domingo, 12 de septiembre de 2021

Guardia en el campamento

 

 


  

  

  

Guardia en el campamento

 

I

 

En la noche del 20 de enero de 2014, vimos una estrella fugaz, pedí un deseo y hasta pasadas las tres o cuatro de la mañana, fue el mejor campamento de mi existencia.

Cada tanto te hacía ojitos de lejos, aunque no siempre podía: los varones teníamos que ayudar a traer o llevar las cosas pesadas de un lugar a otro, y las chicas hacían otras tareas. Ay, Camila, imposible olvidarte, primer amor.

Esa tarde habíamos colocado juntos la red en la cancha, y después, aprovechando que jugabas concentrada al vóley, agarré tus ojotas.

––¡Mirá, Camila! ¡Las voy a tirar al arroyo! ––te dije, y salí corriendo como loco. Igual no tardaste mucho en alcanzarme: corrías más rápido que un yaguareté. Habías jugado una hora más o menos con remates perfectos ––era una destreza ganada en los partidos intercolegiales, según me contaron––. El rebote de la pelota contra tus antebrazos nos emocionaba. “¡Vamos, Camila!” gritábamos.

 

Apilamos cajas de manzana, ramas, troncos viejos y planchas de cartones. Alguien empapó un trozo de algodón en alcohol de quemar y lo arrojó al medio. Un fósforo encendido y algo de ventilación bastaron para iniciar la fogata. Había costado mantenerla porque una brisa húmeda, que soplaba del torrente del arroyo, jugaba a apagarla.

El arroyo debía de aumentar su velocidad a la noche, o bullir con más fuerza o algo así: durante la conversación alrededor de la fogata, me esforzaba por escuchar las voces de mis compañeros. Como si la cascadita tragara toda charla y todo silencio posible.

Tony, el líder del campamento, contaba historias: eso le habíamos pedido para entretenernos antes de seguir con las actividades planeadas.

—¿Vieron el arroyo de aquel lado? ––dijo––. Hace muchos años, había un nene muy terrible. Era como el diablo haciendo jodas pesadas a todos los del campamento en cada verano: petardos en los quinchos, exceso de sal en las comidas, zapatillas enlazadas, medias desiguales, grillos en las bolsas de dormir, ropa y calzones manchados de harina… ––Camila y yo nos reímos recordando el verano pasado, cuando Juan amaneció un día tosiendo, con la cara y el cuello blancos.

Tony carraspeó. El fuego ensombrecía su mirada, los labios se le endurecieron. Habló con voz grave, cabizbajo:

––Un día el gurí se acercó al arroyo, escondió su cabeza debajo de las hojas de una morera para asustar al primero que quisiera descansar ahí cerca y…, ¡zas! Resbaló al agua. Sus piernas se enredaron entre las raíces y las rocas profundas, y no pudo salir a flote. Cuando la policía lo encontró, el cuello tenía marcas de asfixia, y una herida en la cabeza—suspiró—. Eso pasó hace muchos años.

—¿Se descubrió quién fue? —dije.

Tony frunció el ceño. Hizo una pausa. No había entendido.

—El asesino —aclaré—, ¿lo descubrieron?

Tony deslizó el dorso de su mano por debajo del mentón arrojándolo hacia delante: no tenía idea.

Nos fuimos a las carpas, abrimos las bolsas de dormir y nos acomodamos dentro.

Los chicos teníamos nuestro sector, y las chicas el suyo, así que no podía verte. Los ronquidos de Juan me impidieron cerrar los ojos; uno me latía sin querer. Más tarde, algo rozó mi oreja y desperté del susto: era el pie de Juan. Dios mío, Juan, ¡qué olor a pata!

En el ínterin había escuchado chapoteos cerca del arroyo, pero no les di importancia: debía de ser una rana o alguna comadreja.

—¡Se cayó! —gritó alguien.

¿Ahora qué pasa?, pensé, bostezando. Entreabrí el cierre de la carpa y espié más allá de la varilla; había una ronda de chicos alrededor de la cascada. Vi sombras proyectadas por linternas. A lo mejor, las chicas se fueron despertando de a poco: escuchaba voces distantes y las carpas se iluminaron.

—Parece que alguien se cayó al arroyo —contesté cuando Juan me preguntó por segunda vez qué pasaba.

Quisimos ir, pero los líderes nos prohibieron salir de la carpa y acercarnos al lugar. Los enfermeros del campamento hacían los primeros auxilios al chico caído.

Unos destellos verdes llamaron mi atención: venía a lo lejos una ambulancia. Cuando llegó, nadie nos vigilaba, y pudimos salir de la carpa. Vimos con más claridad quién era el desafortunado. ¡Nooo! Te habían colocado en una camilla. Mi pobre Camila, tan pálida, tan inconsciente… Y yo, que planeaba darte el mejor beso aquel verano. ¡¿Justo vos?!

Ni bien te metieron adentro, la ambulancia encendió la sirena, arrancó a toda velocidad y se perdió entre las sierras.

Los jefes nos obligaron a dormir y a no curiosear. Prometieron contarnos al día siguiente cómo se encontraba nuestra amiga. ¿Qué hacías en el arroyo de noche, Cami? Aprovechando el tumulto, me escapé hacia el sector de las chicas; me escondí detrás de tu carpa y esperé a que volvieran tus amigas. Las tres llegaron destrozadas.

—¿Me pueden explicar qué pasó? —susurré, en cuclillas, escondiéndome de los jefes.

