomar lo suyo sin pedir permiso. No era justo: había invertido tanto en aquella casa donde ahora Jorge vivía cómodo.

Se enteró de varios chismes por sus anteriores vecinos: que Jorge actuaba raro, que ya no hablaba con los recolectores de basura ni le pedía a su amigo Beto, el kiosquero, que le corte el pasto. Salía poco y de noche las cortinas beige mostraban destellos violetas y azules, señal de que prendía la televisión antes de dormir.

Cuando se encontró con la estudiante en la parada de colectivos y habló con ella, confirmó que Jorge había sido consumido totalmente por el alcohol o la locura, porque según dijo, mientras iba a una entrevista laboral, lo había visto en una cloaca. Melisa la había conocido meses antes de la separación: alquiló el departamento en frente a la casa. “Me da pena, creo que debería cuidarle alguien. No quiero pensar mal, pero mi abuelo me contaba que esa cloaca maldita cumplía deseos de muerte”, recordó Melisa las palabras de la chica.

Se colocó la remera y el jogging, ató los cordones de las zapatillas, confiando en su intuición. Jorge era mezquino, y preferiría estar muerto antes que otorgarle dinero, o parte del mobiliario, a pedido suyo. Daba las gracias por no haber prestado el cuerpo para un hijo producto del piquito ruidoso y vacío que se daban. Guardó en una bolsa las fotos, anillos, cartas, dibujos del pasado juntos con la ayuda de Mauro, la tiró desde el puente y vio cómo flotaba en agua estancada.

Melisa y Mauro abandonaron la balaustrada y se adentraron en la maleza. Al descender los promontorios de barro húmedo, hundieron sus pantorrillas en aguas verdeazuladas de camalotes. Botellas y latas chocaron entre sí gracias a la ventisca seca. Los amantes se tomaron las manos, cerraron los ojos, pronunciaron la misma frase en voz alta y al unísono, sonrieron macabros.

 

 

Melisa entró a la casa. Cuando abrió la puerta, una copa de vino blanco sobre la mesita brilló por la luz del sol. Al lado de la biblioteca y desde el rincón de un sofá, Jorge yacía muerto con los ojos hacia la entrada. Como si estuviera esperando que ella volviera. La piel opaca e hinchada y la boca entreabierta y desviada la asombraron. Era muy probable que hubiera muerto durante la noche anterior, mientras pedían el deseo.

Sabía que aquella oportunidad no la encontraría dos veces. Había recordado que Jorge siempre guardaba un repuesto de la llave bajo la maceta; si alguien preguntaba por qué estaba allí, ella diría que era la viuda y gimotearía falsamente con un pañuelo de tela mal doblado en su bolsillo. Simularía guardar luto por el repentino descubrimiento, y se iría llorando, con toda la plata que había podido juntar en sus bolsillos, antes de que algún familiar viniera.

Cuando Melisa volvió a su departamento, no pudo abrir la puerta: la manija se atoró. Una sombra tambaleaba en el umbral. Llamó varias veces a Mauro, y como no escuchó nada, golpeó la puerta sin gritar para no asustar a los inquilinos. No pudo contener la bronca, su respiración ardía. Finalmente el portero pegó una patada a la manija.

Mauro colgaba lánguido de su propio cinturón.

 

 

 

Testigo

 

La cloaca no era peligrosa antes, jugábamos ahí. Después nos retaban, pero no había otro lugar más lindo para ir: los parques recién se construían y las hamacas no había llegado a instalarse. Hundíamos nuestros barquitos y éstos navegaban hasta despedazarse en el fondo del túnel. Encontrábamos muchos objetos: anillos, pulseras, juguetes. El lugar en sí no cambió, hace cincuenta años es igual, juraría que hasta el agua es la misma.

Nadie vigila ese lugar; los desechos del barrio se conectan y fluyen, y quizás se materializan en muertes ocultas detrás de la vergüenza o el orgullo. Capaz el abuelo tenía razón: el lugar revive los demonios internos.

¿Qué había pasado? Él me había contado hace años, pero no recuerdo. ¿Qué era? ¡Ah, siií! Como me había portado mal ese día, pensé que era joda la historia. Pero como últimamente en el barrio vienen aconteciendo muertes inesperadas y en cadena, no puede ser coincidencia. El abuelo, che, qué grande, cómo lo extraño, tanto me hacía reír, después me dolía la panza todo el día, como si hubiera hecho abdominales.

Aquel día mamá se había enojado porque vinimos sucios a la mesa después de jugar en la cloaca. El abuelo me llamó aparte rescatándome de los retos, y sentado en su banquito de madera, me contó la historia:

“Ana Labroz era una inmigrante austríaca, había venido embarcada de Buenos Aires con su familia para trabajar la tierra. Era la más hermosa del pueblo, y ni bien llegó se enamoró de un negro. Los padres, claro, lo rechazaron por su color de piel. Los novios, frustrados y no avistando futuro juntos, decidieron fugarse y prometieron encontrarse en la cloaca para escapar por el túnel subterráneo sin ser vistos. Pero una mujer los descubrió y dio aviso a los padres de Ana. Enojados, fueron hasta el lugar con una escopeta para asustar a los fugitivos. Las velas no alumbraban muy bien, así que dispararon al aire y llamaron a Ana para que saliera del escondite. Pero ninguno salió para enfrentarlos. El padre decidió entrar al agua con la escopeta y volvió a gritar: ‘¡Ana!’ Entonces sintió un forcejeo en su arma y descerrajó un tiro. Mató a su propia hija de un disparo en la cabeza. Ella cayó muerta al instante. Loco de rabia, el padre buscó a su mal arreado yerno, escuchó rocas moviéndose y lo avistó, mediante los candelabros, escalando el monte para llegar al camino de tierra. La madre gritó, y el viejo lo mató sin dudar.