—No sabemos. Camila estaba rara desde ayer. Escuchaba cosas. —La gordita dibujó con los dedos unas comillas en el aire.

—¡¿Cuáles cosas?!

Las chicas se miraron entre sí. Tardaron en responderme: a lo mejor hicieron alguna promesa a su amiga de no contar nada.

—Escuchaba que la llamaban por su nombre a la madrugada y salía de la carpa a ver quién era. Creímos que alguien le estaba haciendo una joda: nosotras nunca escuchamos nada porque a la noche dormimos como tronco —dijo la flaca y alta como jirafa.

Con las manos en los bolsillos pateé algunas piedritas en el camino; volví a la carpa.

 ¡¿Por qué no me contaste que salías sola a la madrugada?! Creí que éramos amigos. Si me contabas te iba a acompañar. ¡A donde sea! ¡Yo te hubiera protegido!

No pegué un ojo en toda la noche, las escenas se repetían en mi cabeza como una película en reversa: la conversación con las chicas; la ambulancia andando a toda velocidad; los enfermeros metiéndote en una camilla; tu cara blanca y tu cabello mojado; los destellos verdes de la sirena; los gritos; el chapoteo. 

Me levanté antes que los líderes y corrí a la cocina por novedades. Nadie sabía nada de vos. Ni sé qué hice en toda la mañana.

Al mediodía nos enteramos de que estabas bien y tus padres te habían buscado en el hospital. Suspiré: la noticia me sacó un peso de encima y juré ir a verte ni bien terminara el campamento.

 

II

 

Almorzamos arroz con pollo, jugamos a los escondites. Hacía tanto calor que, al menos por unos minutos, la corriente fresca del arroyo me llamaba. Fui a la siesta, sólo. Me saqué las zapatillas, me senté, hice un bollito con las medias y hundí los pies en el agua cristalina.

—¡Uh! ¡Qué frío! —Las ampollas me picaron. Expandí los dedos sobre la arena y dejaron de dolerme con el vaivén de las olitas. La orquesta de ranas era imparable. Los bagrecitos me comían la piel muerta dándome hormigueos en los tobillos: sonreí. Miré la cascada. El siseo de la corriente me hacía pensar en Camila. ¿Qué estará haciendo ahora?

 El agua chocaba contra varias piedras. Distinguí una movediza, quizá gomosa, en el medio de la corriente. Me puse de pie, pensé que era un sapo. Más de cerca, noté una cabeza porosa y embarrada. Giraba lentamente hacia mí. Salté a tierra seca. Grité y salí corriendo, olvidé mis zapatillas. Al mirar atrás para ver si la cabeza me seguía, me llevé por delante el tronco de un mamón. Todo quedó negro.

 

 Abrí los ojos, los enfermeros y los líderes me rodeaban en la cocina. Dijeron que me había golpeado la cabeza: no les conté que me asustó el chico del arroyo. Me toqué la frente. Dolía: apareció un bruto chichón.

Supe con quién hablar para esclarecer la situación en el campamento, le decíamos “El Abuelo”; era el líder más ducho. Quería encontrarlo libre de quehaceres: como era el más experimentado, daba ideas y consejos. En la noche, la organización del juego de luces y sonidos hizo la oportunidad perfecta.

Tony tomó el micrófono mientras cenábamos.

—¡Hola, chicos! Bueno, primero, buen provecho. Les recuerdo que está prohibido jugar cerca de la cascada, es muy peligroso. Vamos a acompañarlos durante las corridas, así vigilamos que no hagan macana o alguna trampa. Cada equipo tiene su color y la lista de pistas a seguir y de cosas a encontrar en la oscuridad. ¡Vamos a ver quién gana! ¡Mucha suerte a todos!

Los chicos más grandes reforzaban con doble nudo sus cordones. La última vez que yo jugué, me gané como premio un par de puntos en el brazo: una rama se había enganchado con mi remera, pisé mal y caí a un pozo de tierra. No iba a jugar hoy, aunque se enojaran conmigo si perdía mi equipo: eso era mejor que ir al hospital. Me quedé en el quincho, sentado en el suelo esperando a que el juego terminase. Cerca de los parlantes estaba el hombre que buscaba. Se había sentado en el murito con la cara al campo y me daba la espalda. Buscaba algo en su bolso. 

La verdad, quería acercarme al Abuelo sin interrumpirlo y esperé a que terminara de buscar. Vi un afiche amarillo y arrugado pegado a medias en una pared de madera al fondo. Me levanté a mirar de cerca. El afiche mostraba las fotos grupales de campamentos anteriores. Los líderes, seguramente, las habían recuadrado con marcador verde. Entre las caras del verano del año 2008, yo sonreía sin dientes; posaba con las manos en la espalda medio en cuero, con un short flojo de Adidas.

El Abuelo aparecía detrás de los chicos con su porra de rulos y bigotes. El tipo tendría ahora unos treinta y cinco o cuarenta años. Juan me contaba que era muy simpático. Qué raro. No recordaba haberlo visto en mi primer campamento. Quizá porque era chiquito. Sí recordaba que mis papás se quedaron conmigo.

En otras fotos salía un grupo con los choferes uniformados de la empresa. Los tipos llevaban puesta una camisa celeste con el logo de anclas cruzadas de “Don Fernando”.

Dejé de dar vueltas y me animé a hablar.

—Abuelo. —El Abuelo giró para verme. Había sacado del bolso dos enormes cuchillos; yo nunca había visto cuchillos tan grandes. Los afilaba entre sí.

—¡Hola, campeón! ––me dijo, sonriendo––, ¿cómo estás de tu caída a la siesta?

Me miró y después se concentró en el quejido de las hojas de acero; chocaban a un ritmo preciso.  

Me rasqué la cabeza.

—Bien. —El Abuelo curtía los filos, concentrado. —Quería consultarte algo. Tony contó una historia en el fogón, la historia del nene del arroyo.

—Sí. —Paró de afilar. La sonrisa del primer momento había desaparecido. Guardó uno de los cuchillos y sacó una piedra. Al mirarla, se me erizaron los vellos del brazo: la piedra tenía la misma textura porosa que la cabeza del nene ahogado. El Abuelo afiló con más presión: los largos chirridos arañaban mis tímpanos.

—Pasó cuando yo era adolescente, y vivía entre Campo Viera y Campo Ramón. El nene era tímido porque sólo hablaba portuñol: sus padres eran brasileros. No me acuerdo el nombre. —Se puso de pie. Me palmeó fuerte la espalda. —¡Vamos, Albany! Ya estás grande para asustarte. Tony exagera. ¡Son inventos! ¡Andá a jugar con los demás!

La otra mano no soltó el cuchillo, como me hubiera gustado. Hice una mueca, chasqueé la lengua, y caminé hacia la carpa.

Antes de entrar, Juan me agarró del hombro. Dijo que su equipo, el azul, había conseguido todas las pistas.

—¡Felicidades! —dije abriendo el cierre, y gateando hacia adentro––. Ahora quiero dormir un ratito.

Enrollé un abrigo para usarlo de almohada.

Los ganadores fueron anunciados con bombos y platillos. Era imposible conciliar el sueño con esos gritos, aplausos y agites de banderines. Una voz grave pronunció mi nombre, y Juan vino a buscarme.

         —¡Nos toca la guardia! —dijo, sacudiéndome—. Recién sortearon, tendremos el campamento entero sólo para nosotros. Vas a tener el diario donde podemos registrar cada momento de la noche. Mañana temprano en el desayuno vamos a leerlo frente a todos. ¿Qué estás esperando? ¡Dale! ¡Arriba!

A Juan le gustaba ser el centro de la atención.

Los líderes debían dormir a las doce y levantarse a las cinco de la mañana para prepararnos el desayuno y después despertarnos con golpes de ollas. Así que todas las noches sorteaban los nombres para formar una nueva guardia.  

         Entre los cantos de horneros perdidos, luciérnagas, un coro de chicharras y lagartijas escurridizas, quise describir en el diario la particular cara de Juan cuando por fin descubrió que ser guardia en turno noche era aburrido.

Jugamos a las cartas con mate de por medio. Las cucarachas recorrían el piso del quincho como Ferraris en autopista. Pensé en Camila y en el arroyo, ahora vigilado por nosotros.

Fui a preparar un café en la cocina y vi un par de luces cerca de la cascada.

—¡Ey! ¡Ese lugar está prohibido! ¡Ey! —Dejé mi taza sobre la mesa y tomé la linterna. Hice una señal a Juan de ir a investigar.

Escuchamos la cascada y vimos el abundante barrial. Caminamos despacio para no resbalarnos. Aun así, Juan no pudo mantener el equilibrio, se agarró a la manga de mi buzo y caímos juntos. Después se levantó rápido y corrió hacia el quincho, dejándome solo. Más cagón este Juan. Me puse de pie y me sacudí las botamangas del pantalón. Rocé la suela de la zapatilla contra el pasto para quitarme el barro: había manchado parte de los cordones y la tela. Dios, ese barro ñaú no iba a salir ni con diez lavadas.

Un viento helado envolvió mis brazos, y la linterna parpadeó. Culpé a la batería; la golpeé contra la palma de mi mano y largó la luz.

Di la espalda al arroyo y quise ir hacia el quincho, pero algo me agarró el pie y me tumbó. La fuerza tironeaba hacia el arroyo. Intenté aferrarme a cualquier cosa. Los toritos raspaban mi cara. Me di vuelta y alumbré: lo que me agarraba el tobillo era una mano que salía de una manga celeste. En segundos un hombrón con camisa me sacó la linterna y la arrojó al barro. La claridad iluminó el torrente y la cabeza del chico del arroyo. Las manotas rodearon mi cuello y presionaron. Mis dedos embarrados ensuciaban la tela y el bordado de dos anclas. Empujé con fuerza el pecho del hombre. Intenté pegarle rodillazos, pero el peso del tipo me inmovilizaba las piernas. No podía verle bien la cara o el resto del cuerpo.

Unos chirridos paralizaron mi corazón. Los había escuchado antes: ¡eran los cuchillos del Abuelo! Y se acercaban. No me salían los gritos con esas manoplas en la garganta. Todo mi cuerpo temblaba, a punto de rendirse.

En eso vi surgir del agua la cabeza grisácea, desprendiendo trozos de barro. La luz dibujó un cuerpito horripilante que se deslizaba hacia la orilla. El nene ahogado pisó la tierra, y una manta de hielo cubrió el barro y congeló el pasto. La linterna titilaba cada vez más rápido y después nos encandiló. El nene decía palabras inentendibles que resonaban en mi mente; quizás en la mente del hombrón uniformado también.