Dicen que la pareja quiso matar al padre de Ana en aquel momento, otros dicen que sólo querían despistarlo. Lo cierto es que, después de eso, todos los que pidan la muerte de alguien en ese lugar, tienen su recompensa”.

 

 

 

miércoles, 7 de julio de 2021

Perdido en el laberinto



Perdido en el laberinto


En veinticinco años de médico clínico, el escepticismo de Chong sólo había ido en aumento. Acostumbrado a encontrar la explicación racional adecuada para todo acontecimiento, no había espacio en su corazón para creer en razones más allá de la ciencia. Y desde la muerte de Laura, mucho menos.

Los delirios de la fiebre y la tristeza obligaron a Chong a quedarse en la cama, imaginaba cómo trabajaban las defensas de su cuerpo. Y en lugar de concentrarse en el luto, se preguntaba cómo les estaría yendo a todos en el hospital: la responsabilidad de ser el director le obligaba a recuperarse rápido.

Cansado de divagar en pensamientos, salió por fin al patio y lo encontró desprolijo y enmarañado de hierbas: desde la muerte de Laura, nadie se ocupaba de cuidarlo.

El viento de la tormenta de Santa Rosa sacudía las palmeras, el calor había cedido. Chong quedó de pie frente al laberinto de madreselva para disfrutar del frescor. La rigidez de una pared de hojas, a pesar del intenso viento, llamó su atención. Se adentró en el laberinto, acercándose a la pared inmóvil mientras todo a su alrededor entraba en caos. Oía la lluvia en la lejanía, unas gotitas le mojaron la cara. Se agachó de cuclillas para tocar la tierra, era áspera y roja, y no concordaba con el césped húmedo que pisaba. Atravesó la pared del laberinto y notó era más extenso de lo que recordaba. Una luz lo cegó y vio el día radiante, y se vio las sandalias manchadas de polvo.

Levantó la vista siguiendo la imponente cueva que se alzaba frente a él, inmersa en una montaña cuyo pico ascendía hasta perderse en el cielo. Asustado, miró alrededor en busca su laberinto de madreselva, pero sólo halló el borde de un precipicio. Abajo había un valle y un lago, que conformaban el fondo circular de una hoya de rocas. Chong creyó que la medicación le había pegado fuerte, y que todo era un sueño del que despertaría pronto.

De la boca negra de la cueva vio salir a una mujer vestida con armadura y empuñando una lanza. Chong aguantó la respiración, deseando que la visión se esfumara en cualquier momento. Pero detrás de la amenazante figura emergieron unas alas luminosas. Tras observarlo un instante, el ángel corrió hacia él y con la lanza se le abalanzó y lo empujó hacia el abismo. Chong gritó y cerró los ojos esperando lo peor. Pero otra fuerza lo sostuvo en el aire.

Se animó a abrir los ojos, vio sombras de alas detrás de sí proyectadas por el sol sobre las rocas. Quizás se arrepintió de matarme, pensó confundido.

―¿Estás perdido? Puedo llevarte al lugar que quieras.

Escuchó del ángel aquellas palabras acompañadas de suaves aleteos, y en su interior brotó la calma.

Entonces Chong lo supo: se trataba de una mujer distinta a quien lo había empujado.

―¿Laura, sos vos? ―preguntó dolido.

―¿Quién es Laura?

La dulce voz le recordó aún más a su difunta esposa, y contuvo el llanto: hacía tanto que no sentía, hacía tanto que no sentía absolutamente nada. En su pecho nació la esperanza de ver a Laura de nuevo, y olvidarse del mundo de donde venía. Aquella realidad llena de causalidades racionales para fundamentar todo acontecimiento.

Atragantado con las palabras, arrugó el mentón y no pudo responder. Levantó la cabeza para intentar descubrir el rostro de su heroína, pero ella se confundía con el sol. Rendido, mantuvo la vista en el paisaje que sobrevolaban. Señaló temblando el valle, supuso que allí habría un laberinto de madreselva parecido al de su jardín.

Ella dejó al hombre en el lugar indicado, y vio familiaridad en aquellos ojos cafés. Algo en su interior ardió, como si quisiera recuperar recuerdos de otra vida, una anterior a esta, de batallas constantes. Mientras ascendía, concluyó que necesitaba bendecirlo: así guardaría su esencia:

―Yo te amparo de noche y de día, buen viaje. Nos veremos cuando tengas esperanza y fe.

Chong entró en su casa por la puerta trasera y se acostó en la cama. El perfume de Laura había invadido la habitación.