—Xô Satanás! —gritó el niño del arroyo, y el foquito de la linterna reventó.

 

Desperté en la cocina, otra vez. Juan dijo que tuve un accidente. Me habían encontrado desvanecido cerca de la cascada, y llamaron a mis padres. No quise contarles nada: no quería ser como Juan. Solamente quería volver a casa y olvidarme de los cuchillos, del niño del arroyo, del Abuelo y del chofer. ¿Qué tal si esos dos se enteraban de que yo abrí la boca?

Mis padres, cuando supieron que yo estaba bien, prefirieron que volviera con mis amigos en el colectivo en vez de venirme a buscar; era un consuelo de último día.

Temprano y de a poco sacamos los carteles, desenterramos las estacas. Juan doblaba las varillas y yo recogía las pelotas.

Guardé mis cosas en la mochila. Faltaba la linterna, y yo sabía dónde estaba. Lo mejor sería volver y mentir en casa. Si papá me preguntaba: “¿Dónde está la linterna que te presté?”, le contestaría que la había perdido. Igual no le iba a servir de nada una linterna rota. Pero la Fenix le había costado caro, había ahorrado dos meses para comprarla. ¡Fa! Tenía que ir a buscarla a toda costa.

Me acerqué al arroyo, y descubrí al Abuelo merodeando en la orilla. Se acuclilló y tomó mi linterna, examinándola.

—Abuelo —dije, nervioso—, es mía. La perdí en la guardia. —Tendí la mano. —Me salió cara. Qué suerte que la encontraste.

Detrás de nosotros, los chicos desarmaban las carpas y juntaban los bolsos.

El Abuelo se puso de pie y caminó hacia mí. Me mostró el cabezal trincado y el foquito roto.

—Tené cuidado. —La agarré, pero él no la soltó. —No vaya a ser que en el próximo campamento andes solo y sin linterna.

Se la quité de un manotazo. Un viento desprendió las hojas de la morera atrás del Abuelo y las hizo bailar en remolino. Escuché susurros y vi de nuevo la piedra en la cascada. El Abuelo había tensado la mandíbula, y la ventisca levantaba su cabellera. Los susurros pararon. El tipo me saludó con una sonrisa macabra. Corrí hacia el quincho donde habíamos dejado el montículo de bolsos y valijas.

Hicimos fila para subir al colectivo. La fila era eterna, yo me mordía las uñas. Miraba hacia atrás y buscaba al Abuelo. Cuando subí al micro, quedé pasmado: el chofer tenía el mismo porte huesudo, la misma camisa y el logo que yo había visto en el arroyo.

Fui a sentarme rápido, bien atrás. La espalda del negro era enorme, sus manos ahorcaban el volante.

Acaso él había intentado ahogar a Camila después del partido. Él y el Abuelo debían ser cómplices. Tragué saliva.

Juan llegó y se sentó desganado en el asiento al lado mío.

—Che, Juan, ¿dónde suelen dormir los choferes?

—Hay una casita en el campo de al lado. La mayoría se van, pero los dueños del quincho les suelen ofrecer esa casa para quedarse y esperarnos. —Alzó los hombros—. Qué sé yo, algunos se quedan.

 

Cuando llegué a casa, le comenté la situación a mamá. Primero me retó porque no le había contado nada, dijo que era un irresponsable. Después me abrazó y me animé a llorar, al fin, envuelto en sus brazos. Ella prometió tomar cartas en el asunto.

 

A veces, en la cena, mis padres suelen hablar de una denuncia, de un juicio contra el chofer y el Abuelo por tráfico de órganos. Parece que los guachos planificaban campamentos de verano en distintos rincones perdidos del país, y elegían cuidadosamente a las víctimas. Esperaban el momento para atacarlas.

Yo la había sacado barata.

Ahora estoy aprendiendo a no preguntar, si no quiero saber la respuesta. Prefiero cerrar etapas. Los campamentos dejaron de gustarme hace mucho.

Nos dejaron de gustar, a Camila y a mí. 

sábado, 28 de agosto de 2021

La maldita cloaca de Villa Dolores



La maldita cloaca de Villa Dolores


 

Testigo

 

Corro y el colectivo arranca, mis tacos altos resbalan en las piedras lisas. Respiro agitada; lo dejo ir: igual iba a llegar tarde. Las arcadas hacen que me detenga, me apoyo sobre la balaustrada del puente. El olor no se aguanta, es mal lugar para respirar hondo. Me tapo la nariz y veo abajo a un hombre mirando el interior del túnel. Está metido hasta las rodillas en las aguas podridas. No puede ahogarse ahí, no es profundo. Miro alrededor; no hay policía cerca:

—¡Señor! ¡Oiga! ¡¿Qué hace?!

El hombre no reacciona, capaz es sordo. Hago señas con los brazos. Es canoso; ¿cuántos años tendrá? Cincuenta, sesenta. Fuerzo los ojos su mandíbula se mueve, murmura algo, está hablado con alguien. Retrocedo para ver si hay algo al otro lado del túnel. Su calvicie me tapa un poco; solo está la luz de mediodía, no hay nadie. Me recuerda a mi abuelo, es parecido.

—¡Oiga, señor! ¡Esa agua está suciaaa!

No escucha, se va a enfermar nomás. Suspiro. No es indigente: el pantalón verde musgo y la camisa se ven impecables. Todos están ocupados acá arriba: una mujer espera en la parada, otro oficinista camina con auriculares, una viejita sale del edificio de enfrente con el carrito de compras. ¿Soy la única que ve a este hombre? A lo mejor perdió algún perro o gato y lo está llamando, aunque, si fuera así, lo escucharía. Se le habrá caído un reloj o teléfono desde el puente, pero el viejo no tantea el suelo con manos o piernas. El abuelo me contaba historias acerca de esta cloaca… ¿No será eso? Nunca pude comprobar si me hablaba en serio o era mentira: era muy jodón. Decía que todos los deseos de muerte que se pedían acá se cumplían al pie de la letra. 

El hombre ahora camina hacia los bordes saliendo de la cloaca. ¡Y yo acá perdiendo el tiempo!

 

 

Jorge

 

En la superficie del agua efervescente nacían los deseos de Jorge. Con toda su alma quería la muerte del hombre que sembró la desconfianza en su matrimonio. Decía lo mismo una y otra vez y dejaba que estas palabras se impregnaran del olor nauseabundo de los excrementos. Embriagado por la posibilidad de su cumplimiento, no le importó el dolor de cabeza que le producía el túnel. Tuvo en claro cómo sucedería: Mauro aseguraría la puerta trabada desde dentro, apartaría la silla más precaria de la cocina y la arrastraría al medio de la sala, se pararía sobre ella, ataría el cinturón al tirante de madera y saltaría.

Mil veces se preguntó cómo podía Melisa haberse fijado en ese. Era notable su juventud, pero era un pobre albañil inculto, sin aspiraciones. Vivía borracho los fines de semana en el bar. Jorge lo había visto brindar en las fiestas, pero nunca pensó que lo encontraría brindando con su mujer. 

Convencido de que los rumores del barrio eran ciertos, Jorge caminó dos cuadras para llegar a la cloaca.

 


 

Melisa

 

Melisa se cepilló su melena chocolate y se hizo una cola ajustada, ladeó la cabeza. La idea se había plantado en su mente como una semilla de cizaña y carcomía todos los pensamientos. Había que pedir el deseo frente a aquella cloaca rodeada de camalotes, ranas y basura, y se cumpliría al pie de la letra. Podría matarlo sin ensuciarse las manos y eso la hacía sonreír frente al espejo, marcando sus ojeras y pómulos pecosos.

Por fin era libre de las manipulaciones del viejo. Ahora podía opinar, viajar, y ver a otros hombres. Ya no quería complacerlo como antes; le daba igual lo que pensase, era problema de él. Pero, para empezar de cero, Melisa aún necesitaba la parte económica de la vida que habían llevado juntos. Se lo merecía por mantener vivo un matrimonio muerto por años y a pesar de la infidelidad con Mauro. ¿La cosa era de a dos, no? se preguntó. Fuimos dejados los dos, pensó. Antes de la separación hablaban anestesiados, y por último, la diferencia generacional entre ambos fue la excusa perfecta para dejar de hablar.

Cansada de las descalificaciones por ser mujer, quiso tomar lo suyo sin pedir permiso. No era justo: había invertido tanto en aquella casa donde ahora Jorge vivía cómodo.

Se enteró de varios chismes por sus anteriores vecinos: que Jorge actuaba raro, que ya no hablaba con los recolectores de basura ni le pedía a su amigo Beto, el kiosquero, que le corte el pasto. Salía poco y de noche las cortinas beige mostraban destellos violetas y azules, señal de que prendía la televisión antes de dormir.

Cuando se encontró con la estudiante en la parada de colectivos y habló con ella, confirmó que Jorge había sido consumido totalmente por el alcohol o la locura, porque según dijo, mientras iba a una entrevista laboral, lo había visto en una cloaca. Melisa la había conocido meses antes de la separación: alquiló el departamento en frente a la casa. “Me da pena, creo que debería cuidarle alguien. No quiero pensar mal, pero mi abuelo me contaba que esa cloaca maldita cumplía deseos de muerte”, recordó Melisa las palabras de la chica.

Se colocó la remera y el jogging, ató los cordones de las zapatillas, confiando en su intuición. Jorge era mezquino, y preferiría estar muerto antes que otorgarle dinero, o parte del mobiliario, a pedido suyo. Daba las gracias por no haber prestado el cuerpo para un hijo producto del piquito ruidoso y vacío que se daban. Guardó en una bolsa las fotos, anillos, cartas, dibujos del pasado juntos con la ayuda de Mauro, la tiró desde el puente y vio cómo flotaba en agua estancada.

Melisa y Mauro abandonaron la balaustrada y se adentraron en la maleza. Al descender los promontorios de barro húmedo, hundieron sus pantorrillas en aguas verdeazuladas de camalotes. Botellas y latas chocaron entre sí gracias a la ventisca seca. Los amantes se tomaron las manos, cerraron los ojos, pronunciaron la misma frase en voz alta y al unísono, sonrieron macabros.

 

 

Melisa entró a la casa. Cuando abrió la puerta, una copa de vino blanco sobre la mesita brilló por la luz del sol. Al lado de la biblioteca y desde el rincón de un sofá, Jorge yacía muerto con los ojos hacia la entrada. Como si estuviera esperando que ella volviera. La piel opaca e hinchada y la boca entreabierta y desviada la asombraron. Era muy probable que hubiera muerto durante la noche anterior, mientras pedían el deseo.

Sabía que aquella oportunidad no la encontraría dos veces. Había recordado que Jorge siempre guardaba un repuesto de la llave bajo la maceta; si alguien preguntaba por qué estaba allí, ella diría que era la viuda y gimotearía falsamente con un pañuelo de tela mal doblado en su bolsillo. Simularía guardar luto por el repentino descubrimiento, y se iría llorando, con toda la plata que había podido juntar en sus bolsillos, antes de que algún familiar viniera.

Cuando Melisa volvió a su departamento, no pudo abrir la puerta: la manija se atoró. Una sombra tambaleaba en el umbral. Llamó varias veces a Mauro, y como no escuchó nada, golpeó la puerta sin gritar para no asustar a los inquilinos. No pudo contener la bronca, su respiración ardía. Finalmente el portero pegó una patada a la manija.

Mauro colgaba lánguido de su propio cinturón.

 

 

 

Testigo

 

La cloaca no era peligrosa antes, jugábamos ahí. Después nos retaban, pero no había otro lugar más lindo para ir: los parques recién se construían y las hamacas no había llegado a instalarse. Hundíamos nuestros barquitos y éstos navegaban hasta despedazarse en el fondo del túnel. Encontrábamos muchos objetos: anillos, pulseras, juguetes. El lugar en sí no cambió, hace cincuenta años es igual, juraría que hasta el agua es la misma.

Nadie vigila ese lugar; los desechos del barrio se conectan y fluyen, y quizás se materializan en muertes ocultas detrás de la vergüenza o el orgullo. Capaz el abuelo tenía razón: el lugar revive los demonios internos.

¿Qué había pasado? Él me había contado hace años, pero no recuerdo. ¿Qué era? ¡Ah, siií! Como me había portado mal ese día, pensé que era joda la historia. Pero como últimamente en el barrio vienen aconteciendo muertes inesperadas y en cadena, no puede ser coincidencia. El abuelo, che, qué grande, cómo lo extraño, tanto me hacía reír, después me dolía la panza todo el día, como si hubiera hecho abdominales.

Aquel día mamá se había enojado porque vinimos sucios a la mesa después de jugar en la cloaca. El abuelo me llamó aparte rescatándome de los retos, y sentado en su banquito de madera, me contó la historia:

“Ana Labroz era una inmigrante austríaca, había venido embarcada de Buenos Aires con su familia para trabajar la tierra. Era la más hermosa del pueblo, y ni bien llegó se enamoró de un negro. Los padres, claro, lo rechazaron por su color de piel. Los novios, frustrados y no avistando futuro juntos, decidieron fugarse y prometieron encontrarse en la cloaca para escapar por el túnel subterráneo sin ser vistos. Pero una mujer los descubrió y dio aviso a los padres de Ana. Enojados, fueron hasta el lugar con una escopeta para asustar a los fugitivos. Las velas no alumbraban muy bien, así que dispararon al aire y llamaron a Ana para que saliera del escondite. Pero ninguno salió para enfrentarlos. El padre decidió entrar al agua con la escopeta y volvió a gritar: ‘¡Ana!’ Entonces sintió un forcejeo en su arma y descerrajó un tiro. Mató a su propia hija de un disparo en la cabeza. Ella cayó muerta al instante. Loco de rabia, el padre buscó a su mal arreado yerno, escuchó rocas moviéndose y lo avistó, mediante los candelabros, escalando el monte para llegar al camino de tierra. La madre gritó, y el viejo lo mató sin dudar.

Dicen que la pareja quiso matar al padre de Ana en aquel momento, otros dicen que sólo querían despistarlo. Lo cierto es que, después de eso, todos los que pidan la muerte de alguien en ese lugar, tienen su recompensa”.

 

 

 

miércoles, 7 de julio de 2021

Perdido en el laberinto



Perdido en el laberinto


En veinticinco años de médico clínico, el escepticismo de Chong sólo había ido en aumento. Acostumbrado a encontrar la explicación racional adecuada para todo acontecimiento, no había espacio en su corazón para creer en razones más allá de la ciencia. Y desde la muerte de Laura, mucho menos.

Los delirios de la fiebre y la tristeza obligaron a Chong a quedarse en la cama, imaginaba cómo trabajaban las defensas de su cuerpo. Y en lugar de concentrarse en el luto, se preguntaba cómo les estaría yendo a todos en el hospital: la responsabilidad de ser el director le obligaba a recuperarse rápido.

Cansado de divagar en pensamientos, salió por fin al patio y lo encontró desprolijo y enmarañado de hierbas: desde la muerte de Laura, nadie se ocupaba de cuidarlo.

El viento de la tormenta de Santa Rosa sacudía las palmeras, el calor había cedido. Chong quedó de pie frente al laberinto de madreselva para disfrutar del frescor. La rigidez de una pared de hojas, a pesar del intenso viento, llamó su atención. Se adentró en el laberinto, acercándose a la pared inmóvil mientras todo a su alrededor entraba en caos. Oía la lluvia en la lejanía, unas gotitas le mojaron la cara. Se agachó de cuclillas para tocar la tierra, era áspera y roja, y no concordaba con el césped húmedo que pisaba. Atravesó la pared del laberinto y notó era más extenso de lo que recordaba. Una luz lo cegó y vio el día radiante, y se vio las sandalias manchadas de polvo.

Levantó la vista siguiendo la imponente cueva que se alzaba frente a él, inmersa en una montaña cuyo pico ascendía hasta perderse en el cielo. Asustado, miró alrededor en busca su laberinto de madreselva, pero sólo halló el borde de un precipicio. Abajo había un valle y un lago, que conformaban el fondo circular de una hoya de rocas. Chong creyó que la medicación le había pegado fuerte, y que todo era un sueño del que despertaría pronto.

De la boca negra de la cueva vio salir a una mujer vestida con armadura y empuñando una lanza. Chong aguantó la respiración, deseando que la visión se esfumara en cualquier momento. Pero detrás de la amenazante figura emergieron unas alas luminosas. Tras observarlo un instante, el ángel corrió hacia él y con la lanza se le abalanzó y lo empujó hacia el abismo. Chong gritó y cerró los ojos esperando lo peor. Pero otra fuerza lo sostuvo en el aire.

Se animó a abrir los ojos, vio sombras de alas detrás de sí proyectadas por el sol sobre las rocas. Quizás se arrepintió de matarme, pensó confundido.

―¿Estás perdido? Puedo llevarte al lugar que quieras.

Escuchó del ángel aquellas palabras acompañadas de suaves aleteos, y en su interior brotó la calma.

Entonces Chong lo supo: se trataba de una mujer distinta a quien lo había empujado.

―¿Laura, sos vos? ―preguntó dolido.

―¿Quién es Laura?

La dulce voz le recordó aún más a su difunta esposa, y contuvo el llanto: hacía tanto que no sentía, hacía tanto que no sentía absolutamente nada. En su pecho nació la esperanza de ver a Laura de nuevo, y olvidarse del mundo de donde venía. Aquella realidad llena de causalidades racionales para fundamentar todo acontecimiento.

Atragantado con las palabras, arrugó el mentón y no pudo responder. Levantó la cabeza para intentar descubrir el rostro de su heroína, pero ella se confundía con el sol. Rendido, mantuvo la vista en el paisaje que sobrevolaban. Señaló temblando el valle, supuso que allí habría un laberinto de madreselva parecido al de su jardín.

Ella dejó al hombre en el lugar indicado, y vio familiaridad en aquellos ojos cafés. Algo en su interior ardió, como si quisiera recuperar recuerdos de otra vida, una anterior a esta, de batallas constantes. Mientras ascendía, concluyó que necesitaba bendecirlo: así guardaría su esencia:

―Yo te amparo de noche y de día, buen viaje. Nos veremos cuando tengas esperanza y fe.

Chong entró en su casa por la puerta trasera y se acostó en la cama. El perfume de Laura había invadido la habitación.

jueves, 6 de agosto de 2020

BERNARDITA

BERNARDITA

Doña Bernardita, mejor conocida por los malintencionados como: cucaracha de iglesia, vio crecer a todos los niños que se sentaban en el primer banco durante las misas de catequesis, ellos sí que aprendieron a entenderle los gestos del sermón. Guiaba la celebración con estricta voz de gallo, escogía estratégicamente a los lectores del salmo porque sabía qué caras vería cada domingo y donde se ubicarían. Creía ayudar al sacerdote y daba consejos vitalicios aunque nadie se los pedía, cantaba desentonada las canciones: de entrada, perdón, gloria, aleluya, santo y así. Ayer lucía en su cuello fino un collar de perlas,  la nariz aguileña, la cara ovalada y los ojitos, en conjunto con el cabello pelirrojo y corto, daba la impresión de hablar con un fósforo católico. 

La mayoría de sus compañeros del ministerio de música habían fallecido, y una vez vi a una chica nueva tocando la guitarra, pobre, Bernardita le quería decir como tocar, en qué nota, desde donde y en qué ritmo. Era la primera mujer en la historia de la parroquia interesada medianamente en acompañar con la guitarra a los feligreses, lástima la Bernardita la corrió con sus críticas, que tocaba muy rápido, que no se sabía la letra, que no le entendía. Así es, Bernardita solo aceptaba hombres al mando de cualquier cosa. Una vez pregunté a un antiguo vecino cuál era la verdadera historia de Bernardita para averiguar por qué ella era así:

Pero que vieja de mierrrda. Siempre haciendo la vida imposible al resto; la mujer vivía golpeada por el marido, murió solo el hombre. Sus hijos viven en el mismo barrio pero ninguno la visitaindagué un poco más. Creo que aprovechó para contarme más porque el templo permanecía cerrado y habíamos llegado temprano por coincidenciaBernardita era la joven más deseada hace unos cincuenta y cinco años, sus caderas atrapaban al pasar, nos volvía locos, sus aretes colgantes y sus blusas de seda tenían bolados que bailaban, cada tanto acomodaba las flores blancas en los banco para los casamientos y bautismos—Inspiró y colocó las manos en los bolsillos, sonrió—Una vez nos retó porque entramos a la iglesia con bermudas en vez de pantalones, es que ese día hacía un calor de perros—alzó los hombros y negó con la cabeza—, estábamos de paso nadie quería entrar realmente, pero para buscarle pleito, entramos igual. Su cabello pelirrojo era largo y ondulado hasta los pechos y era igual de mandona.

Reflexionando con lo que decía aquel hombre, supuse que cuando el agredido no sana las heridas ataca impiadoso; está a la defensiva todo el tiempo, como antes con su opresor. Sus ojos brillaron, miré la hora, faltaban diez minutos para que vinera la secretaria y el padre abriera el portón. Necesitaba mi partida de bautismo, quería casarme.

—Cuando llegaban las fechas patronales, se hacían rifas, empanadas, pastelitos de membrillo, batata…—escuchamos un motor y miramos hacia la calle a ver si venía alguien, pasó de largo un Toyota. Bajó un escalón y acomodó su tapado negro de botones dorados. Quiso estirar las piernas creo, no era fácil con su edad aguantar el frío de la tarde, le debía doler algo porque hizo una mueca Y ella les decía hasta cómo deberían ser los repulgues de la masa, es una mujer obsesiva ¡Y las velas! No sabes cómo era con las velas del altar, debían prenderse únicamente cinco minutos antes de la celebraciónAlcé las cejas.

—No me diga.

—Sí, insoportable. Bueno, dicen que su marido la dejó, aunque no creo que sea todo.

—Cómo todo.

—Y sí para mí hay otro lado de la historia, acá son chusmas y siempre van a contar la versión de ella ¿Y la del hombre? No puede ser que ella sea la víctima, la relación de pareja es de dos ¿No le parece?

—Y puede que sí, es algo que nunca vamos a saber.

Suspiró impaciente, miró la esquina, ya eran las siete en punto en cualquier momento se acercaría alguien. Y la vi, era Bernardita que bajaba de un taxi apurada y retándole al chofer, se quejó de su tardanza. El chofer arrancó y se perdió en la profundidad de la neblina.

En treinta minutos comenzaría la misa. Concentrada en ella no me percaté del arma que apuntaba a su cabeza, el estruendo dejó mis tímpanos pitando. Grité, yacía desparramada con rosas blancas en el suelo, la sangre se mezclaba con su cabello rojo y cuando me volví levanté las manos rendido ante el homicida. Nunca imaginé morirme frente a una iglesia, pero no me apuntaba a mí, él solo se voló los sesos. Era él, el hombre violento del que hablábamos. Y yo caí perturbado en uno de los escalones, las arcadas no me dieron tiempo a rezar, ni agradecer mi suerte como me hubiera gustado hacer después. El templo se abrió desde dentro y el sacerdote vino corriendo.


viernes, 24 de julio de 2020

EL CONSUELO DE RODOLFO


EL CONSUELO DE RODOLFO
Los cohetes explotaron en navidad y Rodolfo se escondió bajo la cama como había planeado.

Mal se ve mal, tiemblo como hoja y mis uñas resbalan, las bombas caen sobre el techo de lata y gritan, todos gritan, aúllan o ¿Cantan? Imposible saber, lo importante es estar seguro y lejos del gato. No entiendo, mi corazón late en mis ojos, no quiero morir, me enrollo más. Más cerca de la cola, que me tape la cola, resuello. La cola se moja por mi saliva, escucho pasos, levanto mis orejas. Pasos lentos, pasos, huelo ¿Rocío? ¡No me van a sacar de acá eh! Gruño, se detiene. Bueno, mientras no vengan con una escoba para echarme como suelen hacer. Huelo adelantando la cabeza, es Karen, inspiro, sí es Karen, la cachorra humana. ¿Y qué hace acá? Todos están afuera saludándose raro. Las explosiones siguen y me vuelvo a tapar con la cola. Ahora las dos patas de Karen revelan varias pelotitas ovaladas y  amarillentas.
Me arrastré apenas fuera de la cama, las explosiones se alejaban. Karen también temblaba, comprendí que tenía miedo igual que yo, me senté enfrente y coloqué mi pata sobre su piel blanda y pelada, intenté decirle, Karen no le tengas miedo a esas explosiones, apoyé mi hocico. Estoy con vos.

Y Karen se fue calmando, la angustia provocada por la muerte de su madre quedó opacada por Rodolfo, y abandonó el frasco de pastillas en el suelo.



miércoles, 1 de julio de 2020

JUICIO AL HOMBRE

Ese fue el último recuerdo que eligió.  
El antiguo rey debía ser destruido, pensaban, el salvador que había sido uno de los suyos se veía arrodillado y humillado frente a ellos. El tío perdido y desobediente de los verdaderos jueces, rezaba. Manchaba la tarima de sudor y sangre, una cuerda le apretaba el cuello. Desconcertados por su cara desfigurada por la miseria, lo desconocían.
El hombre debía ser juzgado por sus delitos y ahora los dioses eran ellos y podían justificar sus sentencias. Era la primera vez que uno de los suyos caía bajo el yugo de las leyes sin acto de contrición que alimentara sus razones. Los abandonó y los reemplazó para creer en otro ser, compasivo, bondadoso e incomprendido; creador de santos y capaz de transformar al hombre en un ser angelical.
Con ojos húmedos el hombre reposaba con voz suave, consciente del peligro y sabiendo que sus crueles sobrinos no lo perdonarían, agradecía la desgracia. Cantaba:
—La misericordia del señor cada día cantaré.
Y repitió eso hasta que los perros rabiosos se calmaron y en el corazón de los tres hermanos brotó un racimo de fe y el tío abandonó su miedo a ser descuartizado o ahorcado: aún sus sobrinos no habían decidido qué muerte era la más acorde a sus delitos. Ninguno se acercó a él o bajó de sus tronos dorados, aunque quisieron abrazarlo y en el fondo volver el tiempo a cuando eran niños, y corrían empujándose para ver quién alcanzaba el trono primero.  
El tío intentó ponerse de pie, su enclenque cuerpo lo hacía tambalear, y a pesar de ello se sentía realizado. El remordimiento se fue y era libre.